Mostrando las entradas con la etiqueta Pascua. Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas con la etiqueta Pascua. Mostrar todas las entradas

Domingo de Pentecostés

Secuencia de Pentecostés
Ven Espíritu Divino,
manda tu luz desde el cielo,
Padre amoroso del pobre;
don en tus dones espléndido;
luz que penetra las almas;
fuente del mayor consuelo.

Ven, dulce huésped del alma,
descanso de nuestro esfuerzo,
tregua en el duro trabajo,
brisa en las horas de fuego,
gozo que enjuga las lágrimas
y reconforta en los duelos.

Entra hasta el fondo del alma,
divina luz y enriquécenos.
Mira el vacío del hombre
si Tú le faltas por dentro;
mira el poder del pecado
cuando no envías tu aliento.

Riega la tierra en sequía,
sana el corazón enfermo,
lava las manchas, infunde
calor de vida en el hielo,
doma el espíritu indómito,
guía al que tuerce el sendero.

Reparte tus Siete Dones
según la fe de tus siervos.
Por tu bondad y tu gracia
dale al esfuerzo su mérito;
salva al que busca salvarse
y danos tu gozo eterno.


Evangelio Juan 7,37-39
El último día de la fiesta, que era el más solemne, exclamó Jesús en voz alta: “El que tenga sed, que venga a mí; y beba, aquel que cree en mí. Como dice la Escritura: Del corazón del que cree en mí brotarán ríos de agua viva”.
Al decir esto, se refería al Espíritu Santo que habían de recibir los que creyeran en él, pues aún no había venido el Espíritu, porque Jesús no había sido glorificado.

Comentario al Evangelio
Ha llegado Pentecostés: la fiesta por excelencia del Espíritu Santo. Hoy, la Tercera Persona de la Santísima Trinidad, la Persona Divina que lleva a cabo su tarea santificadora de manera silenciosa y discreta, irrumpe con toda la fuerza de su poder para recordarnos que es Él el que hace la Iglesia.

La escena que nos presenta el evangelio de san Juan no deja de ser paradójica. Nos encontramos en el anochecer del Domingo de Resurrección. Por las narraciones de los cuatro evangelistas, sabemos que aquel día fue frenético: idas y venidas desde el sepulcro, personas que aseguran haber visto al Señor, los de Emaús que van desolados y vuelven jubilosos, llantos, abrazos, estupor. Y, sobre todo, alegría, mucha alegría. Los testimonios —La Magdalena, Pedro, Cleofás— son suficientes para que los discípulos incrédulos al menos duden de su incredulidad.

Y, sin embargo, a esas personas las encontramos ahora encerradas por miedo.

La historia de la humanidad ha cambiado para siempre: Cristo ha resucitado. No obstante, el cambio que se había de operar en los apóstoles estaba por hacerse: todavía conservaban los rezagos de ese temor que los hizo abandonarlo en el Calvario. Tiemblan ante la idea de correr la misma suerte.

Así, mientras en los corazones de los que ama se entremezclan esos sentimientos, Jesús Resucitado se aparece en medio de ellos.

Para nuestra vida cristiana, es muy importante que nos fijemos con atención en los gestos del Señor. En particular, esta escena es clave para comprender cómo responde Dios frente a nuestros miedos, que muchas veces son el obstáculo que nos impide corresponder a su gracia.

Jesús hace cuatro cosas: les da la paz, les pide que levanten la mirada para que contemplen sus llagas, les da la misión, y con ella, la posibilidad de perdonar los pecados.

Es maravilloso ver cómo el Señor responde frente al temor: con una vocación. La llamada de Dios, que incluye siempre el sentido de misión, es en sí misma la respuesta a nuestras propias debilidades y cobardías.

Jesús no espera que sus apóstoles se conviertan en hombres valientes para después enviarlos. Los envía justamente cuando están asustados: porque su paz y su fuerza no vendrán de las cualidades humanas o de las circunstancias favorables. Vendrán del Espíritu Santo que reciben en ese momento.

La Iglesia se hizo, se hace y se hará por la acción del Paráclito. Nuestra tarea no es otra que dejarnos guiar por Él. Por eso no caben ni las inhibiciones ni la vanagloria.

A partir de entonces, la vida de los apóstoles se resumirá en proclamar por todos los sitios que Jesús es el Señor. Pero como dice san Pablo en la segunda lectura, para poder afirmar eso necesitamos al Espíritu Santo (1 Corintios 12, 3). No podemos dar un solo paso en la vida espiritual, ni siquiera el más sencillo, sin la asistencia de la Tercera Persona de la Santísima Trinidad. Por eso decimos en la secuencia previa a la proclamación del Evangelio en la Misa de hoy: Mira el vacío del hombre, si Tú le faltas por dentro.

Esta Solemnidad es una ocasión estupenda para pedir con fe una renovación de nuestra vida espiritual y para interceder por los cristianos del mundo entero. Al convocar el Concilio Vaticano II, Juan XXIII pedía oraciones para lo que él llamó “un nuevo Pentecostés” en la Iglesia. Esa expresión, nuevo Pentecostés, podría servirnos como un anhelo que diariamente marque el paso de nuestro trato con el Espíritu Santo.

Para eso, podemos acudir a María, protagonista indispensable de lo que celebramos hoy, para que de Ella aprendamos a decir hágase a cada moción del Espíritu Santo. La Virgen también se turbó frente a la presencia y el anuncio del Ángel (cfr. Lucas 1, 29). Sin embargo, no fundamentó su respuesta en la inquietud que sentía: la fundamentó en la seguridad de que era Dios quien la llamaba.

Así se hace la Iglesia, así se han portado los santos, y así espera el Espíritu Santo que vivamos nosotros. Solos no podemos, pero con Él sí.


Oh Dios, que por la resurrección de tu Hijo, nuestro Señor Jesucristo, te has dignado dar la alegría al mundo, concédenos que por su Madre, la Virgen María, alcancemos el gozo de la vida eterna. Por el mismo Cristo nuestro Señor. Amén."


Acción:

«Hoy durante el día repetiré: “ven Espíritu Santo a mi vida”




Sábado 7a semana Pascua- El amor de Dios renueva, perdona y da fuerza

Pedir la gracia de la alegría pascual
Señor Jesús Resucitado, me regocijo en tu victoria sobre el pecado y la muerte. Al comenzar este día, te alabo y te glorifico, porque has llenado el mundo de esperanza. Ilumina mi corazón con la luz de tu Resurrección y dame la valentía para ser testigo de tu amor en mi familia, trabajo y comunidad. Que tu resurrección sea mi fuerza hoy. Amén

Juan 21, 20-25
En aquel tiempo, Jesús dijo a Pedro: "Sígueme". Pedro, volviendo la cara, vio que iba detrás de ellos el discípulo a quien Jesús amaba, el mismo que en la cena se había reclinado sobre su pecho y le había preguntado: 'Señor, ¿quién es el que te va a traicionar?' Al verlo, Pedro le dijo a Jesús: "Señor, ¿qué va a pasar con éste?" Jesús le respondió: "Si yo quiero que éste permanezca vivo hasta que yo vuelva, ¿a ti qué? Tú, sígueme".
Por eso comenzó a correr entre los hermanos el rumor de que ese discípulo no habría de morir. Pero Jesús no dijo que no moriría, sino: 'Si yo quiero que permanezca vivo hasta que yo vuelva, ¿a ti qué?'
Éste es el discípulo que atestigua estas cosas y las ha puesto por escrito, y estamos ciertos de que su testimonio es verdadero. Muchas otras cosas hizo Jesús y creo que, si se relataran una por una, no cabrían en todo el mundo los libros que se escribieran.

- El Espíritu Santo nos hace presente el amor de Dios.
- El amor de Dios renueva, perdona y da fuerza.
- Dar y recibir el amor de Dios.


