Día 1- Hay tantas almas que necesitan nuestras oraciones y la misericordia de Dios


Hay tantas almas que necesitan nuestras oraciones y la misericordia de Dios. Son almas que se aferran al pecado. Podemos orar por ellas, pero parece tener poco efecto.
¿Qué más podemos hacer? A veces, la mayor intercesión que podemos hacer es un corazón lleno del amor más generoso. Debemos esforzarnos diligentemente por tener un amor puro e inquebrantable por estas almas. Dios verá este amor y dirigirá su mirada amorosa hacia ellas como resultado del amor que ve en nuestros corazones (véase Diario n.° 383).

¿Quién es esa persona que tanto necesita la misericordia de Dios? ¿Hay algún familiar, compañero de trabajo, vecino o amigo que parezca reaccionar a Dios ya su misericordia? Comprométete a ofrecerle el amor más generoso que puedas y entrégaselo a Dios como intercesión. Permite que Dios mire a esa persona a través de tu amor.

Señor, a menudo no logro amar como Tú deseas que te ame. Soy egoísta y juzgo a los demás. Ablanda mi corazón y pon en él el amor más generoso que jamás haya sentido. Ayúdame a dirigir ese amor hacia quienes más necesitan de Tu Divina Misericordia. Jesús, en Ti confio.



Orar la Coronilla de la Divina Misericordia

Con un rosario normal


Día 1- Invocar al Espíritu Santo desde el corazón



“Ven Espíritu Santo. Ilumíname para que sepa decir las mejores palabras, esas que puedan hacer bien a los demás. Tómame Espíritu Santo, para que a través de mis gestos se exprese el amor de Jesús y los demás puedan crecer en la amistad que les ofreces.

Dame flexibilidad y apertura, para que me adapte con sencillez a las necesidades de los otros. Dame un oído atento, para escuchar lo que tú me digas a través de ellos. Fecunda y reaviva los carismas que derramaste en mi vida para cumplir mi misión en el mundo. Guíame, Espíritu Santo. No dejes que confunda el camino.

Enséñame a discernir, para que no me desgaste cuidando la apariencia o buscando fama. No dejes que ponga mi apoyo en falsas seguridades que me alejan de ti. Toca mi interior, Espíritu Santo, para que viva de ti, para que me deje llevar por ti donde quieras, como quieras, cuando quieras. Para que mi camino me oriente siempre a ti, para que siempre esté contigo, para que sepa de verdad que sólo en ti está la fuente de la vida. Gracias, Espíritu Santo, porque puedo participar en la construcción del Reino de Dios, y así puedo crecer en tu amor. Amén

El Espíritu Santo es mi santificador, que se acerca a mí, a lo más íntimo, para derramar su santidad. 
Pero lo más íntimo es el corazón. En realidad la palabra corazón está muy desgastada, confundida con un romanticismo barato. Cuando decimos esta palabra pensamos en los sentimientos, pero el corazón es mucho más que las emociones y los afectos superficiales, es cosa seria. 

¿A qué se refiere la Palabra de Dios cuando habla del corazón? No olvidemos que es el mismo Dios el que nos prometió: "les daré un corazón nuevo" (Ezequiel 36,26).

El corazón son esas intenciones más escondidas, las decisiones ocultas que no compartimos con nadie, los verdaderos proyectos que nos movilizan, lo que en realidad andamos buscando cuando decimos cosas, cuando tomamos decisiones.

Allí quiere entrar el Espíritu Santo para transformarnos. 
Allí quiere derramarse para que todas nuestras decisiones profundas sean buenas y sanas. Pero sólo puede entrar poco a poco, en la medida en que se lo permitimos realmente. Porque a veces lo invocamos de la boca para afuera, pero hay una parte nuestra donde en el fondo no queremos que toque algunas cosas; creemos que allí estamos mejor solos. Es falso. Allí también lo necesitamos a él para poder ser realmente felices.

Oración al Espíritu Santo compuesta por san Josemaría en abril de 1934
¡Ven, oh Santo Espíritu!: ilumina mi entendimiento, para conocer tus mandatos: fortalece mi corazón contra las insidias del enemigo: inflama mi voluntad... He oído tu voz, y no quiero endurecerme y resistir, diciendo: después..., mañana. Nunc coepi! ¡Ahora!, no vaya a ser que el mañana me falte.

¡Oh Espíritu de verdad y de sabiduría, Espíritu de entendimiento y de consejo, Espíritu de gozo y de paz!: quiero lo que quieras, quiero porque quieres, quiero como quieras, quiero cuando quieras.





Día 1-Jesús se queda con nosotros. La Eucaristía como prueba suprema de amor.


Dios mío, Yo creo, espero, Te adoro y Te amo, Te pido perdón por los que no creen, ni esperan, ni te adoran, ni Te aman (Tres veces).

Señor Jesús, Tú que has vencido a la muerte, resucitando con tu propio poder, te pedimos que nos ampares en nuestros días, tan lleno de peligros, tan llenos de oscuridad.
Sé Tú el Lucero del amanecer, que despunte en nuestras almas, trayéndonos la esplendorosa luz de Dios Trino. Ven, ilumínanos, no nos desampares en este valle de lágrimas.


La Eucaristía es la prueba suprema del amor de Jesús, ya que representa su decisión de permanecer real y tangiblemente con la humanidad hasta el fin de los tiempos, entregándose por completo como alimento. No es un mero símbolo, sino la presencia viva de Cristo —cuerpo, sangre, alma y divinidad— en el Santísimo Sacramento.

La Eucaristía como Prueba de Amor
Entrega Total: Jesús se entrega como alimento para unirse íntimamente a cada persona, cumpliendo su promesa de "estar con nosotros todos los días" (Mt 28,20).
Locura de Amor: Es el mayor regalo que Jesús pudo dar, donde se abajan las fronteras entre el cielo y la tierra para nutrir el espíritu, aliviar el sufrimiento y fortalecer la fe.
Permanencia Real: Como señaló San Pedro Eymard, la Eucaristía es la prueba suprema porque, después de ella, no existe mayor don, más que el cielo mismo.
Sacrificio continuo: Es la actualización del sacrificio de la cruz, donde Cristo se parte y comparte para dar vida eterna.

Jesús se queda con nosotros
La visita al sagrario y la comunión son descritas como encuentros personales de amor mutuo, donde Jesús aguarda en silencio para escuchar y consolar. Al hacerse pan y vino, Él entra en el interior del creyente, buscando una mutua inhesión (vivir el uno en el otro).

Efectos de este Amor
La recepción de la Eucaristía no solo nutre, sino que transforma al creyente:
Aumenta la gracia santificante.
Perdona pecados veniales.
Fomenta la unidad de la Iglesia (sacramento de unidad).
Proporciona fuerzas para enfrentar dificultades y fortalece la fe en momentos de tribulación.




Santo Tomás de Aquino (1224-1274), dominico, ha sido uno de los más grandes devotos y teólogos de la Eucaristía. Según datos históricos, sabemos que era en su comunidad «el primero en levantarse por la noche, e iba a postrarse ante el Santísimo Sacramento. Y cuando tocaban a maitines, antes de que formasen fila los religiosos para ir a coro, se volvía sigilosamente a su celda para que nadie lo notase. El Santísimo Sacramento era su devoción predilecta. Celebraba todos los días, a primera hora de la mañana, y luego oía otra misa o dos, a las que servía con frecuencia» (S. Ramírez, Suma Teológica, BAC 29, Madrid 1957,57).

Él compuso, por encargo del Papa, el maravilloso texto litúrgico del Oficio del Corpus: Pange lingua. La tradición iconográfica suele representarle con el sol de la Eucaristía en el pecho. Un cuadro de Rubens, en el Prado, «la procesión del Santísimo Sacramento», presenta, entre varios santos, a santa Clara con la custodia en una mano, y junto a ella a santo Tomás, explicándole el Misterio. Sobre la tumba de éste, en Toulouse, en la iglesia de san Fermín, una estatua le representa teniendo en la mano derecha el Santísimo Sacramento.


Padre Celestial, te damos gracias por el don de tu Hijo, nuestro Señor Jesucristo, que prometió estar con nosotros siempre, hasta el final de los tiempos.
Te pedimos que vuelvas a despertar en nosotros el sentimiento de asombro ante Su presencia en la Santísima Eucaristía. Que nuestros corazones ardan cuando nos da a conocer las Escrituras y comparte el pan con nosotros.l
Concédenos que con los ojos de nuestra fe reconozcamos Su presencia en nuestros hermanos y hermanas, especialmente en los pobres y en los que sufren.
Alimentados por la Eucaristía, envíanos para que caminemos fielmente como discípulos misioneros, proclamando el Evangelio a todos los corazones y extendiendo Tu reino a todas las naciones.
Te lo pedimos por Jesucristo nuestro Señor.
Amén.



