Día 30- Mortificaciones interiores y exteriores



La mortificación consiste en negar nuestra voluntad para crecer en un mayor desapego de las cosas pasajeras de este mundo. Debemos buscar desapegarnos de todo excepto de Dios y su santa voluntad. No es que todo lo que nos gusta o deseamos sea malo, sino que, si anhelamos la verdadera santidad, nuestro deseo de Dios debe transformar y dirigir todos los demás deseos. La mortificación interior consiste en negar nuestros propios pensamientos o voluntad. Por ejemplo, decir una palabra amable cuando no nos apetece, o guardar silencio cuando nos resulta difícil. La mortificación exterior consiste en prácticas como ayunar de alimentos que nos gustan o renunciar a ciertas cosas durante la Cuaresma y a lo largo del año. Estas prácticas son esenciales para la vida espiritual si se toma en serio la relación con Dios (véase Diario n.º 565).

Diario n.º 565
15 XII 1935.
Hoy desde muy temprano una fuerza misteriosa me empuja a obrar, no me deja en paz ni un momento; un ardor misterioso se ha encendido en mi corazón empujándome a obrar, no logro dominarlo; es un martirio silencioso conocido solamente a Dios, pero que haga de mi lo que a Él le agrade; mi corazón está dispuesto a todo.
Oh Jesús, mi queridísimo Maestro, no te alejas de mí ni por un momento.
Oh Jesús, Tu sabes bien lo débil que soy por mi, por eso sé que mi debilidad Te obliga a estar siempre conmigo.
¿A qué te aferras más? ¿Qué parece controlarte y dirigir tus deseos con mayor intensidad? Podría ser una tendencia pecaminosa o una afición natural. Comienza por tus tendencias pecaminosas y busca maneras de mortificar tus deseos para fortalecerte y vencer estos pecados. Observa también tus pasiones y gustos naturales. Elegir sacrificarlos libremente, hasta cierto punto, de vez en cuando, es una forma positiva y santa de crecer en santidad. Busca maneras de hacerlo y la misericordia de Dios fluirá con mayor abundancia.

Señor, deseo desearte solo a Ti y por encima de todo lo demás. Purifícame y libérame de mis muchos apegos en esta vida. Ayúdame a tener el valor de hacerte sacrificios diarios para que mi mente y mi voluntad estén mejor preparadas para recibir tu misericordia.
Jesús, en Ti confío.

Día 30- Adoración final: "Quédate con nosotros, Señor"




Dios mío, Yo creo, espero, Te adoro y Te amo, Te pido perdón por los que no creen, ni esperan, ni te adoran, ni Te aman (Tres veces).

Señor Jesús, Tú que has vencido a la muerte, resucitando con tu propio poder, te pedimos que nos ampares en nuestros días, tan lleno de peligros, tan llenos de oscuridad.
Sé Tú el Lucero del amanecer, que despunte en nuestras almas, trayéndonos la esplendorosa luz de Dios Trino. Ven, ilumínanos, no nos desampares en este valle de lágrimas.


Quédate con nosotros, Señor, esta noche.
Quédate para adorar, alabar y dar gracias al Padre por nosotros, mientras dormimos; que baje del cielo tu Misericordia sobre el mundo.
Alivia desde los Sagrarios de la tierra la prolongada noche de sufrimiento y pena de las benditas almas del Purgatorio.

Quédate con nosotros, Señor, para alejar la justa ira de Dios de nuestras ciudades que atraen la justicia del cielo con sus densísimas nubes de vicios y males.
Quédate con nosotros, Señor, para guardar a los inocentes, para sostener a los tentados, para levantar a los caídos, para subyugar el poder del demonio, para impedir el pecado.
Quédate con nosotros, Señor, para consolar a los que sufren, para bendecir a los que yacen en el lecho del dolor, para dar contrición a los que mueren, para recibir en los brazos de tu misericordia a las miles de almas que se presentarán ante Ti esta noche para ser juzgadas.

¡Oh, Buen Pastor!, quédate con tus ovejas, defiéndelas de los peligros que las rodean y las amenazan.
Pero, sobre todo, quédate con los que sufren y con los agonizantes. Danos una noche tranquila y una muerte serena.

Oh, Dios, sé nuestro Padre misericordioso hasta los últimos instantes de nuestra vida, para que sin temor podamos presentarnos delante de Ti, para ser juzgados. Así sea.

Por: Padre Gabriel Amorth


Santa Catalina de Siena y la Eucaristía

Santa Catalina de Siena (1347-1380) tuvo una profunda espiritualidad mística centrada en la Eucaristía, considerada su fuente de fuerza y alimento único en sus últimos años. Como Doctora de la Iglesia, veía en la comunión diaria (inusual en su época) la unión con Cristo, describiendo la Eucaristía como el fuego del amor divino que inflamaba su alma.

Aspectos clave de la relación entre Santa Catalina y la Eucaristía:
Comunión Diaria y Mística: Catalina desafió las costumbres de su tiempo buscando la comunión diaria, permiso que obtuvo del Papa Gregorio XI. A menudo entraba en éxtasis después de comulgar.
Alimento Único: Durante los últimos siete años de su vida, se relata que se sostuvo casi exclusivamente con la Eucaristía, ayunando de alimentos sólidos.
Místicos Milagros: Se registraron episodios extraordinarios, como recibir la hostia directamente de Cristo o fragmentos de la hostia consagrada que se desplazaban hacia ella, un fenómeno presenciado por su confesor, Raimundo de Cápua.
Amor a la Sangre de Cristo: En sus escritos, especialmente en "El Diálogo", Catalina habla de la "sangre" de Cristo como símbolo de su amor derramado, estrechamente ligado a la Eucaristía.
Unión entre Eucaristía y Caridad: Su amor por Jesús sacramentado la impulsó a servir a los pobres y enfermos, uniendo la contemplación mística con la acción caritativa.

Su devoción eucarística no era solo sentimental, sino una teología profunda sobre la unión íntima con Dios y la Iglesia.


"Señor Jesús, sé luz en mi mente, paz en mi corazón y sabiduría en mis decisiones"
Amén.



Consagrar el mes de mayo a la Virgen María, Madre de la Eucaristía

Día 30- Abandono en el Espíritu




Ven Espíritu Santo. Ilumíname para que sepa decir las mejores palabras, esas que puedan hacer bien a los demás. Tómame Espíritu Santo, para que a través de mis gestos se exprese el amor de Jesús y los demás puedan crecer en la amistad que les ofreces.

Dame flexibilidad y apertura, para que me adapte con sencillez a las necesidades de los otros.
Dame un oído atento, para escuchar lo que tú me digas a través de ellos. Fecunda y reaviva los carismas que derramaste en mi vida para cumplir mi misión en el mundo.
Guíame, Espíritu Santo. No dejes que confunda el camino.