«HAY, ADEMÁS, otras muchas cosas que hizo Jesús y que, si se escribieran una por una, pienso que ni aun el mundo podría contener los libros que se tendrían que escribir» (Jn 21,25). El amor de Dios no cabe en un libro, ni en una fórmula, ni hay palabras para explicarlo; es inefable, no podemos aferrarlo ni encerrarlo en nuestros esquemas. El amor es uno de los frutos del Espíritu Santo y precisamente a él podemos pedirle, en la víspera de su fiesta, que nos hable de ese amor. El será quien nos recuerde, día tras día, que «la obra de Cristo es obra de amor: amor de él que se ha entregado y amor del Padre que lo ha dado»[1]. Amor es un término tan utilizado que nos puede dar la impresión de que a veces ha perdido su fuerza. Sin embargo, el Paráclito sabrá hacer vibrar nuestra alma con el único amor que no conoce traición ni cansancio.

Escribe san Clemente Romano, a finales del siglo primero: «¿Quién será capaz de explicar debidamente el vínculo que el amor divino establece? ¿Quién podrá dar cuenta de la grandeza de su hermosura? El amor nos eleva hasta unas alturas inefables. El amor nos une a Dios, el amor cubre la multitud de los pecados, el amor lo aguanta todo, lo soporta todo con paciencia; nada sórdido ni altanero hay en él; el amor no admite divisiones, no promueve discordias, sino que lo hace todo en la concordia (...). Por su amor hacia nosotros, nuestro Señor Jesucristo, cumpliendo la voluntad del Padre, dio su sangre por nosotros, su carne por nuestra carne, su vida por nuestras vidas. Ya veis, amados hermanos, cuán grande y admirable es el amor y cómo es inenarrable su perfección. Nadie es capaz de practicarlo adecuadamente, si Dios no le otorga este don»[2].

Cuántas veces hemos buscado sucedáneos o hemos pensado que no necesitábamos ese cariño. Cuántas veces, como el hijo pródigo y su hermano, hemos soñado una felicidad lejos de nuestro padre y de nuestro hogar. Conscientes de nuestra fragilidad, podemos acudir al Paráclito para que nos haga pregustar y disfrutar el amor que Dios quiere regalarnos. «El Espíritu todo lo escudriña, incluso las profundidades de Dios» (1 Cor 2,10). ¿Cuáles son esas profundidades que nuestro corazón está llamado a gozar? «Como el Padre me amó, así os he amado yo. Permaneced en mi amor» (Jn 15,9), dijo Jesús. No queremos salir de ese lugar.

«EN ESTO consiste el amor: no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que él nos amó y envió a su Hijo como víctima propiciatoria por nuestros pecados» (1 Jn 4,10). Podemos, «antes que nada, pensar en lo que Dios ha hecho y hace por mí, no pretender basar la seguridad en lo que yo he hecho y hago por Dios, porque siempre será poco (lo mío). Lo que haga, en realidad, será –eso mismo– don de Dios»[3]. Podemos caer instintivamente en la tentación de pensar y vivir esa relación como si necesitáramos muy poco de él. Pero el amor de Dios tiene una dinámica muy diferente. «Del Señor procede todo lo bueno y, sin él, no sólo un poco, sino absolutamente nada puedes tú comenzar y perfeccionar»[4]. Por eso, en este aspecto, es todavía más importante la guía de un maestro que nos aconseje. San Josemaría tenía bien claro que quería contar con el Espíritu Santo: «Siento el amor dentro de mí: y quiero tratarle, ser su amigo, su confidente..., facilitarle el trabajo de pulir, de arrancar, de encender... No sabré hacerlo, sin embargo: él me dará fuerzas, él lo hará todo, si yo quiero... ¡que sí quiero! Divino Huésped, Maestro, Luz, Guía, Amor: que sepa el pobre borrico agasajarte, y escuchar tus lecciones, y encenderse, y seguirte y amarte. Propósito: frecuentar, a ser posible sin interrupción, la amistad y trato amoroso y dócil del Espíritu Santo. Veni Sancte Spiritus!»[5].

Podemos hacer este mismo propósito y dejarle fortalecer nuestros corazones. Un lugar privilegiado para disponernos a su acción es el sacramento de la Confesión: «El Maligno nos hace mirar nuestra fragilidad con un juicio negativo, mientras que el Espíritu la saca a la luz con ternura. La ternura es el mejor modo para tocar lo que es frágil en nosotros (...). Por esa razón es importante encontrarnos con la Misericordia de Dios, especialmente en el sacramento de la Reconciliación, teniendo una experiencia de verdad y ternura. Paradójicamente, incluso el Maligno puede decirnos la verdad, pero, si lo hace, es para condenarnos. Sabemos, sin embargo, que la Verdad que viene de Dios no nos condena, sino que nos acoge, nos abraza, nos sostiene, nos perdona»[6].

PUEDE SER que muchas veces, en nuestra relación con Dios, nos centremos más en lo que nosotros damos que en lo que recibimos, también de manera inconsciente. Y esa perspectiva nos limita porque, sin querer, nos sitúa enfrente de Dios, no a su lado. Es importante procurar purificar, cada vez más, la imagen de Dios que tenemos en nuestro interior. «Si tenemos en mente a un Dios que arrebata, que se impone, también nosotros quisiéramos arrebatar e imponernos: ocupando espacios, reclamando relevancia, buscando poder. Pero si tenemos en el corazón a un Dios que es don, todo cambia (...). El Espíritu, memoria viviente de la Iglesia, nos recuerda que nacimos de un don y que crecemos dándonos; no preservándonos, sino entregándonos sin reservas»[7].

También nos puede pasar que otras veces nos centremos en lo que recibimos, pero exigiéndolo. «Examinemos nuestro corazón y preguntémonos qué es lo que nos impide darnos. Decimos que tres son los principales enemigos del don, siempre agazapados en la puerta del corazón: el narcisismo, el victimismo y el pesimismo. El narcisismo lleva a la idolatría de sí mismo y a buscar solo el propio beneficio (...). El victimista está siempre quejándose de los demás: “Nadie me entiende, nadie me ayuda, nadie me ama, ¡están todos contra mí!”. ¡Cuántas veces hemos escuchado estas lamentaciones! (...). Por último, está el pesimismo. Aquí la letanía diaria es: “Todo está mal, la sociedad, la política, la Iglesia...”. El pesimista arremete contra el mundo entero, pero permanece apático y piensa: “Mientras tanto, ¿de qué sirve darse? Es inútil”»[8].

A María le pedimos que nos enseñe a recibir el cariño divino como ella lo hizo, uniéndonos a unas palabras de san Josemaría: «Tus caídas involuntarias –caídas de niño– hacen que tu Padre-Dios tenga más cuidado y que tu Madre María no te suelte de su mano amorosa: aprovéchate, y, al cogerte el Señor a diario del suelo, abrázale con todas tus fuerzas y pon tu cabeza miserable sobre su pecho abierto, para que acaben de enloquecerte los latidos de su Corazón amabilísimo»[9].

[1] Benedicto XVI, Homilía, 4-VI-2006.
[2] San Clemente Romano, Carta a los Corintios, capítulos XLIX-L.
[3] Mons. Fernando Ocáriz, A la luz del Evangelio, p. 40.
[4] San Bernardo, In festivitate Pentecostes sermo, 2,6.
[5] San Josemaría, Apuntes íntimos, n. 864.
[6] Francisco, Patris corde, n. 2.
[7] Francisco, Homilía, 31-V-2020.
[8] Ibíd.
[9] San Josemaría, Camino, n. 884..


Oh Dios, que por la resurrección de tu Hijo, nuestro Señor Jesucristo, te has dignado dar la alegría al mundo, concédenos que por su Madre, la Virgen María, alcancemos el gozo de la vida eterna. Por el mismo Cristo nuestro Señor. Amén."