Leer y meditar sobre la institución de la Eucaristía (Lucas 22:19-20).

Día 1-¿Cómo la Resurrección de Jesús ilumina mis dificultades actuales?



Pedir la gracia de la alegría pascual. 
Señor Jesús Resucitado, me regocijo en tu victoria sobre el pecado y la muerte. Al comenzar este día, te alabo y te glorifico, porque has llenado el mundo de esperanza. Ilumina mi corazón con la luz de tu Resurrección y dame la valentía para ser testigo de tu amor en mi familia, trabajo y comunidad. Que tu resurrección sea mi fuerza hoy. Amén



Lectura: Evangelio del día.
Juan 20, 1-9

El primer día después del sábado, estando todavía oscuro, fue María Magdalena al sepulcro y vio removida la piedra que lo cerraba. Echó a correr, llegó a la casa donde estaban Simón Pedro y el otro discípulo, a quien Jesús amaba, y les dijo: “Se han llevado del sepulcro al Señor y no sabemos dónde lo habrán puesto”.

Salieron Pedro y el otro discípulo camino del sepulcro. Los dos iban corriendo juntos, pero el otro discípulo corrió más aprisa que Pedro y llegó primero al sepulcro, e inclinándose, miró los lienzos puestos en el suelo, pero no entró.

En eso llegó también Simón Pedro, que lo venía siguiendo, y entró en el sepulcro. Contempló los lienzos puestos en el suelo y el sudario, que había estado sobre la cabeza de Jesús, puesto no con los lienzos en el suelo, sino doblado en sitio aparte. Entonces entró también el otro discípulo, el que había llegado primero al sepulcro, y vio y creyó, porque hasta entonces no habían entendido las Escrituras, según las cuales Jesús debía resucitar de entre los muertos.

  • La Resurrección vuelve a encender la vida de las santas mujeres.
  • Pedro y Juan corren hacia el sepulcro
  • Junto a santa María en la alegría de la Resurrección.
AMANECE en Jerusalén. La oscuridad llenaba todo hasta que el sol empezó a iluminar las murallas, el Templo, las torres de la fortaleza... María Magdalena y otras mujeres caminan hacia el noroeste de la ciudad, hacia donde está el Calvario. Las calles están vacías. Ellas tienen la impresión de que la muerte de Jesús ha oscurecido la tierra para siempre: el sol ya no brillará como cuando su maestro estaba con ellas. Sin embargo, no les importa la falta de luz, ni la guardia apostada allí por el sanedrín, ni que Cristo lleve ya tres días muerto. No saben quién les quitará la piedra que cierra el sepulcro, pero no están dispuestas a quedarse en casa. Vuelven a pasar por los lugares por los que caminó Jesús; sus corazones se estremecen de nuevo, pero no ceden ante el miedo.

«A mí me conmueve la fe de estas mujeres –decía san Josemaría–, y me trae a la memoria tantas cosas buenas de mi madre, como vosotros recordaréis también muchos detalles estupendos de la vuestra (...). Aquellas mujeres sabían de los soldados, sabían que el sepulcro estaba completamente cerrado: pero gastan su dinero, y al punto de la mañana van a ungir el cuerpo del Señor (...). ¡Hace falta ser valientes! (...). Cuando llegaron al sepulcro, repararon que la piedra estaba apartada. Esto pasa siempre. Cuando nos decidimos a hacer lo que tenemos que hacer, las dificultades se superan fácilmente»[1].

Les pedimos a ellas ese amor a Jesús, más fuerte que el tremendo sufrimiento de la pasión. En el corazón de aquellas mujeres, la hoguera que encendió el mismo Cristo no se había apagado del todo. Han madrugado y no ha sido en vano. Dios no puede resistirse a un amor así y les entrega la mejor noticia, la página definitiva en la que tienen cumplimiento todas las profecías: «“He resucitado y ahora estoy siempre contigo”, dice a cada uno de nosotros. Mi mano te sostiene. Dondequiera que tú caigas, caerás en mis manos. Estoy presente incluso a las puertas de la muerte. Donde nadie ya no puede acompañarte y donde tú no puedes llevar nada, allí te espero yo y para ti transformo las tinieblas en luz»[2].

CORREN ALEGRES, aunque todavía un poco confusas, hasta el Cenáculo para anunciar a los apóstoles lo que han visto. A ellos les parece una locura lo que escuchan de labios de estas mujeres que llegan jadeantes por la carrera. Sus palabras están mezcladas con lágrimas y manifestaciones de alegría por la tensión del momento. Pedro y Juan quieren conocer todo lo referente a su maestro, aunque quizá no estén convencidos de lo que escuchan, así que salen a la carrera: «Los dos corrían juntos, pero el otro discípulo corrió más aprisa que Pedro y llegó antes al sepulcro» (Jn 12,4). Nosotros queremos correr con ellos y ganar incluso a Juan. ¿Y si fuera verdad lo que dicen las mujeres? ¿Y si Jesús ha cumplido lo que había prometido? Al cruzar las calles, mientras el día se abre paso, va creciendo la esperanza en los corazones de estos dos apóstoles.

Podemos fijar nuestra mirada, por un momento, en san Pedro, que «no se quedó sentado a pensar, no se encerró en casa como los demás. No se dejó atrapar por la densa atmósfera de aquellos días, ni dominar por sus dudas; no se dejó hundir por los remordimientos, el miedo y las continuas habladurías que no llevan a nada. Buscó a Jesús, no a sí mismo. (...). Este fue el comienzo de la “resurrección” de Pedro, la resurrección de su corazón. Sin ceder a la tristeza o a la oscuridad, se abrió a la voz de la esperanza: dejó que la luz de Dios entrara en su corazón sin apagarla»[3].

Aunque, como Pedro, alguna vez hayamos negado a Jesús, también como Pedro queremos volver a estar cerca de él: «Es el momento de renovarse, hijos míos –decía san Josemaría–; la santidad es esto: cada día renacer, cada día recomenzar. No os preocupen vuestros errores, si tenéis la buena voluntad de empezar de nuevo (...). Esos obstáculos que surgen en tu carrera, ponlos a los pies de Jesucristo, para que él quede bien alto, para que triunfe: y tú, con él. No te preocupes nunca, rectifica, vuelve a empezar, prueba una y otra vez, que al final, si tú no puedes, el Señor te ayudará a saltar el parapeto; el parapeto de la santidad. Este es también un modo de renovarse, es un modo de vencerse: cada día una resurrección, que sea la seguridad de que llegamos al fin de nuestro camino, que es el amor»[4].

MARÍA, la madre de Jesús, no ha ido esta mañana al sepulcro. Se ha quedado en casa y quizá sonríe por dentro. Nadie, salvo ella, ha logrado aceptar realmente el plan de Dios Padre; los demás «no entendían aún la Escritura según la cual era preciso que resucitara de entre los muertos» (Jn 12,10). María estaba acostumbrada a guardar las palabras de Jesús en su corazón: desde aquel viernes de dolor, ella había tratado de concentrarse en las maravillas que Jesús había dicho y hecho. Vendrían posiblemente a su corazón aquellas palabras misteriosas hablando de la resurrección al tercer día. A ella, ya nada de su hijo le sorprendía.

Para nosotros, a más de dos mil años de los sucesos que estamos contemplando, el Viernes santo y la resurrección de Jesús siguen dando fuerza y sentido a nuestra vida . Por eso, «las cosas todas de la tierra tienen la importancia que les queramos dar. Todo lo que pase aquí abajo, si estamos endiosados, no nos turbará. Cuando, a causa de nuestra flaqueza y de nuestros errores, damos categoría a esas pequeñeces y sufrimos, es porque queremos. Pegados al Señor, estamos seguros. Unidos a la Cruz de Cristo, a la gloria de la Resurrección y al fuego de Pentecostés, todo se supera»[5].

A san Josemaría le gustaba saberse muy cerca de la Virgen, especialmente durante la alegría pascual, «siempre seguros en la victoria de la Resurrección»[6]. Al rezar el Regina Coeli podremos arrancar muchas sonrisas de nuestra Madre, santamente orgullosa de sus hijos recién nacidos, renovados por la Pascua. «Gózate, Virgen María», le diremos, con la ilusión de unirnos a ese gozo, sabiendo que Jesús se ha quedado con nosotros para siempre.

[1] San Josemaría, Meditación, 29-III-1959.
[2] Benedicto XVI, Homilía, 7-IV-2007.
[3] Francisco, Homilía, 26-III-2016.
[4] San Josemaría, Meditación, 29-III-1959.
[5] Ibíd.
[6] Ibíd.