Enséñame a discernir, para que no me desgaste cuidando la apariencia o buscando fama. No dejes que ponga mi apoyo en falsas seguridades que me alejan de ti.
Toca mi interior, Espíritu Santo, para que viva de ti, para que me deje llevar por ti donde quieras, como quieras, cuando quieras. Para que mi camino me oriente siempre a ti, para que siempre esté contigo, para que sepa de verdad que sólo en ti está la fuente de la vida.
Gracias, Espíritu Santo, porque puedo participar en la construcción del Reino de Dios, y así puedo crecer en tu amor. Amén


El abandono en el Espíritu es una entrega total y confiada de la propia voluntad a la providencia divina, buscando la unión con Dios y la paz interior. Se define como un acto activo de amor donde se deja a Dios el cuidado de la propia vida, superando el miedo, la ansiedad y los intentos de control.

Aspectos clave del Abandono Espiritual:
Confianza Activa: No es pasividad o resignación, sino una entrega dinámica y consciente a la voluntad de Dios, renunciando al deseo de controlar el futuro.
Oración de Abandono: La célebre oración del Padre Ignacio Larrañaga ("Padre, en tus manos me pongo") es un ejemplo de este acto de fe que invita a la entrega sin medida, según Logos Sermons.
Sanación Interior: Este proceso permite que Dios sane la sensación de soledad o "abandono" humano, transformando el dolor en compañía divina y sentido de propósito, explorado en esta reflexión sobre la herida del abandono.
Acción del Espíritu Santo: El Espíritu actúa como guía y fuerza interior, permitiendo a la persona enfrentar dificultades laborales y personales con serenidad, destacan en este seminario de la Pastora Loida Tejera.
La Virgen María como modelo: Se destaca la docilidad de María como el ejemplo perfecto de abandono y obediencia a Dios.

En resumen, el abandono en el Espíritu transforma la visión de la realidad, permitiendo sentir la presencia amorosa de Dios incluso en momentos de sufrimiento o aparente abandono, un concepto desarrollado por Familia Carlos de Foucauld.

Oración al Espíritu Santo compuesta por san Josemaría en abril de 1934
¡Ven, oh Santo Espíritu!: ilumina mi entendimiento, para conocer tus mandatos: fortalece mi corazón contra las insidias del enemigo: inflama mi voluntad... He oído tu voz, y no quiero endurecerme y resistir, diciendo: después..., mañana. Nunc coepi! ¡Ahora!, no vaya a ser que el mañana me falte.

¡Oh Espíritu de verdad y de sabiduría, Espíritu de entendimiento y de consejo, Espíritu de gozo y de paz!: quiero lo que quieras, quiero porque quieres, quiero como quieras, quiero cuando quieras.

Jueves 4a. semana Pascua- Hacer memoria de la misericordia de Dios


Pedir la gracia de la alegría pascual

Señor Jesús Resucitado, me regocijo en tu victoria sobre el pecado y la muerte. Al comenzar este día, te alabo y te glorifico, porque has llenado el mundo de esperanza. Ilumina mi corazón con la luz de tu Resurrección y dame la valentía para ser testigo de tu amor en mi familia, trabajo y comunidad. Que tu resurrección sea mi fuerza hoy. Amén

Evangelio
Juan 13, 16-20
En aquel tiempo, después de lavarles los pies a sus discípulos, Jesús les dijo:
“Yo les aseguro: el sirviente no es más importante que su amo, ni el enviado es mayor que quien lo envía. Si entienden esto y lo ponen en práctica, serán dichosos.
No lo digo por todos ustedes, porque yo sé a quiénes he escogido. Pero esto es para que se cumpla el pasaje de la Escritura, que dice: El que comparte mi pan me ha traicionado. Les digo esto ahora, antes de que suceda, para que, cuando suceda, crean que Yo soy.
Yo les aseguro: el que recibe al que yo envío, me recibe a mí; y el que me recibe a mí, recibe al que me ha enviado”.


-- Hacer memoria de la misericordia de Dios.
-- Acudir a las fuentes que purifican.
-- La misericordia manifestada en el servicio.


DESPUÉS DE HABER predicado el Evangelio en Chipre durante su primer viaje apostólico, san Pablo y san Bernabé fueron en dirección a Asia menor para continuar anunciando la palabra de Dios. Llegaron a Antioquía de Pisidia y el sábado acudieron a la sinagoga. El jefe los invitó a dirigir el comentario sobre la Ley y los Profetas. Entonces Pablo tomó la palabra y comenzó su predicación con un breve resumen de la historia del pueblo elegido (cfr. Hch 13,16-22). Les habló de cómo el Señor había sacado «con brazo fuerte» a los israelitas de la esclavitud, de cómo habían peregrinado en el desierto hasta entrar en la Tierra prometida, y cómo establecidos ahí recibieron jueces y reyes que los guiaban y los protegían.

Lo que san Pablo dejó ver en su comentario es que la historia de Israel es una historia de misericordia divina. «Es una predicación histórica la que adoptan los discípulos, y es fundamental porque permite recordar los momentos importantes, los signos de la presencia de Dios en la vida del hombre. Volver atrás para ver cómo Dios nos ha salvado, recorrer –con el corazón y con la mente– el camino con el recuerdo»[1]. Como continuación de ese pueblo elegido, diremos en el salmo de la Misa de hoy: «Las misericordias del Señor cantaré eternamente; de generación en generación anunciaré con mi boca tu fidelidad» (Sal 89,2). A pesar de la dificultad que en ciertos momentos tenía el pueblo para creer y ser fiel a la Alianza, el Señor mantenía su protección sobre ellos.

Al mencionar la figura del rey David, san Pablo recordó a sus oyentes que la Alianza miraba especialmente hacia el futuro. «De su descendencia, Dios, según la promesa, hizo surgir para Israel un Salvador, Jesús» (Hch 13,23). El canto de misericordia llega a su plenitud en Jesucristo. Él es el Ungido del Padre, con la fuerza del Espíritu Santo. En Jesús toda la humanidad puede encontrar el cumplimiento de sus anhelos más profundos. También nuestra propia historia converge en Cristo resucitado. Él nos atrae hacia su persona para manifestarnos la misericordia de su Padre Dios en nuestro pasado, presente y futuro.

EN LA MISA de hoy se proclamará una parte del relato de la Última Cena. Después de haber lavado los pies a sus discípulos, el Señor recuerda a los apóstoles que él estará presente en sus enviados (cfr. Jn 13,16.20). Es el maravilloso misterio de la compenetración entre Cristo y sus discípulos. Dios sigue actuando en el mundo también de esta manera. Puede parecer algo demasiado sublime, fuera de nuestras capacidades, pero es posible por la acción de la gracia. Precisamente en este sentido es elocuente el gesto del lavatorio de los pies: es el Señor el que nos lava, el que nos hace capaces de seguir anunciando el Evangelio con renovada confianza e impulsados por su ternura y su amor. «En verdad, en verdad les digo: quien recibe al que yo envíe, a mí me recibe; y quien a mí me recibe, recibe al que me ha enviado» (Jn 13,20). ¡Somos portadores de Cristo! La misericordia de Dios sigue llegando a muchas personas a través de la palabra y las obras de los cristianos. Es verdad que en todos nosotros hay cosas que empañan el cristal por el que pasa la luz de la misericordia. Pero precisamente en ese afán de recomenzar, de volver a acudir al perdón del Señor, se anuncia de nuevo la bondad del Padre celestial, porque «la Iglesia es un pueblo de pecadores que experimentan la misericordia y el perdón de Dios»[2].