Acción:

«Hoy durante el día repetiré: “ven Espíritu Santo a mi vida”


Viernes 7a semana Pascua- Los mansos heredarán la tierra

Pedir la gracia de la alegría pascual
Señor Jesús Resucitado, me regocijo en tu victoria sobre el pecado y la muerte. Al comenzar este día, te alabo y te glorifico, porque has llenado el mundo de esperanza. Ilumina mi corazón con la luz de tu Resurrección y dame la valentía para ser testigo de tu amor en mi familia, trabajo y comunidad. Que tu resurrección sea mi fuerza hoy. Amén

Juan 21, 15-19
En aquel tiempo, le preguntó Jesús a Simón Pedro: "Simón, hijo de Juan, ¿me amas más que éstos?" Él le contestó: "Sí, Señor, tú sabes que te quiero". Jesús le dijo: "Apacienta mis corderos".
Por segunda vez le preguntó: "Simón, hijo de Juan, ¿me amas?" Él le respondió: "Sí, Señor, tú sabes que te quiero". Jesús le dijo: "Pastorea mis ovejas".
Por tercera vez le preguntó: "Simón, hijo de Juan, ¿me quieres?" Pedro se entristeció de que Jesús le hubiera preguntado por tercera vez si lo quería, y le contestó: "Señor, tú lo sabes todo; tú bien sabes que te quiero". Jesús le dijo: "Apacienta mis ovejas.
Yo te aseguro: cuando eras joven, tú mismo te ceñías la ropa e ibas a donde querías; pero cuando seas viejo, extenderás los brazos y otro te ceñirá y te llevará a donde no quieras". Esto se lo dijo para indicarle con qué género de muerte habría de glorificar a Dios. Después le dijo: "Sígueme''.

- La mansedumbre es un fruto del Espíritu Santo.
- El yugo de Dios es suave.
- Los mansos heredarán la tierra
.

SAN PABLO enumera entre los frutos del Espíritu Santo la mansedumbre (cfr. Gal 5,23). Y santo Tomás de Aquino señala que «es propio de la mansedumbre apaciguar la pasión de la ira»[1]. Quizá con frecuencia nos preguntamos por qué hay situaciones o personas que logran enfadarnos. A veces nos vemos sorprendidos por un sentimiento de ira o la sentimos fraguarse en nuestro corazón. Está claro que la ira puede estar presente en nuestra vida y que amenaza eficazmente nuestra paz y la de quienes tenemos cerca.

Uno de sus efectos es que «impide, a causa de su impulso, el que el ánimo del hombre juzgue libremente la verdad»[2]. Por lo tanto, un primer paso para vencerla puede ser conocernos lo mejor posible: saber cómo son nuestros enfados, cómo llegan y cómo se van. Ese conocimiento, junto con la gracia que pedimos a Jesús, que es «manso y humilde de corazón», son las bases firmes para afrontar esta batalla por lograr la paz interior. Nuestros comportamientos no surgen espontáneamente, sino que han sido gestados en nuestro corazón, a veces de manera inconsciente. Hay un obstáculo que muchas veces no detectamos y son los juicios que hacemos sobre nosotros mismos o sobre los demás, especialmente aquellos que son más críticos o negativos.

Por un lado, juzgar a los demás no es nuestra misión; no queremos hacernos como dioses en esa tarea, así que preferimos mirarlos como hijos de un mismo Padre y proyectarlos hacia la felicidad del cielo. Por otro lado, la crítica desesperanzada a nosotros mismos fácilmente puede convertirse en el caldo de cultivo de la ira. Si me siento juzgado, si siento frustración por mis aparentes resultados, es fácil que esos sentimientos influyan en la gestión de las circunstancias de cada día. Por eso, los enfados pueden servir para diagnosticar un corazón que necesita sosiego y paz interior. Al Espíritu Santo le pedimos que nos ayude a conocer bien los resortes más escondidos que impulsan nuestras acciones.

SAN PEDRO, en el evangelio de la Misa de hoy, recibe una ayuda incalculable de su Maestro. Jesús quiere sanar el corazón de Pedro, quiere recordarle que no guarda ningún rencor y que su traición no va a ser obstáculo para la misión que quiere confiarle. Por tres veces, para reparar la triple negación, le pregunta si le ama. Lo hace con delicadeza y con gradualidad. A cada pregunta le confirma la confianza absoluta en sus intenciones. Cuenta con Pedro, tal como es, para ayudar a sus hermanos. En él podemos encontrar, de alguna manera, la misión que nos ha regalado Dios a cada uno: «Llevad mi yugo sobre vosotros y aprended de mí que soy manso y humilde de corazón, y encontraréis descanso para vuestras almas: porque mi yugo es suave y mi carga es ligera» (Mt 11,29-30).

Podemos preguntarnos: «¿En qué consiste este “yugo”, que en lugar de pesar aligera, y en lugar de aplastar alivia?»[3]. Ciertamente, Pedro se entristece al oír, repetida tres veces, la pregunta sobre el amor que tenía a Jesús, ya que le hace recordar su traición. Pero con el tiempo, y con la ayuda del Espíritu Santo, esa conversación se convirtió en estímulo para su serenidad. La luz de la mirada de Jesús terminó convenciéndole de que le perdonaba de corazón; además, no le reprochó por cómo había actuado, a pesar de haber sido avisado con anterioridad. La confianza de Cristo en Pedro no había disminuido sino que aumentaba, era un dulce yugo que aligeraba su misión.

El apóstol, entonces, a pesar de la tristeza causada por el amargo recuerdo, descansó al fin. Las aguas turbulentas de su alma se calmaron con las palabras y con la mirada de Jesús. Dejó de juzgarse como había hecho hasta ese instante. Jesús deseaba que él disfrutara también de la carga ligera. Cuando nos dejamos querer por Dios descubrimos que «el yugo es la libertad, el yugo es el amor, el yugo es la unidad, el yugo es la vida, que él nos ganó en la cruz»[4]. Junto a esa verdad de su traición, san Pedro descubría todo el cariño, la comprensión y la confianza de Cristo depositada en él: era su verdad definitiva.

JESÚS HABÍA prometido que los mansos heredarían la tierra (cfr. Mt 5,5) y ahora le mostraba a Pedro cómo acceder a ese tesoro. La posesión de la tierra es el paraíso prometido, el descanso eterno, la bienaventuranza plena y completa, el cielo. Allí nadie se sentirá juzgado, porque contemplará entusiasmado la complacencia divina. Ese descanso no es el merecido por el duro trabajo de quien ha sido fiel; eso sería mucho, pero el cielo es infinitamente más grande. «¿Os imagináis qué será llegar allí, y encontrarnos con Dios, y ver aquella hermosura, aquel amor que se vuelca en nuestros corazones, que sacia sin saciar?»[5].

Un conocido consejo de san Josemaría podemos aplicarlo a los momentos en los que perdemos la paz al mirar nuestras debilidades: «Serenidad. ¿Por qué has de enfadarte, si, enfadándote, ofendes a Dios, molestas al prójimo, pasas tú mismo un mal rato, y no arreglas las cosas..., y te has de desenfadar, al fin?»[6]. Además, cuando no dejamos a Dios que nos perdone, terminamos molestando al prójimo: en eso consiste la ira. Podemos rogar al Paráclito su auxilio: «Espíritu Santo, viento impetuoso de Dios, sopla sobre nosotros. Sopla en nuestros corazones y haznos respirar la ternura del Padre. Sopla sobre la Iglesia y empújala hasta los confines lejanos para que, llevada por ti, no lleve nada más que a ti. Sopla sobre el mundo el calor suave de la paz y la brisa que restaura la esperanza. Ven, Espíritu Santo, cámbianos por dentro y renueva la faz de la tierra»[7].

Pedro cumplió lo que Jesús le volvió a pedir después de esta conversación: «Sígueme» (Jn 21,19). A nuestra Madre, esposa del Espíritu Santo, le pedimos que nos ayude a disfrutar de la mansedumbre y que nos empuje a sembrar paz y alegría hasta el último rincón de la tierra.

[1] Santo Tomás de Aquino, Suma teológica, II-II, q.157, a.1. «mansuetudo proprie respicit ipsum vindictae appetitum [iram]».
[2] Ibíd., a.4, co.: «Nam ira, quam mitigat mansuetudo, propter suum impetum maxime impedit animum hominis ne libere iudicet veritatem».
[3] Benedicto XVI, Ángelus, 3-VII-2011.
[4] San Josemaría, Amigos de Dios, n. 31.
[5] San Josemaría, Hoja informativa sobre el proceso de beatificación del Siervo de Dios, n. 1, p. 5.
[6] San Josemaría, Apuntes íntimos, n. 881.
[7] Francisco, Homilía, 20-V-2018.


Oh Dios, que por la resurrección de tu Hijo, nuestro Señor Jesucristo, te has dignado dar la alegría al mundo, concédenos que por su Madre, la Virgen María, alcancemos el gozo de la vida eterna. Por el mismo Cristo nuestro Señor. Amén."