Oh Dios, que por la resurrección de tu Hijo, nuestro Señor Jesucristo, te has dignado dar la alegría al mundo, concédenos que por su Madre, la Virgen María, alcancemos el gozo de la vida eterna. Por el mismo Cristo nuestro Señor. Amén."

Acción: 

¿A quién puedo llevar esperanza hoy?




Abril mes de la Sagrada Eucaristía


Dedicar el mes de abril a la Sagrada Eucaristía nos permite centrar nuestra mente y corazon en el profundo misterio de la Eucaristía: la presencia real de Jesucristo, cuerpo, sangre, alma y divinidad.

Dios comunica la gracia a los fieles a través de todos los sacramentos de la Iglesia, pero la Sagrada Eucaristía comunica al Autor de la Gracia, Él mismo.

El Papa Benedicto XVI nos dice en su Exhortación Apostólica Sacramentum Caritatis:
«En la Eucaristía, Jesús no nos da una cosa, sino a sí mismo; ofrece su propio cuerpo y derrama su propia sangre. Nos da así la totalidad de su vida y nos revela el origen último de este amor. Él es el Hijo eterno, dado a nosotros por el Padre».

La devoción de abril ofrece un momento de reflexión, gratitud y celebración solemne de la Sagrada Eucaristía.Durante siglos, la Iglesia Católica ha designado una devoción específica para cada mes del año. Abril se ha dedicado tradicionalmente a la Sagrada Eucaristía.

Se cree que esto se debe al Triduo Sagrado, los tres días inmediatamente anteriores a la Pascua, que suelen caer en abril.

El primer día del Triduo, el Jueves Santo, Cristo instituyó la Sagrada Eucaristía en la Última Cena.

La Iglesia ofrece diversas celebraciones litúrgicas, devociones y reflexiones sobre la Sagrada Eucaristía en Abril para enfatizar la verdad fundamental de que el Pan y el Vino consagrados son Cristo mismo renovando su sacrificio en el altar. Y oculto bajo la apariencia de la Hostia, Él está sustancialmente presente corporalmente en todos los sagrarios del mundo, consciente de su promesa de que nunca nos dejará ni nos abandonará.

El mes de abril es un momento especial para que los católicos profundicen su comprensión y apreciación de Cristo en la Eucaristía, como fuente, cumbre y sustento de nuestra fe.

Durante abril, la Iglesia invita a profundizar en el misterio de la presencia real de Cristo en el Pan y el Vino consagrados. Se recomienda visitar con mayor frecuencia el Santísimo Sacramento, participar en la Misa entre semana, realizar la Hora Santa y rezar oraciones eucarísticas como el Anima Christi. También es un tiempo propicio para recibir la Comunión con especial devoción y preparación.

"La Eucaristía es 'la fuente y cima de la vida cristiana'. Los otros sacramentos, y de hecho todos los ministerios eclesiásticos y obras del apostolado, están ligados a la Eucaristía y se orientan hacia ella. Pues en la bendita Eucaristía está contenido todo el bien espiritual de la Iglesia, es decir, Cristo mismo, nuestra Pascua." ( CIC 1324 )

Santos católicos y la Sagrada Eucaristía



Muchos a lo largo de la historia han tenido una profunda devoción a la Sagrada Eucaristía. Entre ellos se encuentran San Juan Pablo II , San Pedro Julián Eymard y San Alfonso María de Ligorio .

San Juan Pablo II subrayó la importancia de la Sagrada Eucaristía en su Discurso a los Jóvenes de Bolonia . Dijo: «La Eucaristía es el secreto de mi tiempo. Da fuerza y sentido a todas mis actividades de servicio a la Iglesia y al mundo entero».

Más adelante en ese mismo discurso, mencionó la Adoración de Cristo en el Santísimo Sacramento: «Dejen que Jesús, presente en el Santísimo Sacramento, hable a sus corazones. Él es la verdadera respuesta a la vida que buscan. Él permanece aquí con nosotros [en el Santísimo Sacramento]: Él es Dios con nosotros. Búsquenlo sin cansarse, acójanlo sin reservas, ámenlo sin cesar: ¡hoy, mañana y siempre!».

San Pedro Julián Eymard , conocido como el Apóstol de la Eucaristía, fundó la Sociedad del Santísimo Sacramento y los Siervos del Santísimo Sacramento, y compuso la Letanía del Santísimo Sacramento (véase más abajo). En una ocasión dijo: «La Eucaristía es la prueba suprema del amor de Jesús. Después de ella, no hay nada más que el Cielo mismo».

San Alfonso María de Ligorio,
en su tratado Visitas al Santísimo Sacramento y a la Santísima Virgen, afirma: «En la Hostia consagrada Jesucristo está realmente presente bajo las especies de pan... [Él] está presente así en nuestros altares como en un trono de amor y misericordia, para dispensar gracias y mostrarnos allí el amor que nos tiene, al dignarse morar día y noche oculto en medio de nosotros».

San Pablo escribe sobre la Presencia Real en el Santísimo Sacramento, reflejando lo que cada sacerdote dice durante la consagración de la Eucaristía en la Misa

"Porque yo recibí del Señor lo que también os he transmitido: que el Señor Jesús, la noche en que fue entregado, tomó pan; y después de dar gracias, lo partió y dijo: 'Este es mi cuerpo que es para vosotros; hizo esto en memoria de mí.' De igual manera, también la copa, después de cenar, diciendo: 'Esta copa es la nueva alianza en mi sangre hizo esto, todas las veces que la bebáis, en memoria de mí.' Porque todas las veces que comáis este pan y bebáis de esta copa, proclamáis la muerte del Señor hasta que él venga. Así que, cualquiera que coma el pan o beba la copa del Señor indignamente, será culpable del cuerpo y de la sangre del Señor. Un hombre debe examinarse a sí mismo, y así comer del pan y beber de la copa. (1 Corintios 11:23-29)

Los Padres de la Iglesia, doctores de la Iglesia, papas y todos los santos, reflexionaron constantemente sobre el poder y la necesidad de la Eucaristía. Se cree que San Maximiliano Kolbe dijo: “Si los ángeles pudieran sentir celos de los hombres, lo harían por una razón: la Santa Comunión”.

San Ignacio de Antioquía, discípulo de San Juan el Apóstol, escribió extensamente sobre la Eucaristía al reprender a los herejes de su tiempo que negaban la verdadera presencia de Cristo en la Eucaristía. En su Carta a los Esmirnios, San Ignacio escribió: "Se abstienen de la Eucaristía y de la oración, porque no confiesan que la Eucaristía es la carne de nuestro Salvador Jesucristo, que sufrió por nuestros pecados, y que el Padre, por Su bondad, lo resucitó. Por lo tanto, aquellos que hablan contra este don de Dios, incurren en la muerte en medio de sus disputas".

8 maneras de crecer en la devoción a la Sagrada Eucaristía este abril. Aquí tienes algunas ideas para ayudarte a dedicar el mes de abril a la Sagrada Eucaristía en tu vida y en tu hogar.
  • Participemos con espíritu de oración en la Misa , especialmente durante la Liturgia de la Eucaristía. Cuanto mejor sea nuestra disposición y preparación para los Sacramentos, más abundantes gracias recibiremos.
  • Vaya a confesarse . Recuerde que debemos estar en estado de gracia para recibir a nuestro Señor en la Sagrada Comunión. Incluso confesar los pecados veniales puede prepararte mejor para la Comunión.
  • Comprométase a asistir semanalmente a la Capilla de Adoración de su iglesia o de una cercana. Esta práctica fomenta una profunda reverencia y admiración por el misterio eucarístico y ofrece un tiempo para la oración mental ante Nuestro Señor. La Adoración Perpetua puede estar disponible para adaptarse a horarios ocupados.
  • Infórmese sobre el Renacimiento Eucarístico y cómo puede participar.
  • Asista a un seminario, retiro o estudio bíblico centrado en la teología de la Eucaristía y su impacto transformador en la vida de los fieles.
  • Asiste a misa diariamente durante la semana para orar y recibir a Nuestro Señor. Recuerda que no tienes que esperar hasta el domingo para recibir la Eucaristía. Además, en cada misa se reciben múltiples gracias. Como nos recuerda San Lorenzo Justiniano: «Ninguna lengua humana puede enumerar los favores que provienen del Sacrificio de la Misa. El pecador se reconcilia con Dios; el justo se vuelve más recto; los pecados son borrados; los vicios son erradicados; la virtud y el mérito aumentan; y las artimañas del diablo son frustradas».
  • Después de cada Misa, tómese un momento para orar en gratitud por la Sagrada Eucaristía. La palabra «Eucaristía» significa acción de gracias, y no hay mayor regalo por el que estar agradecidos que la presencia de Cristo entre nosotros.
  • Por último, memorice versículos bíblicos que resaltan la Sagrada Eucaristía . Por ejemplo: «Jesús les dijo: “En verdad les digo que si no comen la carne del Hijo del Hombre y beben su sangre, no tienen vida en ustedes”» (Juan 6:53). «Mientras comían, Jesús tomó un pan, lo bendijo, lo partió, se lo dio a sus discípulos y les dijo: “Tomen, coman; esto es mi cuerpo”» (Mateo 26:26). «Porque cada vez que comen este pan y beben de esta copa, anuncian la muerte del Señor hasta que él venga» (1 Corintios 11:26).
Durante el Mes de la Santa Eucaristía, se anima a los fieles a:
  • - Participar activamente en la Misa y recibir la Comunión con devoción.
  • - Reflexionar sobre la importancia de la Eucaristía en la vida espiritual.
  • - Practicar la adoración eucarística, ya sea en la iglesia o en su hogar.
  • - Pedir por la unidad y la paz en la Iglesia y en el mundo.
En algunos países también se celebra en abril la devoción a la Divina Misericordia, ya que el Domingo de la Divina Misericordia suele coincidir con este mes. Sin embargo, la devoción principal de abril en la Iglesia universal es al Santísimo Sacramento, invitando a todos los fieles a renovar su amor y adoración a la Eucaristía.




