Día 21- La Eucaristía, promesa de resurrección




Dios mío, Yo creo, espero, Te adoro y Te amo, Te pido perdón por los que no creen, ni esperan, ni te adoran, ni Te aman (Tres veces).

Señor Jesús, Tú que has vencido a la muerte, resucitando con tu propio poder, te pedimos que nos ampares en nuestros días, tan lleno de peligros, tan llenos de oscuridad.
Sé Tú el Lucero del amanecer, que despunte en nuestras almas, trayéndonos la esplendorosa luz de Dios Trino. Ven, ilumínanos, no nos desampares en este valle de lágrimas.


La Eucaristía es considerada la prenda o garantía de la resurrección futura y la vida eterna, fundamentada en la promesa de Jesús: "El que come mi carne y bebe mi sangre tiene Vida eterna, y yo lo resucitaré en el último día" (Juan 6:54). Al recibir a Cristo, se une la vida humana a la resurrección, convirtiéndose en anticipo del banquete celestial.

Promesa de Vida Eterna: Jesús asegura que quien consume el "Pan de Vida" no morirá para siempre, participando ya de la vida divina.
Garantía de Resurrección: La Eucaristía no es solo un recuerdo, sino la presencia real de Cristo resucitado que trae la vida nueva, anticipando la transformación final del cuerpo y el alma.
Prenda de la Gloria Futura: San Tomás de Aquino describió la Eucaristía como el banquete donde se anticipa la bienaventuranza y se recibe la "prenda" de la gloria que será plena en el cielo.
Unión con el Resucitado: Al comulgar, el creyente se une a la victoria de Cristo sobre la muerte, convirtiendo el sacramento en un banquete escatológico que prefigura la nueva creación.
Sacramento Pascual: Celebra la muerte y resurrección de Jesús, haciendo presente su sacrificio salvífico y renovando la alianza.


Santos que vivieron sin la Eucaristía

Aunque no están canonizados, miles y miles de cristianos japoneses vivieron sin sacerdotes durante casi 250 años.
Bautizaban a sus hijos en secreto, transmitían la fe en lecciones susurradas y rezaban ante imágenes de Nuestra Señora y el Niño disfrazadas como imágenes budistas.

En 1858, Japón readmitió por fin a los misioneros cristianos, que encontraron a 10.000 cristianos ocultos esperándoles.

Imagina ser criado en la casi certeza de que jamás en tu vida asistirás a una misa, sabiendo de la existencia de la Eucaristía solamente porque la abuela de la abuela de tu abuela fue a misa una vez. Es algo que pone el distanciamiento social en perspectiva

Los santos de la Corea del siglo XIX experimentaron una situación similar.
Después de que el siervo de Dios Yi Beok y sus compañeros predicaran por primera vez el Evangelio en 1784, la Iglesia estuvo administrada completamente por laicos hasta 1795.

Fue entonces cuando el beato James Zhou Wen-Mo llegó y descubrió a 4.000 católicos, de los cuales solo uno había visto alguna vez a un sacerdote.

Wen-Mo prestó servicio como el único sacerdote de todo Corea durante seis años, hasta su martirio. Durante los siguientes 36 años dejó de haber otra vez misas en Corea, hasta que un pequeño grupo de sacerdotes franceses llegó en 1836… para ser asesinados dos años después.

San Isaac Jogues (1607-1646) quizás estuviera preparado para la tortura y el martirio cuando viajó a América del Norte para evangelizar a los nativos americanos.
Pero, como sacerdote, probablemente no esperaba verse privado de la Eucaristía, hasta que sus captores le mutilaron las manos. Por entonces, un sacerdote que carecía de pulgares o de índices era incapaz de celebrar la misa, así que, desde el momento de su lesión hasta (después de escapar de cautiverio con los mohawk) su regreso a Francia 17 meses después, el padre Jogues no pudo confesarse, celebrar misa ni siquiera asistir a misa.
Recibió una dispensa especial y se le permitió celebrar misa de nuevo, a pesar de la condición de sus manos, y solicitó permiso para regresar a América después de su recuperación.
Fue asesinado no mucho después de su regreso, pero su asesino se arrepintió más tarde y fue bautizado con el nombre “Isaac Jogues”.

Victoria Rasoamanarivo 
La beata Victoria Rasoamanarivo (1848-1894) fue una mujer de la nobleza malgache y una conversa al catolicismo.
Fue líder de la Iglesia en Madagascar, ya que, cuando los franceses fueron expulsados de la isla en 1883, los sacerdotes que se marcharon dejaron el cuidado de la Iglesia en sus manos, junto con la ayuda del beato Rafael Rafiringa, un fraile malgache.

Raphaël Louis Rafiringa
Durante casi tres años, Victoria y Rafael lideraron a los 21.000 católicos laicos en Madagascar, reuniéndolos cada domingo para la oración común a pesar de que no hubiera sacerdotes que celebraran misa. Victoria explicó:
“Pongo en primer plano en mi mente a los misioneros diciendo misa y, mentalmente, asisto a todas las misas que se dicen por todo el mundo”.

Tres años después, una comunidad vibrante hambrienta de Eucaristía recibió con los brazos abiertos el regreso de sus sacerdotes, todos mucho más agradecidos por la misa de lo que habían estado antes de sus tres años sin ella.

San Marcos Ji Tianxiang (1834-1900) fue un adicto al opio. Como su sacerdote no entendía la naturaleza de la adicción, dijo a Tianxiang que no podría ser absuelto hasta que superara su adicción, lo cual implicaba que tampoco podía recibir la comunión.

Durante 30 años, Tianxiang continuó practicando la fe mientras se le negaban los sacramentos. Nunca logró vencer la adicción, pero murió mártir y fue canonizado santo no solo por su martirio, sino por las décadas que estuvo intentando seguir a Jesús a pesar de la ausencia de los sacramentos.

Laurentia Herasymiv
La beata Laurentia Herasymiv (1911-1952), como tantísimos otros católicos en campos de concentración nazis o en gulags soviéticos, pasó los últimos meses de su vida sin los sacramentos y en la práctica certidumbre de que no tendría oportunidad de recibir el viático ni una última confesión.

Bajo arresto por negarse a abandonar la Iglesia greco-católica ucraniana por la ortodoxia, sor Laurentia y la beata Olympia Vida fueron enviadas a Siberia, donde ambas murieron a causa de mucho sufrimiento a manos de los comunistas.

En su lecho de muerte, Laurentia suplicó la Eucaristía, gritando en su delirio: “¡Jesús, no quiero morir sin ti!”. Pero murió como había vivido durante dos largos años, sin la Eucaristía, aunque plenamente unida a Jesús.


"Señor Jesús, sé luz en mi mente, paz en mi corazón y sabiduría en mis decisiones"
Amén.



Meditar sobre Jesús como "Pan de Vida" (Juan 6).