Al profeta Isaías un ángel le purificó los labios con un carbón encendido antes de ser enviado al pueblo de Israel (cfr. Is 6,1-9). Y nosotros podemos recordar que, para poder anunciar adecuadamente el mensaje del Evangelio, tenemos que acudir a las fuentes que nos purifican, especialmente al sacramento de la Reconciliación. Así predicaremos la misericordia de Dios, que antes habremos experimentado personalmente. «Este drama lo vivió Jesús con los Doctores de la Ley, que no entendían porqué Él no dejó lapidar a la mujer adúltera, no entendían cómo iba a cenar con publicanos y pecadores: no comprendían. No entendían la misericordia (...). Pidamos al Señor que nos haga entender cómo es su corazón, qué significa misericordia, qué quiere decir cuando Él dice: ¡Misericordia quiero y no sacrificio!»[3].

«SI COMPRENDÉIS esto y lo hacéis, seréis bienaventurados» (Jn 13,17). Jesús dio ejemplo a sus apóstoles de entrega y servicio esmerado. Sostenidos por la gracia de Dios, también ellos llegaron a entregarse por sus hermanos los hombres, anunciando sin cansancio que Jesús vive. A través del servicio gratuito podemos hacer llegar la misericordia de Dios a muchas personas, y también nos lleva a tratar a los demás de acuerdo a su grandeza de hijos de Dios. San Pablo ruega a los filipenses: «No actuéis por rivalidad ni por vanagloria, sino con humildad, considerando cada uno a los demás como superiores, buscando no el propio interés, sino el de los demás» (Fil 2,3-4). Y después recuerda cómo Jesús, «siendo de condición divina, no consideró como presa codiciable el ser igual a Dios, sino que se anonadó a sí mismo tomando la forma de siervo» (Fil 2,6-7).

Es el amor lo que nos hace inclinarnos para servir con gusto a los demás. En este sentido, al componer las Preces de la Obra, san Josemaría quiso que comenzaran con un Serviam! –¡serviré!– que refleja ese afán de entrega lleno de entusiasmo sobrenatural. «Si dejamos que Cristo reine en nuestra alma, no nos convertiremos en dominadores, seremos servidores de todos los hombres. Servicio. ¡Cómo me gusta esta palabra! Servir a mi Rey y, por él, a todos los que han sido redimidos con su sangre. ¡Si los cristianos supiésemos servir! Vamos a confiar al Señor nuestra decisión de aprender a realizar esta tarea de servicio, porque sólo sirviendo podremos conocer y amar a Cristo, y darlo a conocer y lograr que otros más lo amen»[4].

En la vida de Nuestra Señora se ve cómo la acción de la misericordia del Señor se transforma en servicio. Inmediatamente después de la Anunciación, acude a ayudar a su prima santa Isabel. Y en ese momento de entrega rompe a cantar, llena de alegría, testimoniando la acción de Dios, porque «su misericordia se derrama de generación en generación sobre los que le temen» (Lc 1,50).

[1] Francisco, Homilía, 21-IV-2016.
[2] Francisco, Audiencia general, 9-VIII-2017.
[3] Francisco, Homilía, 6-X-2015
[4] San Josemaría, Es Cristo que pasa, n. 182.




Oh Dios, que por la resurrección de tu Hijo, nuestro Señor Jesucristo, te has dignado dar la alegría al mundo, concédenos que por su Madre, la Virgen María, alcancemos el gozo de la vida eterna. Por el mismo Cristo nuestro Señor. Amén."

Acción: 

«Hoy evitaré la pereza»


Día 29- Un corazón obstinado



Una de las principales maneras en que impedimos que la Misericordia de Dios entre en nuestras vidas es a través de la obstinación . Específicamente, cuando nos aferramos obstinadamente a nuestra propia opinión, como resultado de nuestro orgullo, y por lo tanto no nos abrimos a la verdad, cerramos la puerta a la gracia. Este es un pecado particularmente peligroso porque la obstinación, por definición, implica una falta de voluntad para arrepentirse y cambiar. La persona obstinada permanece, día tras día, año tras año, cerrada a la gracia de Dios. La única cura para un corazón obstinado es la humildad ante la Verdad de Dios. Acercarse a Dios con un corazón sinceramente abierto, listos y dispuestos a cambiar nuestras convicciones en el momento en que Él habla, es el primer paso para librarnos de este pecado. Humíllate escuchando, dejando de lado tu firme opinión, estando abierto y dispuesto a cambiar. Esto puede ser difícil al principio, pero estarás verdaderamente agradecido de haberlo hecho (Ver Diario n. ° 560).

Diario n. ° 560
Jueves.
Me sentía muy apremiada para dar comienzo a la obra lo antes posible, según el deseo del Señor. Cuando fui a confesarme, antepuse una opinión mía a la opinión del confesor. En un primer momento no me di cuenta de ello, pero mientras rezaba la Hora Santa, vi. al Señor Jesús con el aspecto que tiene en la imagen y me dijo que comunicara al confesor y a las Superioras todo lo que me decía y exigía. Y haz solamente aquello para lo que recibirás permiso. Y me dió a conocer Jesús, lo mucho que le desagrada el alma arbitraria; en aquella alma me reconocí a mi misma.
Advertí en mí la sombra de arbitrariedad, me deshice en polvo delante de su Majestad y con el corazón despedazado, le pedí perdón.
Pero Jesús no me permitió permanecer mucho tiempo en tal disposición, sino que su divina mirada llenó mi alma con un gozo tan grande que no encuentro palabras para expresarlo. Y me dio a conocer Jesús que debía preguntarle y consultarle más.
De verdad, qué dulce es la mirada de mi Señor. Su mirada penetra mi alma hacia los lugares mas secretos, mi espíritu se entiende con Dios sin pronunciar ni una sola palabra; siento que Él vive en mi y yo en Él.
¿A qué te resistes con tanta obstinación? ¿Tienes algún resentimiento arraigado hacia otra persona? ¿Estás convencido de tener razón en algo? Asegúrate de que Dios sienta lo mismo. Procura hoy abrirte al cambio. El primer paso es pedirle al Señor que te abra los ojos para ver. El segundo paso es permitirte reconocer esta tendencia en tu corazón.

Señor, sé que soy obstinado. Lo siento en mi interior. Me aferro a mi voluntad y, por orgullo, me niego a escuchar a los demás. Dame la gracia de una mente abierta para que pueda abandonar mi terquedad. Ayúdame a humillarme ante Ti y ante los demás, y ayúdame a estar dispuesto a escuchar Tu Verdad.
Jesús, confío en Ti.

Día 29- Jesús, mi guía y mi camino.




Dios mío, Yo creo, espero, Te adoro y Te amo, Te pido perdón por los que no creen, ni esperan, ni te adoran, ni Te aman (Tres veces).

Señor Jesús, Tú que has vencido a la muerte, resucitando con tu propio poder, te pedimos que nos ampares en nuestros días, tan lleno de peligros, tan llenos de oscuridad.
Sé Tú el Lucero del amanecer, que despunte en nuestras almas, trayéndonos la esplendorosa luz de Dios Trino. Ven, ilumínanos, no nos desampares en este valle de lágrimas.