Abril mes de la Divina Misericordia


El segundo domingo de Pascua es la fiesta principal de la Divina Misericordia.

Esta devoción, impulsada por Santa Faustina Kowalska y San Juan Pablo II, ofrece el perdón total a través de la confesión y la comunión, enfocándose en la confianza en el amor de Dios.

Aspectos clave de la Divina Misericordia en abril:
  • Domingo de la Divina Misericordia (27 de abril de 2025): Se celebra el primer domingo después de Pascua, establecido por Juan Pablo II en el año 2000.
  • Promesas de Gracia: Jesús prometió el perdón total de las culpas y penas a quien se confiese y comulgue ese día, acercándose como "fuente de vida".
  • Coronilla a la Divina Misericordia: Una oración clave para pedir misericordia por los pecados propios y del mundo, rezada comúnmente durante este mes.
  • Novena: Comienza el Viernes Santo y concluye el sábado previo a la fiesta, dedicada a preparar las almas.
  • Imagen y Devoción: Se venera la imagen de Jesús con rayos rojos y pálidos brotando de su corazón, simbolizando la sangre y el agua, bajo el lema "Jesús, en ti confío".
El mes de abril invita a experimentar la misericordia divina y a practicarla con los demás

La Divina Misericordia es una devoción católica a la misericordia de Dios asociada con las apariciones reportadas de Jesús a Faustina Kowalska. Es una forma de compasión por parte de Dios, un acto de gracia basado en la confianza o el perdón.

Imagen de la Divina Misericordia
La devoción a la Divina Misericordia se compone de varias prácticas, como el Domingo de la Divina Misericordia, la Coronilla de la Divina Misericordia o la Imagen de la Divina Misericordia, que Kowalska describe en su diario como «la misericordia amorosa de Dios» hacia todas las personas, especialmente hacia los pecadores. Según los escritos de Kowalska, esta devoción y estas prácticas fueron solicitadas por el propio Jesucristo durante sus apariciones.

Kowalska recibió el título de «Secretaria de la Misericordia» por parte de la Santa Sede en el Año Jubilar de 2000.

Etimología
En la Biblia, la misericordia divina proviene de la palabra hebrea jesed, que puede traducirse como "gran misericordia", "bondad", "bondad amorosa", "misericordia", "alianza fidelidad", "favor", "gracia" o "amor y misericordia".

Doctrina
Antiguo Testamento
La palabra hebrea rah'amim (רחמים) denota un acto de gracia basado en la confianza, en una relación mutua entre dos personas que tienen obligaciones que cumplir resultantes de sus compromisos

Nuevo Testamento
En el Sermón del Monte, Jesús dijo de los misericordiosos que recibirán misericordia de Dios y dio ejemplos en la parábola del Buen Samaritano y la parábola del siervo implacable.

Catolicismo
La Iglesia católica enfoca en la misericordia de Dios su poder, particularmente a través de una acción de confianza en la pasión de Jesús que fue el precio ya pagado por nuestros pecados, y que si confiamos verdaderamente en Jesús nuestros pecados nos serán perdonados; Jesús no será nuestro juez sino nuestro Salvador misericordioso.

Más que una mera devoción es un género de la vida cristiana. Se expresa mediante actos interiores (actitudes del alma respecto a la Misericordia del Salvador y de la confianza en Dios) como exteriores: la veneración de la imagen, la hora de la misericordia, el rezo de determinadas oraciones (la llamada Coronilla), la fiesta de la Divina Misericordia y los actos de misericordia con el prójimo.

Devoción
En febrero de 1931, en Płock, Faustina Kowalska tuvo visiones de Jesús, quien le encomendó la tarea de difundir la devoción a su Divina Misericordia.

Kowalska relató una serie de apariciones que describió en su diario de 1934-1938, publicado posteriormente como el libro Diario: La Divina Misericordia en mi alma. Los dos temas principales de la devoción son confiar en la bondad infinita de Cristo y mostrar misericordia a los demás, actuando como conducto del amor de Dios hacia ellos.

El enfoque principal de la devoción a la Divina Misericordia es el amor misericordioso de Dios y el deseo de dejar que ese amor y misericordia fluyan a través del propio corazón hacia aquellos que lo necesitan.

Al consagrar el Santuario de la Divina Misericordia, el papa Juan Pablo II se refirió a esto cuando dijo: «Aparte de la misericordia de Dios, no hay otra fuente de esperanza para la humanidad».

La devoción como hoy es conocida, fue esparcida por medio del diario de la monja polaca, Santa Faustina Kowalska, conocida como "Apóstol de la Misericordia", donde narra las conversaciones místicas que tuvo con Jesucristo, puestas en forma de diario a petición de su confesor, el beato Michał Sopoćko, y de Jesucristo mismo. 
La devoción se propagó después de los desplazamientos de polacos por la Segunda Guerra Mundial.

Después de un período de cuestionamiento oficial, esta devoción recibió un gran impulso durante el pontificado de Juan Pablo II, quien proclamó el 30 de abril de 2000, al canonizar a santa Faustina, la fiesta de la Divina Misericordia, a celebrarse todos los años el primer domingo después de Pascua.

Esta devoción considera que la principal prerrogativa de Jesús es la misericordia y que es la última tabla de salvación. Se accede a la misericordia por la confianza. Esta devoción está integrada por el mensaje de la divina misericordia, la coronilla de la Divina Misericordia, la imagen de la Divina Misericordia, la Fiesta y hora de la misericordia (las 15 h.).

En su diario, Santa Faustina escribió que Jesús le dijo:
  • Toda alma que cree y tiene confianza en Mi Misericordia, la obtendrá.
  • La última tabla de salvación es recurrir a Mi Misericordia.
  • Yo soy el amor mismo y la misma misericordia.
  • Las almas que veneran Mi misericordia, brillarán con un resplandor especial en la vida futura. Ninguna de ellas irá al fuego del Infierno. Defenderé, de modo especial, a cada una, en la hora de la muerte.
  • A las almas que propagan la devoción a mi Misericordia, las protejo durante toda su vida, como una madre cariñosa a su hijo recién nacido. A la hora de la muerte, no seré para ellos Juez, sino su Salvador Misericordioso.
  • Que no tema acercarse a Mí el alma débil, pecadora. Aunque tuviera más pecados que granos de arena hay en la tierra, todo desaparecerá en el abismo de Mi Misericordia.
  • No puedo castigar, aún al pecador más grande, si él suplica Mi Compasión; sino que lo justifico en Mi insondable e impenetrable Misericordia.
  • Quien no quiera pasar por la puerta de Mi Misericordia, tendrá que pasar por la puerta de Mi Justicia.
  • Quien rezare la coronilla "una sola vez", tendrá, a la hora de su muerte, Mi Misericordia infinita.
  • Cuando una persona (un alma) exalta Mi Bondad, Satanás tiembla y huye, lleno de rabia, al fondo del Infierno.

Formas de practicar esta devoción
Hay siete formas principales de esta devoción:
  • Adoración a la imagen de la Divina Misericordia con la inscripción específica «Jesús, en ti confío»;
  • La conmemoración de la fiesta del Domingo de la Divina Misericordia
  • El rezo del Coronilla de la Divina Misericordia
  • La recitación de la Novena de la Divina Misericordia
  • La designación de la Hora de la Misericordia a las 3:00 p. m.
  • Difundir la misericordia con palabras, obras o oraciones
  • La difusión de las obras de misericordia a toda la humanidad, en preparación para el regreso de Jesucristo a la Tierra
  • Proclama que la misericordia es el mayor atributo de Dios.