Acción:

«Hoy llevaré un mensaje de esperanza a mis hermanos»


Jueves 7a semana Pascua- El Espíritu Santo siempre nos renueva

Pedir la gracia de la alegría pascual
Señor Jesús Resucitado, me regocijo en tu victoria sobre el pecado y la muerte. Al comenzar este día, te alabo y te glorifico, porque has llenado el mundo de esperanza. Ilumina mi corazón con la luz de tu Resurrección y dame la valentía para ser testigo de tu amor en mi familia, trabajo y comunidad. Que tu resurrección sea mi fuerza hoy. Amén

Juan 17, 20-26
En aquel tiempo, Jesús levantó los ojos al cielo y dijo: "Padre, no sólo te pido por mis discípulos, sino también por los que van a creer en mí por la palabra de ellos, para que todos sean uno, como tú, Padre, en mí y yo en ti somos uno, a fin de que sean uno en nosotros y el mundo crea que tú me has enviado.
Yo les he dado la gloria que tú me diste, para que sean uno, como nosotros somos uno. Yo en ellos y tú en mí, para que su unidad sea perfecta y así el mundo conozca que tú me has enviado y que los amas, como me amas a mí.
Padre, quiero que donde yo esté, estén también conmigo los que me has dado, para que contemplen mi gloria, la que me diste, porque me has amado desde antes de la creación del mundo.
Padre justo, el mundo no te ha conocido; pero yo sí te conozco y éstos han conocido que tú me enviaste. Yo les he dado a conocer tu nombre y se lo seguiré dando a conocer, para que el amor con que me amas esté en ellos y yo también en ellos''.

- La grandeza del don de Dios.
- El Espíritu Santo siempre nos renueva.
- La longanimidad nos saca del miedo.


JESÚS, ANTES de subir a la cruz por amor a cada hombre y cada mujer, quiere elevarnos hasta la altura de su amor. El Señor quiere, de alguna manera, ponernos a su mismo nivel, regalarnos todo lo que tiene, todo lo que ha recibido. Por eso nos ofrece su intimidad con Dios Padre. «Yo les he dado la gloria que Tú me diste» (Jn 17,22), leemos en el evangelio de la Misa de hoy. Jesús quiere que el Padre nos mire con el mismo orgullo con que le mira a él. Y para heredar todo este patrimonio es importante comprender, ante todo, «que Dios es don, que no actúa tomando, sino dando. ¿Por qué es importante? Porque nuestra forma de ser creyentes depende de cómo entendemos a Dios (...). Si tenemos en el corazón a un Dios que es don, todo cambia. Si nos damos cuenta de que lo que somos es un don suyo, gratuito e inmerecido, entonces también a nosotros nos gustaría hacer de la misma vida un don»[1].

Jesús nos regala el Espíritu Santo, el dador de todos los dones, el amor que hay entre Dios Padre y él. Y con él nos da uno de sus frutos: la longanimidad, que es grandeza de ánimo ante las dificultades. «De que tú y yo nos portemos como Dios quiere –no lo olvides– dependen muchas cosas grandes»[2], decía san Josemaría. Hemos sido llamados a recibir un amor infinito, pero muchas veces nuestra capacidad no se corresponde con las ansias de dilatarse que han sido regaladas a nuestro corazón. Es posible que, con frecuencia, nos concentremos demasiado en nuestras debilidades y pecados. Sin embargo, el Espíritu Santo siempre nos empuja a mirar hacia arriba, a contemplar el horizonte, a levantarnos con más fuerza. No son nuestras obras solas las que conquistan la santidad, ni siquiera son lo más importante: es Dios quien hace que nuestra entrega, esa pequeña semilla de mostaza, se multiplique y sirva para dar sombra a tantos.

«CUANDO LA VIDA de nuestras comunidades atraviesa períodos de “flojedad”, donde se prefiere la tranquilidad doméstica a la novedad de Dios, es una mala señal. Quiere decir que se busca resguardarse del viento del Espíritu. Cuando se vive para la autoconservación y no se va a los lejanos, no es un buen signo. El Espíritu sopla, pero nosotros arriamos las velas. Sin embargo, tantas veces hemos visto obrar maravillas. A menudo, precisamente en los períodos más oscuros, el Espíritu ha suscitado la santidad más luminosa. Porque él es el alma de la Iglesia, siempre la reanima de esperanza, la colma de alegría, la fecunda de novedad, le da brotes de vida. Como cuando, en una familia, nace un niño: trastorna los horarios, hace perder el sueño, pero lleva una alegría que renueva la vida, la impulsa hacia adelante, dilatándola en el amor. De este modo, el Espíritu trae un “sabor de infancia” a la Iglesia. Obra un continuo renacer. Reaviva el amor de los comienzos. El Espíritu recuerda a la Iglesia que, a pesar de sus siglos de historia, es siempre una veinteañera, la esposa joven de la que el Señor está apasionadamente enamorado. No nos cansemos por tanto de invitar al Espíritu a nuestros ambientes, de invocarlo antes de nuestras actividades: “Ven, Espíritu Santo”»[3].

La Iglesia camina hacia Pentecostés con la esperanza de alcanzar este don. Quiere llenarse de longanimidad: «No mires nuestros pecados sino la fe de tu Iglesia y conforme a tu palabra...»[4], decimos en la Santa Misa. No queremos distraernos con una visión de corto alcance. Queremos fijar la mirada en lo definitivo, en lo que no pasa, en el amor de Dios por cada uno. San Josemaría nos animaba siempre a tener la mirada puesta en el horizonte: «No contempléis nada sólo con ojos humanos, hijas e hijos míos. No miréis con la nariz pegada al muro, porque entonces no veríais más que un poco de pared, algo de suelo y la punta de vuestros zapatos, que ni siquiera estarán limpios porque se habrán manchado con el polvo del camino. Alzad la cabeza, veréis el cielo, azul o nublado, pero esperando vuestro vuelo. Los obstáculos de la sensualidad, de la soberbia, de la vanidad; en una palabra, de la idiotez humana, no son tan altos que puedan, si nosotros no queremos, cegarnos por completo la vista»[5].

«LES HE DADO a conocer tu nombre y lo daré a conocer, para que el amor con que Tú me amaste esté en ellos y yo en ellos» (Jn 17,26), continúa diciendo Jesús en el evangelio de hoy. En algunos momentos llama la atención cómo los apóstoles, elegidos por Cristo desde toda la eternidad, a veces no eran demasiado conscientes de lo que sucedía a su alrededor. Pero, en realidad, así somos también nosotros tantas veces, que nos distraemos en lo más inmediato: «Muchas veces nuestra vida está planteada según la lógica del tener, del poseer, y no del darse. Muchas personas creen en Dios y admiran la figura de Jesucristo, pero cuando se les pide que pierdan algo de sí mismas, se echan atrás, tienen miedo de las exigencias de la fe. Existe el temor de tener que renunciar a algo bello, a lo que uno está apegado; el temor de que seguir a Cristo nos prive de la libertad, de ciertas experiencias, de una parte de nosotros mismos (...). Debemos saber reconocer que perder algo, más aún, perderse a sí mismos por el Dios verdadero, el Dios del amor y de la vida, en realidad es ganar, volverse a encontrar más plenamente. Quien se encomienda a Jesús experimenta ya en esta vida la paz y la alegría del corazón, que el mundo no puede dar, ni tampoco puede quitar una vez que Dios nos las ha dado. Por lo tanto, vale la pena dejarse tocar por el fuego del Espíritu Santo»[6].

Lo contrario a la longanimidad es el miedo, el apocamiento, las ganas de asegurar todo, de no arriesgar nada. Dejarse vencer por el miedo es lo más fácil pero también intuimos a dónde conduce ese camino. El Espíritu libera nuestros corazones encerrados en el miedo. Transforma nuestra vida, pero lo hace a su estilo: «El cambio del Espíritu es diferente: no revoluciona la vida a nuestro alrededor, pero cambia nuestro corazón; no nos libera de repente de los problemas, pero nos hace libres por dentro para afrontarlos; no nos da todo inmediatamente, sino que nos hace caminar con confianza (...). ¿Cómo lo hace? Renovando el corazón, transformándolo de pecador en perdonado. Este es el gran cambio: de culpables nos hace justos y, así, todo cambia, porque de esclavos del pecado pasamos a ser libres, de siervos a hijos, de descartados a valiosos, de decepcionados a esperanzados. De este modo, el Espíritu Santo hace que renazca la alegría, que florezca la paz en el corazón»[7].