Jesús Eucaristía es considerado por la tradición católica como una fuente inagotable de paz interior, serenidad y sanación profunda para el alma. Ante las dificultades y el ajetreo diario, la adoración eucarística ofrece un refugio para descansar y renovar la fe.

Aquí se detallan los aspectos clave de cómo la Eucaristía trae paz:
Presencia Real y Sanadora: Estar ante Jesús Eucaristía es un regalo de quietud donde el alma aprende a escuchar, llenando los vacíos con su amor.
Paz que el mundo no da: Es una paz interior que no depende de las circunstancias externas, sino de la presencia constante de Cristo, el cual calma la mente y fortalece el corazón.
Refugio y Descanso: Muchos creyentes encuentran en la adoración la fuerza para soltar cargas, encontrar compañía y protección para el espíritu cansado.
Transformación profunda: Jesús Eucaristía invita a confiar en que todo puede ser transformado desde el amor, sanando pensamientos inquietos y proporcionando serenidad.
Vínculo de unidad: La Eucaristía, al ser fuente de paz, actúa como un vínculo que une a las personas con Dios y con los hermanos, reconciliando realidades y pacificando el corazón.

Para muchos, la adoración al Santísimo Sacramento es el momento de decirle: "Jesús Eucaristía, quédate conmigo... y llena mi vida de tu paz".


Santa Catalina de Siena y la Eucaristía

Santa Catalina de Siena (1347-1380) tuvo una profunda espiritualidad mística centrada en la Eucaristía, considerada su fuente de fuerza y alimento único en sus últimos años. Como Doctora de la Iglesia, veía en la comunión diaria (inusual en su época) la unión con Cristo, describiendo la Eucaristía como el fuego del amor divino que inflamaba su alma.

Aspectos clave de la relación entre Santa Catalina y la Eucaristía:
Comunión Diaria y Mística: Catalina desafió las costumbres de su tiempo buscando la comunión diaria, permiso que obtuvo del Papa Gregorio XI. A menudo entraba en éxtasis después de comulgar.
Alimento Único: Durante los últimos siete años de su vida, se relata que se sostuvo casi exclusivamente con la Eucaristía, ayunando de alimentos sólidos.
Místicos Milagros: Se registraron episodios extraordinarios, como recibir la hostia directamente de Cristo o fragmentos de la hostia consagrada que se desplazaban hacia ella, un fenómeno presenciado por su confesor, Raimundo de Cápua.
Amor a la Sangre de Cristo: En sus escritos, especialmente en "El Diálogo", Catalina habla de la "sangre" de Cristo como símbolo de su amor derramado, estrechamente ligado a la Eucaristía.
Unión entre Eucaristía y Caridad: Su amor por Jesús sacramentado la impulsó a servir a los pobres y enfermos, uniendo la contemplación mística con la acción caritativa.

Su devoción eucarística no era solo sentimental, sino una teología profunda sobre la unión íntima con Dios y la Iglesia.


"Señor Jesús, sé luz en mi mente, paz en mi corazón y sabiduría en mis decisiones"
Amén.



Unir todos los sufrimientos del día al sacrificio del altar.

Día 29- Consagración total al Espíritu Santo




Ven Espíritu Santo. Ilumíname para que sepa decir las mejores palabras, esas que puedan hacer bien a los demás. Tómame Espíritu Santo, para que a través de mis gestos se exprese el amor de Jesús y los demás puedan crecer en la amistad que les ofreces.

Dame flexibilidad y apertura, para que me adapte con sencillez a las necesidades de los otros.
Dame un oído atento, para escuchar lo que tú me digas a través de ellos. Fecunda y reaviva los carismas que derramaste en mi vida para cumplir mi misión en el mundo.
Guíame, Espíritu Santo. No dejes que confunda el camino.

Enséñame a discernir, para que no me desgaste cuidando la apariencia o buscando fama. No dejes que ponga mi apoyo en falsas seguridades que me alejan de ti.
Toca mi interior, Espíritu Santo, para que viva de ti, para que me deje llevar por ti donde quieras, como quieras, cuando quieras. Para que mi camino me oriente siempre a ti, para que siempre esté contigo, para que sepa de verdad que sólo en ti está la fuente de la vida.
Gracias, Espíritu Santo, porque puedo participar en la construcción del Reino de Dios, y así puedo crecer en tu amor. Amén


La consagración total al Espíritu Santo es un acto de entrega absoluta de todo el ser—cuerpo, alma, pensamientos y acciones—para ser guiado por su luz y amor, buscando la santificación personal. Implica una docilidad constante a sus inspiraciones, a menudo renovando la gracia bautismal para vivir según su voluntad y no la propia

La « Consagración al Espíritu Santo» es un profundo acto de entrega y dedicación al Espíritu Santo. La oración expresa adoración por los atributos divinos del Espíritu Santo, reconociéndolo como fuente de fortaleza, luz y vida para el alma. Busca la gracia de permanecer fiel al Espíritu Santo, de estar atento a su voz y de seguir sus inspiraciones, implorando su compasión y protección contra el pecado. La oración también invoca la Pasión de Cristo como medio para aferrarse al Espíritu Santo y concluye con una petición de la gracia de estar siempre abiertos y receptivos a la guía del Espíritu Santo.

Ante la multitud de testigos celestiales, me ofrezco, alma y cuerpo, a Ti, Espíritu eterno de Dios. Adoro el resplandor de Tu pureza, la infalible lucidez de Tu justicia y el poder de Tu amor. Tú eres la fuerza y ​​la luz de mi alma; en Ti vivo, me muevo y existo.

Deseo jamás entristecerte con mi infidelidad a Tu gracia, y te ruego de todo corazón que me preserves del más mínimo pecado contra Ti. Hazme fiel en cada uno de mis pensamientos y concédeme que siempre escuche Tu voz, busque Tu luz y siga Tus mis bondadosas inspiraciones. Me aferro a Ti y te suplico, en Tu compasión, que me cuides en mi debilidad.

Sosteniendo los pies traspasados ​​de Jesús, contemplando Sus cinco llagas, confiando en Su Preciosa Sangre y adorando Su costado abierto y Su Corazón herido, te imploro, Espíritu adorable, que me mantengas en Tu gracia para que jamás peque contra Ti.

Concédeme la gracia, oh Espíritu Santo del Padre y del Hijo, de decirte siempre y en todas partes: «Habla, Señor, porque tu siervo escucha».
Amén.


Oración al Espíritu Santo compuesta por san Josemaría en abril de 1934
¡Ven, oh Santo Espíritu!: ilumina mi entendimiento, para conocer tus mandatos: fortalece mi corazón contra las insidias del enemigo: inflama mi voluntad... He oído tu voz, y no quiero endurecerme y resistir, diciendo: después..., mañana. Nunc coepi! ¡Ahora!, no vaya a ser que el mañana me falte.

¡Oh Espíritu de verdad y de sabiduría, Espíritu de entendimiento y de consejo, Espíritu de gozo y de paz!: quiero lo que quieras, quiero porque quieres, quiero como quieras, quiero cuando quieras.