Palabras atribuidas a Jesús por Kowalska en su diario.
Al igual que en las oraciones que forman la Coronilla de la Divina Misericordia, hay tres temas principales en la devoción a la Divina Misericordia: 
  • 1º) pedir y obtener la misericordia de Dios,
  •  2ª) confiar en la abundante misericordia de Cristo y, por último,
  •  3º) mostrar misericordia a los demás y actuar como conducto de la misericordia de Dios hacia ellos.
El primer y el segundo elemento se refieren a la firma «Jesús, en ti confío» que aparece en la imagen de la Divina Misericordia y Kowalska afirmó que el 28 de abril de 1935, día en que se celebró el primer Domingo de la Divina Misericordia, Jesús le dijo: «Toda alma que crea y confíe en mi misericordia la obtendrá».

El tercer componente se refleja en la afirmación «Invoca mi misericordia en nombre de los pecadores», atribuida a Jesús en el diario de Kowalska (Cuaderno I, puntos 186-187). Esta afirmación va seguida en el diario de una breve oración específica: «Oh, Sangre y Agua, que brotasteis del Corazón de Jesús como fuente de misericordia para nosotros, en vos confío», que Kowalska también recomendaba para la Hora de la Divina Misericordia.

En su diario (Cuaderno II, punto 742), Kowalska escribió que Jesús le dijo:
«Te pido obras de misericordia, que deben surgir del amor que me tienes», y que le explicó que hay tres formas de ejercer la misericordia hacia el prójimo: la primera, con obras; la segunda, con palabras; y la tercera, con oraciones. El diario de Kowalska también contiene una letanía de la Divina Misericordia (Diario 949).

La devoción a la Divina Misericordia considera la misericordia como el elemento clave en el plan de Dios para la salvación y enfatiza la creencia de que fue a través de la misericordia que Dios entregó a su único hijo para la redención de la humanidad, tras la caída de Adán. La oración inicial de la misa del Domingo de la Divina Misericordia hace referencia a esto y comienza así: «Padre celestial y Dios de la misericordia, ya no buscamos a Jesús entre los muertos, porque Él está vivo y se ha convertido en el Señor de la Vida».

En 1959, el Vaticano prohibió la imagen y la devoción a ella debido a una serie de factores.
 Algunos obispos polacos cuestionaron las afirmaciones de Kowalska y se sintieron incómodos con la similitud de la imagen con la bandera polaca roja y blanca. Se informó de que los sacerdotes polacos interpretaban los rayos como un símbolo de la bandera. 

La prohibición del culto se levantó el 15 de abril de 1978, debido a la presión del futuro papa polaco Karol Wojtyła, que tenía un gran interés en Kowalska. Sin embargo, algunos católicos tradicionalistas siguen rechazando y criticando la devoción a la Divina Misericordia, considerándola no canónica, herética y una invención modernista. 

En 1987, el cineasta estadounidense Hermann D. Tauchert coescribió, produjo y dirigió la película [Divine Mercy: No Escape]», que narraba la vida de Kowalska.

Imagen de la Divina Misericordia

Primera imagen de Jesús de la Misericordia que mandó pintar Faustina Kowalska, (1934).

Pinta una imagen según el modelo que ves con la firma: Jesús, en ti confío... Te prometo que el alma que venere esta imagen no perecerá.

En la imagen, Jesús aparece de pie con una mano extendida en señal de bendición y la otra agarrando el costado herido por la lanza, de donde salen rayos de luz rojos y blancos. Kowalska dio una explicación de estos colores, que atribuyó a Jesús en su diario: «Los dos rayos representan la sangre y el agua». Estos colores de los rayos se refieren a la «sangre y agua» del Evangelio de Juan (19:34), que también se mencionan en la oración opcional del rosario. Las palabras «Jesús, en ti confío» suelen acompañar a la imagen (Jezu Ufam Tobie en polaco).

La imagen original de la Divina Misericordia fue pintada por Eugeniusz Kazimirowski en Vilna en 1934 bajo la dirección de Kowalska.
Sin embargo, según su diario, ella lloró al ver que la imagen terminada no era tan hermosa como la visión que había recibido, pero Jesús la consoló diciendo: «La grandeza de esta imagen no reside en la belleza del color ni del pincel, sino en Mi gracia»

La imagen se utilizó ampliamente durante los primeros años de la devoción y todavía circula dentro del movimiento, pero la imagen pintada por Adolf Hyla sigue siendo una de las representaciones más reproducidas.

Hyla pintó la imagen en agradecimiento por haber sobrevivido a la Segunda Guerra Mundial. Después de que el papa Juan Pablo II concediera a la Iglesia Universal la fiesta del Domingo de la Divina Misericordia el 30 de abril de 2000, han surgido nuevas versiones de la imagen de una nueva generación de artistas católicos.

Fiesta de la Misericordia
Santa María Faustina Kowalska, la monja polaca a quien Jesucristo reveló la devoción de la Divina Misericordia.

La Fiesta de la Divina Misericordia ocurre el domingo siguiente a la Pascua de Resurrección y cumple la misma función que la Solemnidad de Santa María, Madre de Dios, siendo el último día de la Octava de Pascua entre finales de marzo hasta principios de mayo. 

Jesús prometió a Santa Faustina su misericordia: el perdón total de los pecados y penas a quien ese día se confiese y comulgue. Esto significa que la persona si se confiesa y comulga en ese día gana inmediatamente indulgencia plenaria, y obtiene el perdón total de la penas y culpas merecidas por haber pecado, o sea, es decir que al perdonar todos los pecados, y no hay penas que purgar en el purgatorio. Esta fiesta ha sido declarada oficial en la liturgia por la Iglesia católica de rito romano el 30 de abril del año 2000 (El mismo día que el papa Juan Pablo II declaró Santa a María Faustina Kowalska, la apóstol de la Divina Misericordia).

Santa Faustina Kowalska escribió en su diario, en relación con la fiesta, las siguientes palabras que ella experimentó en su interior que Jesús le decía:
Deseo que la Fiesta de la Misericordia sea refugio y amparo para todas las almas, especialmente para los pobres pecadores. En ese día se abrirán las puertas de Mi Misericordia. Derramo todo un mar de gracias sobre las almas que se acercan a la fuente de Mi Misericordia. El alma que se confiese y reciba la Santa Comunión obtendrá el perdón total de las culpas y de las penas. En ese día están abiertas todas las compuertas divinas a través de las cuales fluyen las gracias. Que ningún alma tema acercarse a Mi, aunque sus pecados sean como escarlata. [...] Esta fiesta, nacida de lo íntimo de Mi Misericordia, queda confirmada en sus profundidades. [...] Hija Mía, di que esta fiesta ha brotado de las entrañas de Mi Misericordia para el consuelo del mundo entero.
Diario 699, 420, 1517
Esta gracia, como explica el padre profesor Ignacy Różycki, es mayor que la indulgencia plenaria:
Consiste sólo en el perdón de las penas temporales debidos a los pecados cometidos, pero nunca se trata del perdón de las culpas mismas. Esta gracia particular también es mayor que los seis sacramentos, excepto el sacramento del santo Bautismo; esto es así porque el perdón de todas las culpas y penas es sólo una gracia sacramental reservada al sacramento del bautismo. En cambio, en las promesas de Jesús vinculadas con la Fiesta, el Señor asoció el perdón de culpas y penas a la Santa Comunión recibida el día de la fiesta, es decir, al hecho de comulgar en la Fiesta de la Misericordia; con ello, Jesús elevó la Sagrada Comunión recibida en este día al rango de un “segundo bautismo”.

En una entrada de su diario, Kowalska afirmó que cualquiera que participe en la Misa y reciba los sacramentos de la Confesión y la Eucaristía en este día tiene asegurada por Jesús la remisión total de sus pecados y castigos.