«Proclama mi alma las grandezas del Señor» (Lc 1,46). Le pedimos a nuestra Madre que descubramos como ella la grandeza del Señor y nos dejemos encender por el fuego del Espíritu para incendiar, así, toda la tierra.

[1] Francisco, Homilía, 31-V-2020.
[2] San Josemaría, Camino, n. 755.
[3] Francisco, Homilía, 20-V-2018.
[4] Ordinario de la Misa.
[5] San Josemaría, Notas de una reunión familiar, 25-VI-1972.
[6] Benedicto XVI, Homilía, 23-V-2010.
[7] Francisco, Homilía, 20-V-2018.


Oh Dios, que por la resurrección de tu Hijo, nuestro Señor Jesucristo, te has dignado dar la alegría al mundo, concédenos que por su Madre, la Virgen María, alcancemos el gozo de la vida eterna. Por el mismo Cristo nuestro Señor. Amén."


Acción:

Hoy valoraré lo que las personas hacen por mí»


Miércoles 7a semana Pascua- El temor de Dios es un don para los hijos

07temordeDios

Pedir la gracia de la alegría pascual

Señor Jesús Resucitado, me regocijo en tu victoria sobre el pecado y la muerte. Al comenzar este día, te alabo y te glorifico, porque has llenado el mundo de esperanza. Ilumina mi corazón con la luz de tu Resurrección y dame la valentía para ser testigo de tu amor en mi familia, trabajo y comunidad. Que tu resurrección sea mi fuerza hoy. Amén

Juan 17, 11-19
En aquel tiempo, Jesús levantó los ojos al cielo y dijo: “Padre santo, cuida en tu nombre a los que me has dado, para que sean uno, como nosotros. Cuando estaba con ellos, yo cuidaba en tu nombre a los que me diste; yo velaba por ellos y ninguno de ellos se perdió, excepto el que tenía que perderse, para que se cumpliera la Escritura.
Pero ahora voy a ti, y mientras estoy aún en el mundo, digo estas cosas para que mi gozo llegue a su plenitud en ellos. Yo les he entregado tu palabra y el mundo los odia, porque no son del mundo, como yo tampoco soy del mundo. No te pido que los saques del mundo, sino que los libres del mal. Ellos no son del mundo, como tampoco yo soy del mundo.
Santifícalos en la verdad. Tu palabra es la verdad. Así como tú me enviaste al mundo, así los envío yo también al mundo. Yo me santifico a mí mismo por ellos, para que también ellos sean santificados en la verdad’’..
- Buscar la unidad de los cristianos a través de la oración.
- El temor de Dios es un don para los hijos.
- Para aborrecer el pecado y abrirnos a la santidad.


JESÚS, AL FINAL de su oración sacerdotal, pide al Padre por la unidad de sus discípulos: «Guárdalos en tu nombre, a los que me has dado, para que sean uno, como nosotros» (Jn 17,11). Se trata de una intención que perdura a lo largo de los siglos: que todos los cristianos formemos una unidad.

«La unidad es sobre todo un don, es una gracia para pedir con la oración. Cada uno de nosotros lo necesita. De hecho, nos damos cuenta de que no somos capaces de custodiar la unidad ni siquiera en nosotros mismos. También el apóstol Pablo sentía dentro de sí un conflicto lacerante: querer el bien y estar inclinado al mal (cfr. Rm 7,19). Comprendió así que la raíz de tantas divisiones que hay a nuestro alrededor –entre las personas, en la familia, en la sociedad, entre los pueblos y también entre los creyentes– está dentro de nosotros. El Concilio Vaticano II afirma que “los desequilibrios que fatigan al mundo moderno están conectados con ese otro desequilibrio fundamental que hunde sus raíces en el corazón humano. Son muchos los elementos que se combaten en el propio interior del hombre (...). Por ello siente en sí mismo la división, que tantas y tan graves discordias provoca en la sociedad» (Gaudium et spes, 10). Por tanto, la solución a las divisiones no es oponerse a alguien, porque la discordia genera otra discordia. El verdadero remedio empieza por pedir a Dios la paz, la reconciliación, la unidad»[1].

«Precisamente porque la búsqueda de la plena unidad exige confrontar la fe entre creyentes que tienen un único Señor, la oración es la fuente que ilumina la verdad que se ha de acoger enteramente. Asimismo, por medio de la oración, la búsqueda de la unidad, lejos de quedar restringida al ámbito de los especialistas, se extiende a cada bautizado. Todos, independientemente de su misión en la Iglesia y de su formación cultural, pueden contribuir activamente, de forma misteriosa y profunda»[2].

CONTINÚA LA SOLEMNE oración de Jesús a su Padre durante sus últimos momentos antes de la pasión: «Santifícalos en la verdad: tu palabra es verdad. Como tú me enviaste al mundo, así yo los envío también al mundo» (Jn 17,17-18). Nos anima, y también nos llena de responsabilidad, que Jesús haya pedido por la santidad de sus discípulos y que la ponga como fundamento para la misión que les asigna. Y no se quedó allí: después de la resurrección, les envió el Espíritu Santo para que los colmara con sus dones y con sus frutos. San Pablo explica a los gálatas que, «como sois hijos, Dios envió a nuestros corazones el Espíritu de su Hijo, que clama: “¡Abba, Padre!”. Así que ya no eres esclavo, sino hijo» (Ga 4,6-7). Somos hijos de Dios, llamados a ser santos. En este contexto de filiación divina se comprende la importancia del “temor de Dios”, don del Espíritu Santo anunciado en los salmos: «El temor del Señor es puro y eternamente estable» (19,10), «principio de la sabiduría» (111,10). San Josemaría escribió que el temor de Dios «es veneración del hijo para su Padre, nunca temor servil, porque tu Padre-Dios no es un tirano»[3].

El temor de Dios como abandono confiado en la bondad de un Padre rico en misericordia le brinda nuevas perspectivas a nuestra lucha espiritual. «Nos recuerda cuán pequeños somos ante Dios y ante su amor, y que nuestro bien está en abandonarnos con humildad, con respeto y confianza en sus manos (...). Adquiere en nosotros la forma de la docilidad, del reconocimiento y de la alabanza, llenando nuestro corazón de esperanza. Muchas veces, en efecto, no logramos captar el designio de Dios, y nos damos cuenta de que no somos capaces de asegurarnos por nosotros mismos la felicidad y la vida eterna. Sin embargo, es precisamente en la experiencia de nuestros límites y de nuestra pobreza donde el Espíritu nos conforta y nos hace percibir que la única cosa importante es dejarnos conducir por Jesús a los brazos de su Padre»[4]. El temor de Dios nos hace conscientes de los límites que tenemos como criaturas, de que hay algo grande que podemos desaprovechar. El santo temor de Dios nos da una cierta insatisfacción que nos lleva a estar atentos a ese Dios que sigue pasando a nuestro lado.

«Y POR ELLOS YO ME SANTIFICO a mí mismo, para que también ellos sean santificados en la verdad» (Jn 17,19). Siguiendo a Jesús, decía san Josemaría: «Hemos de ser santos para santificar»[5]. Con esa conciencia de la prioridad de la gracia, podemos pedir al Espíritu Santo que nos llene de temor de Dios, para ser más humildes y dóciles a sus inspiraciones: «El Espíritu Santo abre los corazones con el don del temor de Dios. Corazón abierto a fin de que el perdón, la misericordia, la bondad, la caricia del Padre vengan a nosotros, porque nosotros somos hijos infinitamente amados. Cuando estamos invadidos por el temor de Dios estamos predispuestos a seguir al Señor con humildad, docilidad y obediencia»[6].