Miércoles 4ta. semana Pascua- Jesús nos revela la paternidad de Dios


Pedir la gracia de la alegría pascual

Señor Jesús Resucitado, me regocijo en tu victoria sobre el pecado y la muerte. Al comenzar este día, te alabo y te glorifico, porque has llenado el mundo de esperanza. Ilumina mi corazón con la luz de tu Resurrección y dame la valentía para ser testigo de tu amor en mi familia, trabajo y comunidad. Que tu resurrección sea mi fuerza hoy. Amén

Evangelio
Juan 12, 44-50
En aquel tiempo, exclamó Jesús con fuerte voz: “El que cree en mí, no cree en mí, sino en aquel que me ha enviado; el que me ve a mí, ve a aquel que me ha enviado. Yo he venido al mundo como luz, para que todo el que crea en mí no siga en tinieblas.
Si alguno oye mis palabras y no las pone en práctica, yo no lo voy a condenar; porque no he venido al mundo para condenar al mundo, sino para salvarlo.
El que me rechaza y no acepta mis palabras, tiene ya quien lo condene: las palabras que yo he hablado lo condenarán en el último día. Porque yo no he hablado por mi cuenta, sino que mi Padre, que me envió, me ha mandado lo que tengo que decir y hablar. Y yo sé que su mandamiento es vida eterna. Así, pues, lo que hablo, lo digo como el Padre me lo ha dicho’’.


- Jesús nos revela la paternidad de Dios.
- Cristo es salvador y juez.
- El deseo de asociarnos a la voluntad divina.


EL EVANGELIO de la Misa de hoy recoge un discurso proclamado por Jesús poco antes de su pasión. «Clamó y dijo: El que cree en mí, no cree en mí, sino en aquel que me ha enviado; y el que me ve a mí, ve al que me ha enviado. Yo soy la luz que ha venido al mundo para que todo el que cree en mí no permanezca en tinieblas» (Jn 12,44-46). Cristo, en estos últimos momentos de su vida pública, manifiesta ese amor infinito con el que vino al mundo para darnos claridad, para mostrarnos el amor del Padre y, así, sembrar en las almas el gozo y la paz.

En el pasaje observamos que «Jesús vive y actúa con constante y fundamental referencia al Padre. A él se dirige frecuentemente con la palabra llena de amor filial: “Abbá”; también durante la oración en Getsemaní le viene a los labios esta misma palabra. Cuando los discípulos le piden que les enseñe a orar, enseña el “Padre nuestro”. Después de la resurrección, en el momento de dejar la tierra, parece que una vez más hace referencia a esta oración, cuando dice: “Subo a mi Padre y a vuestro Padre, a mi Dios y a vuestro Dios”. Así, pues, por medio del Hijo, Dios se ha revelado en la plenitud del misterio de su paternidad»[1].

Una parte fundamental de la misión de Cristo fue mostrarnos con claridad a “aquel que le ha enviado”; y no solo eso, sino, con su muerte y su resurrección, hacernos hijos de Dios. Para san Josemaría, esta realidad es el fundamento sobre el cual construir la vida interior. Por eso recordaba continuamente que «Dios es un Padre lleno de ternura, de infinito amor. Llámale Padre muchas veces al día, y dile –a solas, en tu corazón– que le quieres, que le adoras: que sientes el orgullo y la fuerza de ser hijo suyo. Supone un auténtico programa de vida interior, que hay que canalizar a través de tus relaciones de piedad con Dios –pocas, pero constantes, insisto–, que te permitirán adquirir los sentimientos y las maneras de un buen hijo»[2].

JESÚS CONTINÚA con su discurso: «Si alguien escucha mis palabras y no las guarda, yo no le juzgo, porque no he venido a juzgar al mundo, sino a salvar al mundo» (Jn 12,47). Jesús es salvador, pero uno mucho más grande que la imagen que podemos hacernos de un salvador en esta tierra. Jesús también es juez, pero su justicia no se imparte como la impartimos los hombres. Para salir al paso de un modo demasiado humano de pensar en Jesús, podemos recordar que «sin duda Cristo es y se presenta sobre todo como salvador. No considera su misión juzgar a los hombres según principios solamente humanos. Él es, ante todo, el que enseña el camino de la salvación y no el acusador de los culpables (...). Por tanto, hay que decir que ante esta luz que es Dios revelado en Cristo, ante tal verdad, en cierto sentido, las mismas obras juzgan a cada uno»[3].

La predicación del Señor estuvo marcada por la mansedumbre. El Evangelio ve en esta actitud el cumplimiento de las profecías: «No disputará ni gritará, nadie oirá su voz en las plazas. No quebrará la caña cascada, ni apagará la mecha humeante, hasta que haga triunfar la justicia» (Is 42,2-3; cfr. Mt 12,19-20). El Señor anuncia la verdad con claridad, pero rechaza cualquier actitud que lleve a humillar o aplastar a quienes no aceptaban su predicación. Quiere ganarse el corazón de cada uno: «Jesús no quiere convencer por la fuerza –decía san Josemaría– y, estando junto a los hombres, entre los hombres, les mueve suavemente a seguirle, en busca de la verdadera paz y de la auténtica alegría»[4].

Es bueno recordar la inconmensurable paciencia de Dios, que cuenta con los límites de sus hijos. Cada alma tiene su tiempo. Son innumerables las historias de personas que, gracias al acompañamiento comprensivo de un buen amigo, acaban descubriendo la alegría de abrir el corazón a Jesucristo. «La verdad no se impone de otra manera, sino por la fuerza de la misma verdad, que penetra suave y fuertemente en las almas»[5]: a esta convicción, tomada de la vida de Cristo y de la experiencia de la Iglesia, se la ha considerado el «principio de oro»[6] para la evangelización.

LA PREDICACIÓN del Señor estaba sostenida por su íntimo deseo de cumplir la voluntad del Padre: «Yo no he hablado por mí mismo, sino que el Padre que me envió, Él me ha ordenado lo que tengo que decir y hablar» (Jn 12,49). Jesús vivía de cara al Padre y de ahí sacaba la fuerza para iluminar a la gente que le rodeaba. La actividad del Señor no se comprende como un acto de simple filantropía sino que surge del manantial de su amor a Dios Padre. Deseamos descubrir y asociarnos a la voluntad divina porque ahí está la vida: cuando hablamos con otras personas, cuando sacamos adelante actividades de formación o en medio de nuestros quehaceres ordinarios.

Realizar nuestras tareas cara a Dios nos ayudará también a ver desde su perspectiva los aparentes fracasos y los momentos en los que no llegan los frutos. Cualquier energía gastada por hacer el bien es fecunda, aunque no lo veamos externamente: «Tal fecundidad es muchas veces invisible, inaferrable, no puede ser contabilizada. Uno sabe bien que su vida dará frutos, pero sin pretender saber cómo, ni dónde, ni cuándo»[7]. Y cuando el desánimo llegue a nuestra vida, podemos mirar de nuevo a nuestro Padre Dios: «Aprendamos a descansar en la ternura de los brazos del Padre en medio de la entrega creativa y generosa. Sigamos adelante, démoslo todo, pero dejemos que sea Él quien haga fecundos nuestros esfuerzos como a Él le parezca»[8]. Quizá en esos momentos, cuando vemos claramente que la misión nos supera, es cuando Dios nos enseña que es él quien hace nuevas todas las cosas a partir de nuestra limitada correspondencia; entenderlo y vivirlo es el modo de fundamentar la propia vida sobre roca.