La hora de la misericordia
La hora de la misericordia es una práctica devocional diaria basada en los escritos de Faustina Kowalska, quien registró en su diario que Jesús le indicó que rezara por su misericordia a las 3:00 p. m., hora en que murió Jesús, todos los días y meditara sobre su Pasión.
Según su congregación, esta oración y meditación deben realizarse a las 3:00 p. m., dirigidas directamente a Cristo, y deben invocar los méritos de Su Pasión para obtener sus beneficios espirituales y la promesa relacionada. La hora de la Misericordia es a las 3 de la tarde, la hora en que murió Jesús. Santa Faustina escribió en relación con ella las siguientes palabras de Jesús en su diario:

En esta hora nada le será negado al alma que lo pida por los méritos de Mi Pasión. [...] Cuantas veces oigas el reloj dando las tres, sumérgete totalmente en Mi Misericordia, adorándola y glorificándola; suplica su omnipotencia para el mundo entero y especialmente para los pobres pecadores, ya que en ese momento se abrió de par en par para cada alma. [...] En esa hora se estableció la gracia para el mundo entero: la Misericordia triunfó sobre la justicia.
Diario 1320, 1572
El 10 de octubre de 1937, en su diario (Cuaderno IV, entrada 1320), Kowalska atribuyó a Jesús la siguiente declaración:
A las tres en punto, implora Mi misericordia, especialmente por los pecadores; y, aunque solo sea por un breve instante, sumérgete en Mi Pasión, en particular en Mi abandono en el momento de la agonía. Esta es la hora de la gran misericordia. En esta hora, no negaré nada al alma que me lo pida en virtud de mi Pasión.
(Diario 1320)

Más tarde, en febrero de 1938, siempre según Kowalska, Cristo le dijo lo siguiente sobre esta hora (Cuaderno V, punto 1572):
Cada vez que oigas dar la tercera hora, sumérgete completamente en Mi misericordia, adorándola y glorificándola; invoca su omnipotencia para todo el mundo, y en particular para los pobres pecadores; porque en ese momento la misericordia se abrió de par en par para todas las almas. En esta hora puedes obtener todo para ti y para los demás con solo pedirlo; era la hora de la gracia para todo el mundo: la misericordia triunfó sobre la justicia.
(Diario 1572)

Cristo le dio a Kowalska un ejemplo de cómo practicarlo en la misma entrada:
Hija mía, haz todo lo posible por hacer el Vía Crucis en esta hora, siempre que tus obligaciones te lo permitan; y si no puedes hacer el Vía Crucis, al menos entra un momento en la capilla y adora en el Santísimo Sacramento Mi Corazón, que está lleno de misericordia; y si no puedes entrar en la capilla, sumérgete en la oración allí donde te encuentres, aunque sea por un breve instante.
(Diario 1572)

La hora de las 3:00 p. m. corresponde a la hora en que Jesús murió en la cruz. Esta hora se conoce ahora como la «Hora de la Divina Misericordia» o la «Hora de la Gran Misericordia».

Coronilla a la Divina Misericordia
Esta es una oración para rezarla con las cuentas del rosario:
Oh que enorme caudal de Gracias derramaré sobre las almas que recen esta coronilla: las entrañas de mi Misericordia se enternecen por aquellos que rezan la coronilla. Anota estas palabras, hija mía, habla al mundo de mi Misericordia. Que toda la humanidad conozca mi insondable Misericordia. Es la señal de los últimos tiempos, después de ella vendrá el día de la justicia. Cuando todavía queda tiempo, recurran al manantial de mi Misericordia; que aprovechen de la Sangre y el Agua que brotó para ellos.
Diario 848
Mi Misericordia es más grande que tus miserias y de aquellas del mundo entero. ¿Quién ha medido mi bondad? Por ti he bajado del cielo a la tierra, por ti me he dejado poner en la Cruz, por ti he permitido que fuera abierto con una lanza mi Sagrado Corazón y he abierto para ti una fuente de Misericordia. Ven y toma de las Gracias de esta fuente con el recipiente de la confianza. No rechazaré jamás un corazón que se humilla, tu miseria será hundida en el abismo de mi Misericordia.
Diario 1485

Órdenes e instituciones
Varias órdenes e instituciones cristianas se dedican a la Divina Misericordia. El Instituto Juan Pablo II de la Divina Misericordia está gestionado por la Congregación de Clérigos Marianos, que desempeña un papel activo en la promoción del mensaje de la Divina Misericordia.

La Hermanas de Nuestra Señora de la Misericordia, a la que pertenecía Kowalska, y la Congregación de las Hermanas de Jesús Misericordioso, fundada por Michał Sopoćko a petición de Cristo, según lo relatado por Kowalska, también desempeñan un papel muy importante en la difusión de la devoción.

El Congreso Apostólico Mundial de la Misericordia se celebra cada tres años en diferentes ciudades del mundo. También se celebran congresos continentales sobre la misericordia.




Abril mes del Espíritu Santo


El mes de abril está dedicado al Espíritu Santo
Creer en el Espíritu Santo es profesar que el Espíritu Santo es una de las personas de la Santísima Trinidad, consustancial con el Padre y el Hijo: «con el Padre y el Hijo recibe la misma adoración y gloria». (Catecismo de la Iglesia Católica)

Espíritu Santo es la tercera persona de la Santísima Trinidad del cristianismo
El Espíritu Santo es una persona distinta del Padre y del Hijo (primera y segunda persona de la Santísima Trinidad) pero posee con ellos una misma naturaleza y esencia divina.

El Espíritu Santo deriva del latín Espiritus Sanctus que se refiere a la gracia divina que se revela para entrar en comunión con los creyentes con el fin de contactarse con Cristo o con Dios. El Espíritu Santo es el que despierta la fe cristiana.

El Espíritu Santo es sinónimo de Divina Gracia, Espíritu y Paráclito. En el evangelio de San Juan se afirma que Paráclito se quedará con los discípulos después de que Jesús ya no sea visible.

Paráclito proviene del griego parakletos que significa “aquel que es invocado” y del latín consolator que significa consuelo. Se caracteriza por defender del castigo, salvar del peligro y entregar la salvación eterna.

Para los cristianos, el nacimiento de su iglesia es marcada precisamente con el descenso del Espíritu Santo sobre los discípulos de Jesús luego de su crucifixión y resurrección llamada Pentecostés.

El Espíritu Santo procede de la espiración (respiro, aliento) del Padre y del Hijo juntos como un principio único.

El Espíritu Santo es la Persona del Amor en la vida de Dios. Es también como un soplo, una aspiración de Amor infinito, del cual extraemos el aliento de vida.

El día de Pentecostés, el Espíritu Divino comunicó tal abundancia de vida a toda la Iglesia que, para simbolizarlo, "vino del cielo un sonido como de un viento recio que soplaba, y llenó toda la casa donde estaban sentados(los apóstoles)"

Pero también para nosotros vino el Espíritu Santo, pues el grupo en el Cenáculo representaba a toda la Iglesia.El Espíritu Santo vino para permanecer con la Iglesia para siempre. Esta es la promesa del mismo Jesús. Él habita en la Iglesia de forma permanente e infalible, obrando en ella sin cesar su acción vivificante y santificadora.

Él establece la Iglesia infaliblemente en la verdad. Es Él quien hace florecer a la Iglesia con una maravillosa fecundidad sobrenatural, pues Él da vida y plena realización en vírgenes, mártires y confesores aquellas virtudes heroicas que son una de las señales de la verdadera santidad.
( Los Misterios del Rosario , Dom Columba Marmion, OSB)


Nombre y títulos del Espíritu Santo






El nombre propio del Espíritu Santo

«Espíritu Santo» es el nombre propio de aquel a quien adoramos y glorificamos junto con el Padre y el Hijo. La Iglesia ha recibido este nombre del Señor y lo profesa en el Bautismo de sus nuevos hijos.

El término «Espíritu» traduce la palabra hebrea ruah , que en su sentido primario significa aliento, aire, viento. Jesús, en efecto, utiliza la imagen sensorial del viento para sugerir a Nicodemo la novedad trascendente de aquel que es personalmente el aliento de Dios, el Espíritu divino. Por otro lado, «Espíritu» y «Santo» son atributos divinos comunes a las tres personas divinas. Al unir ambos términos, la Escritura, la liturgia y el lenguaje teológico designan la persona inefable del Espíritu Santo, sin ninguna posible ambigüedad con otros usos de los términos «espíritu» y «santo».

Títulos del Espíritu Santo.

Cuando Jesús proclama y promete la venida del Espíritu Santo, lo llama el «Paráclito», literalmente, «el que es llamado al lado de uno», ad-vocatus . «Paráclito» se traduce comúnmente como «consolador», y Jesús es el primer consolador. El Señor también llamó al Espíritu Santo «el Espíritu de verdad».

Además del nombre propio de "Espíritu Santo", que se usa con mayor frecuencia en los Hechos de los Apóstoles y en las Epístolas, también encontramos en San Pablo los títulos: el Espíritu de la promesa, el Espíritu de la adopción, el Espíritu de Cristo, el Espíritu del Señor y el Espíritu de Dios; y, en San Pedro, el Espíritu de la gloria.

Fragmento del Catecismo de la Iglesia Católica


Símbolos del Espíritu Santo




El agua. El simbolismo del agua representa la acción del Espíritu Santo en el Bautismo.

Unción . El simbolismo de la unción con aceite también representa al Espíritu Santo, hasta el punto de convertirse en sinónimo del Espíritu Santo.

Fuego . Mientras que el agua simboliza el nacimiento y la fecundidad de la vida dada por el Espíritu Santo, el fuego simboliza la energía transformadora de las acciones del Espíritu Santo.

Nube y luz. Estas dos imágenes aparecen juntas en las manifestaciones del Espíritu Santo.