Somos hijos de Dios con la misión de reconciliar al mundo con Dios, de llevarlo a su felicidad plena. El temor de Dios no lleva al apocamiento: «Es un don que hace de nosotros cristianos convencidos, entusiastas, que no permanecen sometidos al Señor por miedo, sino que son movidos y conquistados por su amor»[7]. Otra consecuencia del temor de Dios en el alma es el rechazo de lo que pueda ofender al Padre amado: «No olvides, hijo, que para ti en la tierra sólo hay un mal, que habrás de temer, y evitar con la gracia divina: el pecado»[8].

Podemos acudir a la Virgen Santísima, llena de gracia, para que nos alcance de Dios «el don de temor, que haciéndonos aborrecer todo pecado, imprima en nuestro corazón el espíritu de adoración y una profunda y sincera humildad»[9].

[1] Francisco, Audiencia general, 20-I-2021.
[2] San Juan Pablo II, Ut unum sint, n. 70.
[3] San Josemaría, Camino, n. 435.
[4] Francisco, Audiencia general, 11-VI-2014.
[5] San Josemaría, Amigos de Dios, n. 9.
[6] Francisco, Audiencia general, 11-VI-2014.
[7] Ibíd.
[8] San Josemaría, Camino, n. 386.
[9] San Josemaría, Consagración al Espíritu Santo.


Oh Dios, que por la resurrección de tu Hijo, nuestro Señor Jesucristo, te has dignado dar la alegría al mundo, concédenos que por su Madre, la Virgen María, alcancemos el gozo de la vida eterna. Por el mismo Cristo nuestro Señor. Amén."


Acción:

«Hoy meditaré en los Hechos de los apóstoles 2, 1-21.

Martes 7a semana Pascua- Dios llama a una vida plena.

Pedir la gracia de la alegría pascual

Señor Jesús Resucitado, me regocijo en tu victoria sobre el pecado y la muerte. Al comenzar este día, te alabo y te glorifico, porque has llenado el mundo de esperanza. Ilumina mi corazón con la luz de tu Resurrección y dame la valentía para ser testigo de tu amor en mi familia, trabajo y comunidad. Que tu resurrección sea mi fuerza hoy. Amén

Juan 17, 1-11
En aquel tiempo, Jesús levantó los ojos al cielo y dijo: “Padre, ha llegado la hora. Glorifica a tu Hijo, para que tu Hijo también te glorifique, y por el poder que le diste sobre toda la humanidad, dé la vida eterna a cuantos le has confiado. La vida eterna consiste en que te conozcan a ti, único Dios verdadero, y a Jesucristo, a quien tú has enviado.

Yo te he glorificado sobre la tierra, llevando a cabo la obra que me encomendaste. Ahora, Padre, glorifícame en ti con la gloria que tenía, antes de que el mundo existiera.
He manifestado tu nombre a los hombres que tú tomaste del mundo y me diste. Eran tuyos y tú me los diste. Ellos han cumplido tu palabra y ahora conocen que todo lo que me has dado viene de ti, porque yo les he comunicado las palabras que tú me diste; ellos las han recibido y ahora reconocen que yo salí de ti y creen que tú me has enviado.

Te pido por ellos; no te pido por el mundo, sino por éstos, que tú me diste, porque son tuyos. Todo lo mío es tuyo y todo lo tuyo es mío. Yo he sido glorificado en ellos. Ya no estaré más en el mundo, pues voy a ti; pero ellos se quedan en el mundo’’.
- Pablo, testigo del Evangelio.
- Dios llama a una vida plena.
- La magnanimidad del apóstol.


PABLO se está dirigiendo a Jerusalén, donde le «esperan cadenas y tribulaciones» (Hch 20,23). Al pasar por Mileto, decide enviar un mensaje a Éfeso para convocar a los presbíteros de la Iglesia. El apóstol es consciente de que, con mucha probabilidad, será la última vez que le verán. Por eso, una vez reunidos, pronuncia emocionado un discurso en el que deja entrever aquello que ha dado sentido a su existencia. Desde que Cristo se le apareció camino a Damasco, no ha dejado de anunciar a todos los hombres «la conversión a Dios y la fe en nuestro Señor Jesús» (Hch 20,21). Y aunque esto le haya acarreado todo tipo de dificultades, lo único que tiene valor para él es ser fiel a esa misión que Dios le ha encomendado: «A mí no me importa la vida; lo que me importa es completar mi carrera, y cumplir el encargo que me dio el Señor: ser testigo del Evangelio, que es la gracia de Dios» (Hch 20,24).

En estas semanas de Pascua, que están llegando a su fin, hemos meditado la verdad central de nuestra fe: la resurrección de Jesús. Como lo reconoce san Pablo, se trata de un auténtico tesoro que hemos recibido no solamente para custodiarlo, sino para compartirlo con los demás. Los dones de Dios son otorgados para el bien de todos; esto en ocasiones implica dejar a un lado las propias seguridades para emprender la carrera divina de ser apóstol. «Seguir, acompañar a Cristo, permanecer con él exige un salir. Salir de sí mismos, de un modo de vivir la fe cansado y rutinario, de la tentación de cerrarse en los propios esquemas que terminan por cerrar el horizonte de la acción creativa de Dios»[1]. En realidad, el mismo Dios llevó a cabo esta lógica de apertura: se hizo uno de nosotros, salió a nuestro encuentro, para darnos su misericordia y su salvación.

PODRÍA parecer que Pablo, al vivir únicamente para cumplir el encargo que recibió del Señor, no tuvo más expectativas o proyectos personales. En una ocasión, le hicieron un planteamiento similar a don Javier Echevarría cuando fue elegido segundo sucesor de san Josemaría: «¿Usted ha podido ser usted?». En su respuesta, don Javier echa una mirada atrás y pone de manifiesto, al igual que en el discurso de san Pablo, lo que Dios ha obrado en su existencia: «Sí que he tenido mi propia vida. Yo nunca hubiera soñado realizar mi vida de un modo tan ambicioso. Viviendo a mi aire, yo hubiese tenido unos horizontes muchísimo más estrechos, unos vuelos más cortos (…). Yo, como hombre de mi tiempo, como cristiano y como sacerdote, soy una persona ambiciosamente realizada»[2].

Dios cuenta con nuestros dones y con nuestra personalidad para dar forma al anuncio de salvación a todos los hombres. Jesús no eligió doce apóstoles idénticos. Algunos fueron más entusiastas o impulsivos, otros más bien introvertidos o reflexivos. Cada uno contribuyó a la expansión del cristianismo de modos diversos en función de su carácter, de su experiencia y de la gente a la que se dirigía. Además, sería extraño pensar que Dios, como Padre que nos ha creado con amor, al llamarnos a compartir la vida con él, es menos creativo que nosotros. Los apóstoles no percibieron su vocación como un encargo externo, ajeno a sus cualidades y a sus deseos más profundos. En realidad, vieron cómo sus propios talentos se ponían en juego y sus aspiraciones se colmaban cuando se dejaban guiar por el Espíritu Santo. Por eso san Pablo dice, cuando ve que poco a poco se acerca su final, que lo único que le importa es «ser testigo del Evangelio» (Hch 20,24): en todos esos años ha experimentado el atractivo y la pasión inigualable de ser fiel a la vocación que Jesús le dio.

SAN PABLO resume así su vida de apóstol: «Nunca me he reservado nada» (Hch 20,27). Desde que había conocido a Cristo, era incapaz de darse a medias: quien ha experimentado el «Amor con mayúscula, el término medio es muy poco, es cicatería, cálculo ruin»[3]. Su vocación le llevó a dedicar todas sus fuerzas al ideal que iluminaba su existencia. «¿Cuál es entonces mi recompensa? –se preguntaba en la carta a los Corintios–. Predicar el Evangelio entregándolo gratuitamente, sin hacer valer mis derechos por el Evangelio» (1 Co 9,18).