En este anhelo por sintonizar, como Cristo, verdaderamente con los deseos del corazón de Dios Padre, nos puede servir saborear con novedad el Padrenuestro. «Rezando “hágase tu voluntad”, no estamos invitados a bajar servilmente la cabeza, como si fuéramos esclavos. ¡No! Dios nos quiere libres; y es su amor el que nos libera. El Padre Nuestro es, de hecho, la oración de los hijos, no de los esclavos; sino de los hijos que conocen el corazón de su padre y están seguros de su plan de amor»[9]. También nos puede servir saborear con novedad aquellas palabras de nuestra Madre, “hágase tu voluntad”, con las que manifestó su deseo de ir siempre a la par con Dios.

[1] San Juan Pablo II, Audiencia general, 23-X-1985.
[2] San Josemaría, Amigos de Dios, n. 150.
[3] San Juan Pablo II, Audiencia general, 30-IX-1987.
[4] San Josemaría, Cartas 4, n. 2c.
[5] Concilio Vaticano II, Dignitatis Humanae, n. 1.
[6] Cfr. Juan Pablo II, Tertio Millennio Adveniente, n. 35.
[7] Francisco, Evangelii gaudium, n. 279.
[8] Ibíd.
[9] Francisco, Audiencia general, 20-III-2019.




Oh Dios, que por la resurrección de tu Hijo, nuestro Señor Jesucristo, te has dignado dar la alegría al mundo, concédenos que por su Madre, la Virgen María, alcancemos el gozo de la vida eterna. Por el mismo Cristo nuestro Señor. Amén."

Acción: 

«Hoy guardaré silencio. Hablaré lo necesario»


Día 28- El encierro de tu corazón



Algunas religiosas y monjes viven en clausura, dentro de los límites de un recinto. Nadie puede entrar sin una buena razón, a menos que pertenezca a esa comunidad de fe. 

Otros solo pueden entrar con el permiso del superior. Puede ser que una religiosa esté gravemente enferma y necesite el Sacramento de la Unción de los Enfermos, o que un obrero deba entrar para realizar una reparación necesaria. 

La imagen del recinto es análoga a nuestra alma. Debemos entregarle la llave a Jesús y permitirle que la custodie. Él solo permitirá la entrada a quienes pertenecen a ella (véase Diario n.º 554).

554 -Sobre la clausura.
En los lugares delimitados de la clausura no podrá entrar nadie sin una autorización especial del ordinario y esto en casos excepcionales, es decir, la administración de los sacramentos a los enfermos, o la asistencia y la preparación para la muerte, o en ocasión de los ritos fúnebres.
Puede suceder también la absoluta necesidad de dejar entrar a la clausura a un obrero para hacer alguna reparación en el convento, pero antes debe haber un permiso especial. La puerta que conduce a la clausura debe estar siempre cerrada y de la llave dispondrá solamente la Superiora.
¿Qué permites que entre en tu alma? ¿Permites que el Señor te guarde y gobierne tus pensamientos y tu corazón? Con demasiada frecuencia, dejamos entrar muchas cosas mundanas. Abrimos de par en par la puerta a las tentaciones del pecado y la inmundicia. Entrega la llave de tu alma a nuestro Señor. Él te protegerá y te mantendrá a salvo. Recibirá con los brazos abiertos a todos aquellos con quienes desea que habites y abrirá la puerta a quienes vienen a sanar y restaurar. Pero Él protegerá diligentemente este espacio sagrado de tu alma de lo que no le pertenece, si se lo permites.

Señor, te entrego la única llave de mi alma. Te elijo como mi guardián hoy. Permíteme tener comunión libremente con aquellos a quienes has invitado a mi vida y puesto ante mí. Ayúdame a amarlos y a servirlos con todo mi corazón. Al entregarte esta llave, te agradezco que me protejas. Que pueda confiar en ti y jamás buscar lo que te desagrada y lo que no te agrada.
Jesús, confío en ti.

Día 28- Jesús Eucaristía, fuente de paz interior




Dios mío, Yo creo, espero, Te adoro y Te amo, Te pido perdón por los que no creen, ni esperan, ni te adoran, ni Te aman (Tres veces).

Señor Jesús, Tú que has vencido a la muerte, resucitando con tu propio poder, te pedimos que nos ampares en nuestros días, tan lleno de peligros, tan llenos de oscuridad.
Sé Tú el Lucero del amanecer, que despunte en nuestras almas, trayéndonos la esplendorosa luz de Dios Trino. Ven, ilumínanos, no nos desampares en este valle de lágrimas.


Jesús Eucaristía es considerado por la tradición católica como una fuente inagotable de paz interior, serenidad y sanación profunda para el alma. Ante las dificultades y el ajetreo diario, la adoración eucarística ofrece un refugio para descansar y renovar la fe.

Aquí se detallan los aspectos clave de cómo la Eucaristía trae paz:
Presencia Real y Sanadora: Estar ante Jesús Eucaristía es un regalo de quietud donde el alma aprende a escuchar, llenando los vacíos con su amor.
Paz que el mundo no da: Es una paz interior que no depende de las circunstancias externas, sino de la presencia constante de Cristo, el cual calma la mente y fortalece el corazón.
Refugio y Descanso: Muchos creyentes encuentran en la adoración la fuerza para soltar cargas, encontrar compañía y protección para el espíritu cansado.
Transformación profunda: Jesús Eucaristía invita a confiar en que todo puede ser transformado desde el amor, sanando pensamientos inquietos y proporcionando serenidad.
Vínculo de unidad: La Eucaristía, al ser fuente de paz, actúa como un vínculo que une a las personas con Dios y con los hermanos, reconciliando realidades y pacificando el corazón.

Para muchos, la adoración al Santísimo Sacramento es el momento de decirle: "Jesús Eucaristía, quédate conmigo... y llena mi vida de tu paz".


Santa Teresa de Calcuta y la Eucaristía


Santa Teresa de Calcuta consideraba la sagrada eucaristía la fuente de su fuerza para servir a los pobres, describiéndola como la misma persona de Jesús en el "Pan de Vida". Su espiritualidad se basaba en la unión entre adorar a Cristo en el sagrario y servirle en los necesitados, afirmando que la adoración eucarística es el mejor tiempo en la tierra.

Relación con la Eucaristía
Centro de su vida: La Madre Teresa comenzaba cada día con la Eucaristía, que le daba la fuerza para amar y servir.
Adoración Eucarística: Abogaba fervientemente por la adoración perpetua, pasando tiempo en presencia de Jesús para escucharle y transformar el corazón.
Identificación del amor: "Cuando miras la Sagrada Hostia, comprendes cuánto te ama Jesús ahora", solía decir.
Conexión con los pobres: Para la Santa, el "Cristo Eucarístico" era el mismo Jesús que encontraba en los pobres, enfermos y moribundos.
Su legado: En esta reflexión sobre la Eucaristía en su vida de EWTN, se detalla cómo creía que su unión con Jesús crecía con cada Misa.