El sello es un símbolo similar al de la unción. «El Padre ha puesto su sello» sobre Cristo y también nos sella a nosotros en él.

La mano. Jesús sana a los enfermos y bendice a los niños pequeños imponiéndoles las manos. En su nombre, los apóstoles harán lo mismo. Más aún, es mediante la imposición de manos de los apóstoles que se da el Espíritu Santo.

El dedo. «Por el dedo de Dios expulsó a los demonios». Si la ley de Dios fue escrita en tablas de piedra «por el dedo de Dios», entonces la «carta de Cristo», confiada al cuidado de los apóstoles, está escrita «con el Espíritu del Dios vivo, no en tablas de piedra, sino en los corazones de los hombres». El himno Veni Creator Spiritus invoca al Espíritu Santo como el «dedo de la mano derecha del Padre».

La paloma. Al final del diluvio, cuyo simbolismo alude al Bautismo, una paloma liberada por Noé regresa con una rama fresca de olivo en el pico, señal de que la tierra volvía a ser habitable. Cuando Cristo emerge del agua de su bautismo, el Espíritu Santo, en forma de paloma, desciende sobre él y permanece con él. El Espíritu desciende y permanece en los corazones purificados de los bautizados.

Fragmento del Catecismo de la Iglesia Católica

El Espíritu Santo y nuestra vida espiritual

Todo depende de la obra del Espíritu Santo en nosotros. Cuanto más nos dejemos guiar por el Espíritu Santo, más nos acercaremos a Jesús, a sus misterios y gracias. El Espíritu Santo debe impulsarnos a todo buen pensamiento, palabra y obra. Todo acto de fe, esperanza y amor a Dios requiere la inspiración y la ayuda del Espíritu Santo. Si nuestras virtudes y obras han de ser verdaderamente perfectas y dignas de Dios, necesitan el toque especial y constante del Espíritu Santo.

Aunque estemos dotados de todas las virtudes sobrenaturales, seguimos siendo simples aprendices en la vida espiritual. Sabemos lo que debemos hacer, pero carecemos de la virtud y la capacidad para realizarlo con facilidad. El Espíritu Santo debe guiarnos. Debe tomar nuestra inteligencia y nuestra voluntad, y guiarnos en la oración, en el trabajo, en las decisiones que debemos tomar y en las dificultades que encontramos a diario. Debe compartir con nosotros su manera de ver, de amar, de pensar y de obrar.

Nuestras obras y nuestra conducta solo serán perfectas cuando el Espíritu Santo se haya apoderado completamente de nosotros. Por lo tanto, además de las virtudes sobrenaturales de fe, esperanza, caridad, justicia, fortaleza, templanza y sabiduría, nos concede también sus siete dones. Así, equipa la pequeña barca de nuestra alma con velas sobre las que Él mismo, el Espíritu de Dios, sopla. Nuestro avance a través del mar de la vida ya no es lento ni doloroso. Somos impulsados y guiados por el Espíritu. Si el Espíritu de Dios sopla sobre las velas de nuestra barca, nuestro viaje será dichoso. Entonces, mediante la obra y la ayuda del Espíritu Santo, que habita en nuestra alma, llegaremos al Padre.

Fragmento extraído de La luz del mundo, de Benedict Baur, OSB.

Veni, Creator Spiritus 
(Ven Espíritu Santo, Creador Bendito)

Uno de los himnos más utilizados en la Iglesia, «Veni, Creator Spiritus» , se atribuye a Rabano Mauro (776-856). Se canta en las Vísperas, Pentecostés, la Dedicación de una Iglesia, la Confirmación, las Órdenes Sagradas y siempre que se invoca solemnemente al Espíritu Santo. Se concede indulgencia parcial a los fieles que lo recitan. Se concede indulgencia plenaria si se recita el 1 de enero o en la fiesta de Pentecostés.

Ven, Espíritu Santo, Creador bendito, y en nuestras almas toma tu reposo;
ven con tu gracia y ayuda celestial para llenar los corazones que has creado.

Oh Consolador, a Ti clamamos, Oh don celestial del Dios Altísimo, 
Oh fuente de vida y fuego de amor, y dulce unción de lo alto.

Tú eres conocido en tus siete dones; Tú, dedo de la mano de Dios reconocemos;
Tú, promesa del Padre, Tú que imbuyes la lengua de poder

Enciende nuestros sentidos desde lo alto, y haz que nuestros corazones rebosen de amor;
con paciencia firme y virtud elevada suple la debilidad de nuestra carne.

Aleja de nosotros al enemigo que tememos, y concédenos en su lugar tu paz; así, 
contigo como guía, no nos desviaremos del camino de la vida.

Oh, que tu gracia sobre nosotros nos conceda conocer al Padre y al Hijo;
 y que a Ti, confesados por los siglos de los siglos, seamos benditos del Espíritu eterno.

Ahora, al Padre y al Hijo, que resucitaron de entre los muertos, sea dada la gloria, 
contigo, oh Santo Consolador, por todos los que están en la tierra y en el cielo. Amén.

El Espíritu Santo en Teresa de Jesús


En el blog Cultura-Espiritualidad-Carmelo aparece este texto tomado de un escrito mecanografiado inédito de dos páginas del P. Jesús Castellano Cervera. El tema es el Espíritu Santo en Teresa de Jesús. El P. Jesús Castellano fue un carmelita descalzo valenciano (Villar del arzobispo, 1941-Roma, 2006), profesor de Teología de la Facultad Teresianum de Roma y consultor de siete dicasterios de la Curia Romana.

El Espíritu Santo
Espíritu Santo está hoy presente en la Iglesia. Hablan de él los teólogos como quizá no lo han hecho en otros tiempos; lo invocan los fieles con una convicción inusitada. Ya no es el «gran desconocido», como se ha podido afirmar en otros tiempos. Y a este conocimiento e invocación responde el Espíritu con una abundante presencia de sus carismas y sus frutos.

Para Teresa de Jesús, el Espíritu Santo no fue un Dios desconocido. En el Congreso de Pneumatología celebrado en Roma en el mes de marzo¹, un teólogo preguntó si había en los místicos católicos una sensibilidad a su presencia y citó entre otros a Santa Teresa. La respuesta es obvia. Teresa de Jesús es sensible a la acción del Espíritu y subraya en sus escritos la función que tiene en la vida cristiana.

De la devoción personal a la experiencia mística

El primer recuerdo explícito de una devoción particular al Espíritu Santo en la vida de la Santa lo encontramos en Vida 24,5. El confesor de Teresa en el momento que lucha por estabilizarse en la conversión es el P. Juan de Prádanos; de él viene este consejo: «Él me dijo que lo encomendase a Dios unos días y rezase el himno de «Veni Creator» porque me diese luz de cuál era lo mejor». Mientras Teresa recita el himno litúrgico recibe una de las primeras gracias místicas. En un rapto oye la palabra del Señor que hace en ella una operación singular: la sana definitivamente en lo que para ella había sido durante muchos años su debilidad: su afectividad. Experimenta a la vez equilibrio en el amor y libertad; dos dones característicos del Espíritu Santo: amor verdadero y libertad de los hijos de Dios.

La devoción de la Madre se concentra, al ritmo del año litúrgico, en la fiesta de Pentecostés con su preparación y su octava en lo que entonces se llamaba, y Teresa nos conserva la memoria, «La Pascua del Espíritu Santo». Se puede afirmar que el Espíritu pagó con creces la devoción teresiana otorgándole gracias singulares de auténtico sabor litúrgico en esas fechas; la más sonada fue la de Pentecostés de 1563 cuando ya la Santa estaba en el Carmelo de San José, relatada en Vida 38,9-11; se trata de un episodio que hay que saborear en toda su gracia, tal como nos lo confía la Madre; precede la lectura del Cartujano sobre la fiesta de Pentecostés; sigue la conciencia que ella demuestra de poseer, por los frutos que ve en su vida, el Espíritu; y mientras su lengua pronuncia oraciones de alabanza, siente sobre su cabeza un aleteo de una singular paloma que le deja en el corazón la presencia de «tan buen huésped» con efectos de amor y de sosiego interior que le duran durante varios días. Es hermoso recordar la coincidencia de la expresión teresiana con la palabra litúrgica de la Secuencia de Pentecostés «Dulcis Hospes Animæ». Pero en la descripción teresiana están marcados como en filigrana los dones del Espíritu: quietud, gozo, consuelo, gloria, «subido amor de Dios» y fortaleza grande. Es el Pentecostés de la Madre, recordado siempre por ella con inmenso agradecimiento (cfr. Relación 67).