El prelado del Opus Dei ha recordado con frecuencia que «no hacemos apostolado, ¡somos apóstoles!»[4]. El deseo de acercar almas a Dios no se limita solamente a unas horas concretas o a una tarea determinada: el corazón de un apóstol late en todo momento. Si pensamos en las personas que han marcado positivamente nuestra vida –unos padres que nos han hecho crecer, un profesor que supo sacar lo mejor de nosotros mismos, un amigo con el que siempre se puede contar…– es posible que podamos notar un rasgo común: la magnanimidad. Difícilmente podrían habernos cambiado si se hubieran limitado a cumplir su cometido más inmediato: asegurar el sustento material, dar una lección, dedicar algo de tiempo…

De un modo similar, un apóstol deja huella en las almas cuando se excede, cuando procura no dejarse llevar por cálculos o acepción de personas. Por eso san Josemaría consideraba la magnanimidad como «la fuerza que nos dispone a salir de nosotros mismos, para prepararnos a emprender obras valiosas, en beneficio de todos»[5]. El magnánimo no se conforma con dar algo de su tiempo o de sus fuerzas: se da por entero; sigue, de alguna manera, la lógica de la Virgen María: entregó su corazón a Dios y él, a su vez, la hizo capaz de acoger a todos los hombres.

[1] Francisco, Audiencia, 27-III-2013.
[2] Entrevista de P. Urbano a D. Javier, Época, 20-IV-1994, citada en A. Sánchez León, En la tierra como en el cielo, Madrid, Rialp 2019, pp. 349-350.
[3] San Josemaría, Forja, n. 64.
[4] Mons. Fernando Ocáriz, Carta pastoral, 14-II-2017, n. 9.
[5] San Josemaría, Amigos de Dios, n. 80.


Oh Dios, que por la resurrección de tu Hijo, nuestro Señor Jesucristo, te has dignado dar la alegría al mundo, concédenos que por su Madre, la Virgen María, alcancemos el gozo de la vida eterna. Por el mismo Cristo nuestro Señor. Amén."


Acción:

«Hoy leeré el libro de Gálatas 5,22-23.

Lunes 7a. semana Pascua- Paz en medio de las tribulaciones

Pedir la gracia de la alegría pascual

Señor Jesús Resucitado, me regocijo en tu victoria sobre el pecado y la muerte. Al comenzar este día, te alabo y te glorifico, porque has llenado el mundo de esperanza. Ilumina mi corazón con la luz de tu Resurrección y dame la valentía para ser testigo de tu amor en mi familia, trabajo y comunidad. Que tu resurrección sea mi fuerza hoy. Amén

Juan 16, 29-33
En aquel tiempo, los discípulos le dijeron a Jesús: “Ahora sí nos estás hablando claro y no en parábolas. Ahora sí estamos convencidos de que lo sabes todo y no necesitas que nadie te pregunte. Por eso creemos que has venido de Dios”.
Les contestó Jesús: “¿De veras creen? Pues miren que viene la hora, más aún, ya llegó, en que se van a dispersar cada uno por su lado y me dejarán solo. Sin embargo, no estaré solo, porque el Padre está conmigo. Les he dicho estas cosas, para que tengan paz en mí. En el mundo tendrán tribulaciones; pero tengan valor, porque yo he vencido al mundo”.
- Los discípulos reciben el Espíritu Santo.
- Paz en medio de las tribulaciones.
- La paciencia es un fruto del Espíritu Santo.


CUANDO SAN PABLO llegó a Éfeso, «encontró unos discípulos y les preguntó: “¿Recibisteis el Espíritu Santo al aceptar la fe?”» (Hch 19,1-2). Llama la atención que la primera pregunta del apóstol de las gentes sea precisamente sobre el conocimiento acerca de la tercera persona de la Santísima Trinidad; esto manifiesta la prioridad que tenía en la iglesia primitiva y que sigue teniendo ahora. «Contestaron: “Ni siquiera hemos oído hablar de un Espíritu Santo”. Él les dijo: “Entonces, ¿qué bautismo habéis recibido?”. Respondieron: “El bautismo de Juan”» (vv. 2-3).

San Pablo quería que quienes abrazaban la fe conocieran la profundidad de la vida de Dios; en este caso, les aclara que «“Juan bautizó con un bautismo de conversión, diciendo al pueblo que creyesen en el que iba a venir después de él, es decir, en Jesús”. Al oír esto, se bautizaron en el nombre del Señor Jesús» (vv. 4-5). En la escena vemos una comunidad que, además del Bautismo, recibió la Confirmación en la fe con el don del Paráclito: «Cuando Pablo les impuso las manos, vino sobre ellos el Espíritu Santo, y se pusieron a hablar en lenguas extrañas y a profetizar. Eran en total unos doce hombres» (vv. 6-7).

En el sacramento de la Confirmación nosotros también recibimos el Espíritu Santo «para comprometernos más plenamente en la batalla que libra la Iglesia contra el pecado (...). Para que podáis trabajar con fe profunda y caridad constante, para ayudar a que el mundo consiga los frutos de la reconciliación y de la paz»[1]. En nuestro camino de preparación para la fiesta de Pentecostés, podemos preguntarnos: «¿Qué sitio ocupa en nuestra vida el Espíritu Santo? ¿Soy capaz de escucharlo? ¿Soy capaz de pedir inspiración antes de tomar una decisión o de decir una palabra o de hacer algo? (...). ¿Pido que me guíe por el camino que debo elegir en mi vida, y también todos los días? ¿Pido que me dé la gracia de distinguir lo bueno de lo menos bueno? (...). Pidamos la gracia de aprender ese lenguaje para escuchar al Espíritu Santo»[2].

EN EL EVANGELIO de la Misa de hoy se lee el discurso de despedida de Jesús en la Última Cena. El Señor quiere preparar a sus discípulos para lo que ocurrirá dentro de pocas horas. Después de la alegoría de la vid y los sarmientos, el maestro les promete que enviará al Espíritu Santo. «Le dicen sus discípulos: “Ahora sí que hablas claro y no usas comparaciones. Ahora vemos que lo sabes todo y no necesitas que te pregunten; por ello creemos que has salido de Dios”. Les contestó Jesús: “¿Ahora creéis? Pues mirad: está para llegar la hora, mejor, ya ha llegado, en que os disperséis cada cual por su lado y a mí me dejéis solo”» (Jn 16,29-32).

«Las dificultades y las tribulaciones forman parte de la obra de evangelización, y nosotros estamos llamados a encontrar en ellas la ocasión para verificar la autenticidad de nuestra fe y de nuestra relación con Jesús. Debemos considerar estas dificultades como la posibilidad para ser todavía más misioneros y para crecer en esa confianza hacia Dios, nuestro Padre, que no abandona a sus hijos en la hora de la tempestad»[3]. Jesús demuestra a sus discípulos que conoce lo que va a suceder; sabe que padecerá sufrimientos y les asegura que, a pesar de todo, él seguirá ofreciéndose como fundamento para que su fe no decaiga. Cristo confía en el amor del Padre; ese será su consuelo y el de sus discípulos en el futuro: «No estoy solo, porque está conmigo el Padre» (Jn 16,32).

Después de la Resurrección, los apóstoles recordarían estas palabras como un bálsamo, al ver que se había cumplido el resto del discurso. El Señor no había prometido a los discípulos una vida sin inquietudes ni problemas, sino que les anunció con realismo la misión apostólica. Sin embargo, también les dio la clave para superarlas: «En el mundo tendréis luchas; pero tened valor: yo he vencido al mundo» (Jn 16,33). La vida del cristiano en la tierra entraña un esfuerzo constante para luchar con uno mismo y procurar encontrar en Dios el fundamento, abandonar en él nuestra alegría y nuestra paz. «Nunca podré tener verdadera alegría si no tengo paz –decía san Josemaría–. ¿Y qué es la paz? La paz es algo muy relacionado con la guerra. La paz es consecuencia de la victoria. La paz exige de mí una continua lucha. Sin lucha no podré tener paz»[4].

«OS HE HABLADO de esto, para que encontréis la paz en mí. En el mundo tendréis luchas; pero tened valor: yo he vencido al mundo» (Jn 16,33). Podemos pedir al Señor que nos conceda y nos aumente la paciencia, fruto del Espíritu Santo que «es el don de entender que las cosas importantes llevan tiempo, que el cambio es orgánico, que hay límites, y que tenemos que trabajar dentro de ellos y mantener al mismo tiempo los ojos en el horizonte, como hizo Jesús»[5]. La paciencia nos ayuda a «soportar la prueba, la dificultad, la tentación y las propias miserias»[6]; nos ayuda a mantener la esperanza en la propia lucha, a pesar de nuestras debilidades. Decía san Josemaría: «En las batallas del alma, la estrategia muchas veces es cuestión de tiempo, de aplicar el remedio conveniente, con paciencia, con tozudez. Aumentad los actos de esperanza. Os recuerdo que sufriréis derrotas, o que pasaréis por altibajos –Dios permita que sean imperceptibles– en vuestra vida interior, porque nadie anda libre de esos percances. Pero el Señor, que es omnipotente y misericordioso, nos ha concedido los medios idóneos para vencer»[7].