Aspectos clave de su devoción
Amor apasionado: Ella enseñaba que el amor de Dios para dar a otros se recibe primero en la presencia eucarística. 
Unión con Cristo: Veía la Eucaristía como el camino a la unión mística con su Esposo Crucificado, según se destaca en esta reflexión de Infocatolica sobre su amor a Cristo.
Reverencia: Abogaba por la Adoración Eucarística y el valor del silencio ante el Señor.
Postura ante la comunión: Aunque permitía la comunión en la mano, expresaba preferencia por recibir la Sagrada Comunión en la lengua, según se menciona en este artículo de Praytell Blog.
Visión de la Adoración: En este sitio web sobre Adoración Eucarística, se destaca su papel como abogada de la adoración y cómo la veía como el mejor tiempo del día.

Su lema era claro: "La comunión es Jesús. La adoración es Jesús. La Eucaristía es Jesús


"Señor Jesús, sé luz en mi mente, paz en mi corazón y sabiduría en mis decisiones"
Amén.



Rezar la oración "Oh Sagrado Convite"
ORACIÓN AL SANTÍSIMO DE SANTO TOMÁS DE AQUINO
Oh, sagrado convite, en el cual se recibe al mismo Cristo; se renueva la memoria de su Pasión; el alma se llena de gracia; y se nos da una prenda de la gloria futura.
Les diste, Señor, el pan del cielo.
Que contiene en si deleite.
Oh Dios, que nos dejaste en tan admirable sacramento el memorial de tu pasión; concédenos te rogamos, de tal manera venerar el sagrado misterio de tu Cuerpo y Sangre, que sintamos constantemente en nosotros el fruto de tu redención. Tú que vives y reinas por los siglos de los siglos.
Amén.

Día 28- La unidad en la iglesia y el amor al prójimo




Ven Espíritu Santo. Ilumíname para que sepa decir las mejores palabras, esas que puedan hacer bien a los demás. Tómame Espíritu Santo, para que a través de mis gestos se exprese el amor de Jesús y los demás puedan crecer en la amistad que les ofreces.

Dame flexibilidad y apertura, para que me adapte con sencillez a las necesidades de los otros.
Dame un oído atento, para escuchar lo que tú me digas a través de ellos. Fecunda y reaviva los carismas que derramaste en mi vida para cumplir mi misión en el mundo.
Guíame, Espíritu Santo. No dejes que confunda el camino.

Enséñame a discernir, para que no me desgaste cuidando la apariencia o buscando fama. No dejes que ponga mi apoyo en falsas seguridades que me alejan de ti.
Toca mi interior, Espíritu Santo, para que viva de ti, para que me deje llevar por ti donde quieras, como quieras, cuando quieras. Para que mi camino me oriente siempre a ti, para que siempre esté contigo, para que sepa de verdad que sólo en ti está la fuente de la vida.
Gracias, Espíritu Santo, porque puedo participar en la construcción del Reino de Dios, y así puedo crecer en tu amor. Amén


La unidad en la iglesia y el amor al prójimo son pilares inseparables del cristianismo, fundamentados en la unión espiritual con Cristo, que trasciende divisiones y se manifiesta en actos de servicio. Según y otros recursos, este amor es el motor de la comunidad, fomentando la unidad, la caridad y la concordia, contrarrestando la división con la unidad de la fe.

Aquí se detallan los aspectos clave sobre cómo se relacionan la unidad y el amor al prójimo:
Fundamento en el Amor de Cristo: La verdadera unidad no es simple uniformidad, sino una armonía espiritual basada en el amor de Dios, el cual es el antídoto contra la contención y el egoísmo.
El Amor como Mandamiento: Amar al prójimo es el cumplimiento de la ley moral, una acción práctica que refleja la fe. Este amor implica servir activamente, perdonar y buscar la armonía dentro de la congregación.
Evidencia de Fe: La unidad en la iglesia (cuerpo de Cristo) se muestra a través del amor fraternal y la ayuda mutua, lo que demuestra que los creyentes son seguidores de Jesús.
La Unidad como Testimonio: Cuando la iglesia vive en amor y unidad, cumple el propósito de reflejar el Evangelio y el carácter de Dios, permitiendo que el mundo crea.
Superación de Divisiones: El amor al prójimo se pone por encima de las diferencias y el propio sistema religioso, priorizando a la persona y la reconciliación.

El amor al prójimo se expresa en la práctica diaria, como la cooperación y el servicio, que fortalecen el tejido comunitario. La unidad del Espíritu se mantiene mediante el vínculo de la paz

Oración al Espíritu Santo compuesta por san Josemaría en abril de 1934
¡Ven, oh Santo Espíritu!: ilumina mi entendimiento, para conocer tus mandatos: fortalece mi corazón contra las insidias del enemigo: inflama mi voluntad... He oído tu voz, y no quiero endurecerme y resistir, diciendo: después..., mañana. Nunc coepi! ¡Ahora!, no vaya a ser que el mañana me falte.

¡Oh Espíritu de verdad y de sabiduría, Espíritu de entendimiento y de consejo, Espíritu de gozo y de paz!: quiero lo que quieras, quiero porque quieres, quiero como quieras, quiero cuando quieras.

Martes 4a. Semana Pascua- Jesús obraba hace dos mil años y obra ahora


Pedir la gracia de la alegría pascual

Señor Jesús Resucitado, me regocijo en tu victoria sobre el pecado y la muerte. Al comenzar este día, te alabo y te glorifico, porque has llenado el mundo de esperanza. Ilumina mi corazón con la luz de tu Resurrección y dame la valentía para ser testigo de tu amor en mi familia, trabajo y comunidad. Que tu resurrección sea mi fuerza hoy. Amén

Evangelio
Juan 10, 22-30
Por aquellos días, se celebraba en Jerusalén la fiesta de la dedicación del templo. Era invierno. Jesús se paseaba por el templo, bajo el pórtico de Salomón. Entonces lo rodearon los judíos y le preguntaron: “¿Hasta cuándo nos vas a tener en suspenso? Si tú eres el Mesías, dínoslo claramente”.

Jesús les respondió: “Ya se lo he dicho y no me creen. Las obras que hago en nombre de mi Padre dan testimonio de mí, pero ustedes no creen, porque no son de mis ovejas. Mis ovejas escuchan mi voz; yo las conozco y ellas me siguen. Yo les doy la vida eterna y no perecerán jamás; nadie las arrebatará de mi mano. Me las ha dado mi Padre, y él es superior a todos, y nadie puede arrebatarlas de la mano del Padre. El Padre y yo somos uno”.


-- Jesús obraba hace dos mil años y obra ahora.
-- Nadie podrá separarnos del amor de Cristo.
-- Ser sus colaboradores en el mundo.