El inspirador de sus escritos
Uno de los rasgos más característicos de la iconografía teresiana es la presencia de una paloma, símbolo del Espíritu Santo, que con sus rayos ilumina a Teresa en su actividad de escritora. Simbolismo audaz que coloca a la Santa bajo la gracia de una inspiración del Espíritu y hace de sus escritos «celestial doctrina» como recuerda la liturgia. El símbolo iconográfico responde al testimonio teresiano. Cuando la Madre se adentra en las Moradas espirituales, las que más quedan caracterizadas por la acción del Espíritu, es espontáneo el gesto de pedir luz al Señor e invocar la acción sugeridora del Santo Pneuma. Así empieza las IV Moradas:

«Para comenzar a hablar bien he menester lo que he hecho, que es encomendarme al Espíritu Santo y suplicarle de aquí adelante hable por mí, para decir algo de las (moradas) que quedan de manera que lo entendáis».

De manera implícita al iniciar las quintas moradas: «Enviad, Señor mío, del cielo luz para que yo pueda dar alguna (luz) a estas vuestras siervas…» (Moradas V 1,1); y de nuevo en el paso de las quintas a las sextas moradas, cuando aumenta la inefabilidad, la súplica al Espíritu y la confianza en Él se afianzan: «Si su Majestad y el Espíritu Santo no menea la pluma, bien sé que será imposible… Pues vengamos con el favor del Espíritu Santo a hablar de las sextas moradas…» (Moradas V 4,11 y VI 1,1). Estamos en las moradas de las «maravillas de Dios» donde el Espíritu se hace presente a través de dones, carismas y operaciones espirituales que parece derramar con abundancia en el corazón de Teresa. Y todavía en las séptimas la alusión implícita: «Plega a su Majestad si es servido menee la pluma y me dé a entender» (Moradas VII 1,2).

Nos sorprende la actitud de confianza y de docilidad que por otra parte confirman las «gracia» que fluye en la precisión teológica y en la riqueza expresiva con que la Madre ha plasmado, bajo la acción del Espíritu, páginas densas de espiritualidad que resisten al reto de los tiempos.

La mediación del Espíritu en la oración y en la vida
Con tres pinceladas características la Santa ha descrito con precisión teológica la acción del Espíritu Santo en la vida cristiana.

 La primera es la acción del Espíritu en la oración del cristiano; después de haber comentado las resonancias bíblicas de la palabra «Padre» en un diálogo intenso con el «Hijo» que con nosotros es maestro y orante, la Santa escribe: «Entre tal Hijo y tal Padre forzado ha de estar el Espíritu Santo, que enamore vuestra voluntad y os la ate tan grandísimo amor, ya que no baste para esto tan gran interés» (Camino 27,7).
La oración cristiana del «Abbá: ¡Padre!» está suscitada por el amor mismo del Espíritu que enamora y ata nuestra voluntad para orar como debemos.

 La segunda alusión es la afirmación teresiana [de] que toda la vida cristiana se realiza «con el calor del Espíritu Santo» (Moradas V 2,3); intuición feliz que coloca toda la economía de la gracia y de los sacramentos bajo la acción cuasi maternal del Espíritu que con su calor permite la plena eficacia sacramental y el crecimiento del alma en su conformación con Cristo; toda la vida cristiana pero especialmente todo el sentido de la aventura cristiana como transformación progresiva en Cristo hay que atribuirla a la acción santificante del Espíritu.

Finalmente, y esta es la tercera alusión, una experiencia de la Santa asumida como categoría teológica de gran hondura: «Paréceme a mí que el Espíritu Santo debe ser medianero entre el alma y Dios y el que la mueve con tan ardientes deseos que la hace encender en fuego soberano, que tan cerca está» (Conceptos de Amor de Dios 5,5). 

En efecto, el Espíritu con su presencia en el hombre constituye la mediación absolutamente necesaria para la presencia de Cristo y de cualquier realidad sobrenatural. Teresa lo ha sentido en muchas ocasiones cuando la santificación progresiva ha ido marcando nuevas presencias y nuevos frutos de amor.
No se agota aquí la doctrina teresiana acerca del Espíritu Santo. Pero puede bastar esta síntesis de un aspecto. Para despertar el interés no tanto por un capítulo de su doctrina sino por una realidad de nuestra vida que Teresa ha vivido con clara conciencia y devoción singular: la presencia del Espíritu Santo en el cristiano.
Jesús Castellano Cervera ocd


La actividad del Espíritu Santo


Por MJ Pedro Paricio Aucejo

Por medio de su Espíritu, Dios hizo el universo, habló por los profetas y, en la plenitud de los tiempos, se encarnó humanamente en su Hijo. Solo Él sabe lo íntimo de Dios, nos hace conocer a Cristo para conducirnos al Padre y, como Espíritu de Cristo resucitado, nos permite emerger a una renovada vida –plena y definitiva– de comunión con la divinidad. Al ser persona divina, el Espíritu Santo posee la misma substancia y naturaleza que el Padre y el Hijo: todo un interminable misterio para el hombre mientras permanece en este mundo.

Los escritos de santa Teresa de Jesús ofrecen eficaces ideas para comprender mejor este dogma porque ella fue sensible a la acción del Espíritu. Y esto sucedió desde su nacimiento y su incipiente búsqueda infantil hasta su conversión definitiva y su constitución como maestra de espirituales. Para Vidas Labanauskas, el ámbito en el que nació Teresa de Ahumada estuvo atravesado por la acción del Espíritu Santo: no solo disfrutó del especial cariño de su familia, sino que el amor de Dios en su niñez despertó ya en esa etapa el sentido de la trascendencia y el apego a la verdad, que son efusiones suyas.

El primer recuerdo explícito de su devoción particular al Espíritu se encuentra, según el profesor Castellano Cervera, en Vida 24,5, con ocasión de que su confesor Juan de Prádanos le aconsejara para estabilizarse en su conversión “que lo encomendase a Dios unos días y rezase el himno de ‘Veni Creator’ porque me diese luz de cuál era lo mejor”. Mientras Teresa recitaba esta composición recibió una de las primeras gracias místicas: en un rapto oye la palabra del Señor que la sana definitivamente de las deficiencias de su afectividad. Experimentó entonces el equilibrio propio del amor verdadero y de la libertad de sentirse hija de Dios, dones característicos del Espíritu.

Asimismo, cuando llegaba la celebración litúrgica de Pentecostés, su devoción se concentraba en la preparación de esta fiesta y su octava, que el Espíritu Santo recompensó con creces otorgándole gracias singulares en esas fechas. La más destacada fue la de la conmemoración de 1563: al tener conciencia de los frutos del Espíritu que poseía en su vida, mientras su lengua pronunciaba oraciones de alabanza, sintió sobre su cabeza el aleteo de una singular paloma, que le dejó en el corazón la presencia de “tan buen huésped” con efectos de amor y sosiego interior que le duraron varios días.

Tres son los ámbitos en los que se puede cifrar la presencia del Espíritu en la trayectoria teresiana: el del desarrollo de la vida interior, el de la doctrina y el de la actividad apostólica. En cuanto al primero, santa Teresa era conocedora por propia experiencia de la acción santificante del Espíritu en la interioridad humana, de modo que “debe ser medianero entre el alma y Dios y el que la mueve con tan ardientes deseos que la hace encender en fuego soberano, que tan cerca está”. De ahí que, en la vida de oración, “forzado ha de estar el Espíritu Santo, que enamore vuestra voluntad y os la ate tan grandísimo amor”. Respecto del segundo, la futura Doctora de la Iglesia, además de poseer la experiencia de las misericordias del Señor, gozó también del don de entenderlas, comunicarlas y enseñarlas a los demás.

Por lo que atañe al tercer ámbito, las actuaciones del Espíritu no solo se concretaron en su obra fundacional, sino especialmente en la precisión teológica y la riqueza expresiva de su obra escrita, cuyo apostolado quizá alcance históricamente más influencia que las mismas fundaciones, tanto por su secular vigencia como por dar lugar a nuevas fundaciones teresianas. Más aún, como señala el ya citado carmelita descalzo valenciano, la intervención del Espíritu en la escritura teresiana quedó confirmada por su propio testimonio, hasta el punto que, cuando se adentró en las Moradas espirituales, es espontáneo su gesto de pedirle luz e invocar su acción sugeridora: “suplicarle de aquí adelante hable por mí, para decir algo de las [moradas] que quedan de manera que lo entendáis”; y “plega a su Majestad si es servido menee la pluma y me dé a entender”.

En definitiva, siguiendo las conclusiones del carmelita descalzo lituano anteriormente mencionado, se puede afirmar que la existencia de la monja castellana es la de una vida en el Espíritu. Impulsada, conducida y proyectada por Él, su biografía manifiesta el itinerario de una persona que, en su conjunto, es signo del Espíritu Santo, poseyendo sus dones, gracias y carismas como mística, fundadora, escritora y maestra espiritual.