CON CIERTA frecuencia, los jefes del pueblo de Israel pedían a Jesús que les mostrara una señal definitiva de que era el Mesías: «¿Hasta cuándo nos vas a tener en vilo? Si tú eres el Cristo, dínoslo claramente» (Jn 10,24). A lo que el Señor respondió: «Os lo he dicho y no lo creéis; las obras que hago en nombre de mi Padre son las que dan testimonio de mí» (Jn 10,25). En efecto, Jesús había realizado ya muchos milagros y prodigios que los mismos jefes del pueblo habían presenciado. Y no solo eso, sino que también había expuesto su doctrina llena de esperanza y amor. Su predicación quedaba avalada por su actuación. Por eso, en otro momento dijo: «Si no hago las obras de mi Padre, no me creáis; pero si las hago, creed en las obras» (Jn 10,37-38).

Jesús obraba entonces y lo sigue haciendo ahora. Por ejemplo, lo hace y lo ha hecho de manera generosa en nuestra vida. Este es un ámbito de las acciones de Dios que necesitamos recordar frecuentemente; a veces «se pierde la memoria de las grandes cosas que el Señor ha hecho en nuestra vida, en su Iglesia, en su pueblo, y nos acostumbramos a ir nosotros con nuestras fuerzas, con nuestra autosuficiencia (...). Moisés advierte al pueblo a que, una vez llegue a la tierra que no ha conquistado, se acuerde de todo el camino que el Señor le ha hecho hacer»[1].

A veces, como aquellos jefes del pueblo de Israel, podemos tener la tentación de pedir a Jesús pruebas de su divinidad, cuando las podemos encontrar en nuestra propia vida. Como le gustaba recordar a san Josemaría, el poder de Dios no ha disminuido (cfr. Is 59,1), sigue realizando en nosotros los mismos prodigios que realizó hace más de dos mil años. Podremos recordar tantos momentos en los que Jesús ha estado presente cuidándonos o dándonos una luz inesperada para nuestro camino. Esas realidades –lo bueno que realizamos o que nos sucede– nos llenarán de alegría y serán siempre expresión de la cercanía de Cristo Resucitado en nuestra vida. «Nos vendrá bien repetir continuamente el consejo de Pablo a Timoteo, su amado discípulo: “Acuérdate de Jesucristo resucitado de entre los muertos” (2Tim 2,8). Acuérdate de Jesús; me acompañó hasta ahora y me acompañará hasta el momento en el que deba comparecer ante él glorioso»[2].

LAS OVEJAS de Cristo saben reconocer su voz y su actuación. Al confiar en él podemos tener la seguridad de su protección. «Yo les doy vida eterna –dice Jesús–; no perecerán jamás y nadie las arrebatará de mi mano. Mi Padre, que me las dio, es mayor que todos; y nadie puede arrebatarlas de la mano del Padre. Yo y el Padre somos uno» (Jn 10,28-30).

Queremos estar siempre en aquellas manos del pastor. Sin embargo, no faltarán ocasiones en nuestra vida en las que pareciera que nos alejamos de su cobijo. Pueden ser momentos de gracia porque el Señor nos dará la fuerza para permanecer agarrados a él; nos descubrirá con mayor profundidad cómo es y cómo actúa. Podremos decir con san Pablo: «Estoy convencido de que ni la muerte, ni la vida, ni los ángeles, ni los principados, ni las cosas presentes, ni las futuras, ni las potestades, ni la altura, ni la profundidad, ni cualquier otra criatura podrá separarnos del amor de Dios, que está en Cristo Jesús, Señor nuestro» (Rm 8,38-39). Aquellas palabras de Jesús en las que nos asegura estar siempre en sus manos «nos comunican un sentido de absoluta seguridad y de inmensa ternura. Nuestra vida está totalmente segura en las manos de Jesús y del Padre, que son una sola cosa: un único amor, una única misericordia, reveladas de una vez y para siempre en el sacrificio de la cruz»[3].

Convencidos de estar en las manos de Dios, el modo en que encaramos nuestras actividades cotidianas cambia. De manera especial nos llenaremos de una mayor serenidad: ante nuestros defectos, ante los defectos de los demás, ante el pasado, el presente y el futuro. San Josemaría consideraba que los cristianos viven «amando a Dios y sabiendo aceptar las contrariedades como bendición venida de su mano»[4].

EN LA LECTURA del libro de los Hechos de los Apóstoles que nos propone la liturgia de hoy, se narra la llegada de los cristianos a la ciudad de Antioquía. Habían llegado ahí en una situación de contradicción, porque la persecución que se desató después de la muerte de san Esteban los hizo abandonar el lugar donde se encontraban. Sin embargo, no se desaniman, sino que hablan con espontaneidad sobre Jesús y su Evangelio a la gente que los rodea. Narra la Escritura que «la mano del Señor estaba con ellos y un gran número creyó y se convirtió al Señor» (Hch 11,21).

Las manos de Dios no solo nos protegen, sino que también nos impulsan a trabajar por él en el mundo. Todos podemos hacer algo por el Señor, por difundir su calor en nuestro ambiente, llevando ese amor que nos llena. ¡Cuánto entusiasmo nos da el sabernos colaboradores de Dios en el mundo! Se cuenta que durante uno de los bombardeos de la Segunda Guerra Mundial, el Cristo de una iglesia alemana perdió los brazos; cuando se plantearon la restauración de la imagen, prefirieron dejar al Cristo sin esas extremidades y, en cambio, escribir una frase en el travesaño de la Cruz que recuerda a quien la lee que los brazos de Jesús en la tierra somos los cristianos. «El Señor nos ha regalado la vida, los sentidos, las potencias, gracias sin cuento: y no tenemos derecho a olvidar que somos un obrero, entre tantos, en esta hacienda, en la que Él nos ha colocado para colaborar en la tarea de llevar el alimento a los demás»[5].

El pasaje de los Hechos de los Apóstoles termina con la llegada de san Bernabé y san Pablo a Antioquía, para reafirmar en la fe a los que se habían convertido. En esa ciudad, la difusión del Evangelio crecía con fuerza. Y fue ahí mismo donde los discípulos fueron llamados por primera vez “cristianos” (cfr. Hch 11,26). Da la impresión de que ese nombre surgió fuera de la comunidad cristiana, pero que en cualquier caso fue bien recibido por nuestros primeros hermanos en la fe. ¡Con cuánto orgullo lo llevarían! Al decir que somos cristianos expresamos nuestra pertenencia al Señor y el deseo de identificarnos con él. Recordar que somos cristianos, y recordar las obras de Dios en nosotros, nos ayudará a avivar la conciencia de estar en las manos de Jesús y de ser colaboradores suyos en el mundo.

[1] Francisco, Homilía, 7-III-2019.
[2] Ibíd.
[3] Francisco, Regina Coeli, 17-IV-2016.
[4] San Josemaría, Surco, n. 250.
[5] San Josemaría, Amigos de Dios, n. 49.




Oh Dios, que por la resurrección de tu Hijo, nuestro Señor Jesucristo, te has dignado dar la alegría al mundo, concédenos que por su Madre, la Virgen María, alcancemos el gozo de la vida eterna. Por el mismo Cristo nuestro Señor. Amén."

Acción: 

«Leeré durante todo el tiempo de pascua el libro de San Juan Pablo II: «cruzando el umbral de la esperanza»