Ante las dificultades externas o las contrariedades que pueden surgir en el trato con los demás, nos servirá el consejo de Jesús: «Aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón» (Mt 11,29). Si entramos en esa escuela, aprenderemos a «ver las cosas con paciencia. No son como queremos, sino como vienen por providencia de Dios: hemos de recibirlas con alegría, sean como sean. Si vemos a Dios detrás de cada cosa, estaremos siempre contentos, siempre serenos. Y de ese modo manifestaremos que nuestra vida es contemplativa, sin perder nunca los nervios»[8]. Es verdad que siempre «se presentan ocasiones en las que surge la impaciencia: interrupciones imprevistas en el trabajo, retrasos que hacen esperar, pequeñas o grandes contrariedades del día a día. Pensemos –¡hablemos!– enseguida con el Señor: ¡más paciencia has tenido tú conmigo, Jesús! La impaciencia, además de lo que pueda tener de reacción instintiva, es falta de mortificación interior y, en su raíz, falta de caridad. Al revés, la comprensión, la disculpa, la paz, son efecto del cariño a Dios y a los demás. Ante cualquier movimiento de impaciencia, procuremos sonreír y rezar por quien interrumpe, hace esperar o nos cansa en un momento determinado y ofrecérselo al Señor con alegría (...). Jesús, con tu gracia; Madre mía, con tu ayuda»[9].

[1] San Juan Pablo II, Homilía, 30-V-1982.
[2] Francisco, Homilía, 29-V-2017.
[3] Francisco, Ángelus, 25-VI-2017.
[4] San Josemaría, Camino, n. 308.
[5] Francisco, Soñemos juntos, Simon & Schuster, Nueva York, 2020, p. 45.
[6] San Josemaría, Cartas 2, n. 47.
[7] San Josemaría, Amigos de Dios, n. 219.
[8] San Josemaría, Apuntes de una reunión familiar, 6-VII-1967.
[9] Mons. Fernando Ocáriz, A la luz del Evangelio, pp. 179-180.


Oh Dios, que por la resurrección de tu Hijo, nuestro Señor Jesucristo, te has dignado dar la alegría al mundo, concédenos que por su Madre, la Virgen María, alcancemos el gozo de la vida eterna. Por el mismo Cristo nuestro Señor. Amén."


Acción:

«Hoy apoyaré económicamente a las vocaciones religiosas»

Domingo 7a. semana Pascua- Jesús nos espera en el cielo


Pedir la gracia de la alegría pascual
Señor Jesús Resucitado, me regocijo en tu victoria sobre el pecado y la muerte. Al comenzar este día, te alabo y te glorifico, porque has llenado el mundo de esperanza. Ilumina mi corazón con la luz de tu Resurrección y dame la valentía para ser testigo de tu amor en mi familia, trabajo y comunidad. Que tu resurrección sea mi fuerza hoy. Amén

Juan 16, 23-28
En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: “Yo les aseguro: cuanto pidan al Padre en mi nombre, se lo concederá. Hasta ahora no han pedido nada en mi nombre. Pidan y recibirán, para que su alegría sea completa.
Les he dicho estas cosas en parábolas; pero se acerca la hora en que ya no les hablaré en parábolas, sino que les hablaré del Padre abiertamente. En aquel día pedirán en mi nombre, y no les digo que rogaré por ustedes al Padre, pues el Padre mismo los ama, porque ustedes me han amado y han creído que salí del Padre. Yo salí del Padre y vine al mundo; ahora dejo el mundo y vuelvo al Padre’’.
-Culmina en este misterio la exaltación de Cristo glorioso.
-La Ascensión fortalece y alienta nuestro deseo de alcanzar el Cielo. Fomentar esta esperanza.
- La Ascensión y la misión apostólica del cristiano.


I. Una bendición fue el último gesto de Jesús en la tierra, según el Evangelio de San Lucas1. Los Once han partido desde Galilea al monte que Jesús les había indicado, el monte de los Olivos, cercano a Jerusalén. Los discípulos, al ver de nuevo al Resucitado, le adoraron2, se postraron ante Él como ante su Maestro y su Dios. Ahora son mucho más profundamente conscientes de lo que ya, mucho tiempo antes, tenían en el corazón y habían confesado: que su Maestro era el Mesías3. Están asombrados y llenos de alegría al ver que su Señor y su Dios ha estado siempre tan cercano. Después de aquellos cuarenta días en su compañía podrán ser testigos de lo que han visto y oído; el Espíritu Santo los confirmará en las enseñanzas de Jesús, y les enseñará la verdad completa.

El Maestro les habla con la Majestad propia de Dios: Se me ha dado todo poder en el Cielo y en la tierra4. Jesús confirma la fe de los que le adoran, y les enseña que el poder que van a recibir deriva del propio poder divino. La facultad de perdonar los pecados, de renacer a una vida nueva mediante el Bautismo… es el poder del mismo Cristo que se prolonga en la Iglesia. Esta es la misión de la Iglesia: continuar por siempre la obra de Cristo, enseñar a los hombres las verdades acerca de Dios y las exigencias que llevan consigo esas verdades, ayudarles con la gracia de los sacramentos…

Les dice Jesús: recibiréis el Espíritu Santo que descenderá sobre vosotros y seréis mis testigos en Jerusalén, en toda Judea y Samaria, y hasta los confines de la tierra.

Y después de decir esto, mientras ellos miraban, se elevó, y una nube lo ocultó a sus ojos5. Así nos describe San Lucas la Ascensión del Señor en la Primera lectura de la Misa.

Poco a poco se fue elevando. Los Apóstoles se quedaron largo rato mirando a Jesús que asciende con toda majestad mientras les da su última bendición, hasta que una nube lo ocultó. Era la nube que acompañaba la manifestación de Dios6: «era un signo de que Jesús había entrado ya en los cielos»7.

La vida de Jesús en la tierra no concluye con su muerte en la Cruz, sino con la Ascensión a los Cielos. Es el último misterio de la vida del Señor aquí en la tierra. Es un misterio redentor, que constituye, con la Pasión, la Muerte y la Resurrección, el misterio pascual. Convenía que quienes habían visto morir a Cristo en la Cruz entre insultos, desprecios y burlas, fueran testigos de su exaltación suprema. Se cumplen ahora ante la vista de los suyos aquellas palabras que un día les dijera: Subo a mi Padre y a vuestro Padre, a mi Dios y a vuestro Dios8. Y aquellas otras: Ya no estoy en el mundo, pero ellos están en el mundo y voy a Ti, Padre Santo9.

La Ascensión del Señor a los Cielos la contemplamos en el segundo misterio glorioso del Santo Rosario. «Se fue Jesús con el Padre. Dos Ángeles de blancas vestiduras se aproximan a nosotros y nos dicen: Varones de Galilea, ¿qué hacéis mirando al cielo? (Hech 1, 11).

»Pedro y los demás vuelven a Jerusalén (cum gaudio magno) con gran alegría. (Lc 24, 52). —Es justo que la Santa Humanidad de Cristo reciba el homenaje, la aclamación y adoración de todas las jerarquías de los Ángeles y de todas las legiones de los bienaventurados de la Gloria»10.

II. «Hoy no solo hemos sido constituidos poseedores del paraíso -enseña San León Magno en esta solemnidad, sino que con Cristo hemos ascendido, mística pero realmente, a lo más alto de los Cielos, y conseguido por Cristo una gracia más inefable que la que habíamos perdido»11.

La Ascensión fortalece y alienta nuestra esperanza de alcanzar el Cielo y nos impulsa constantemente a levantar el corazón, como nos invita a hacer el prefacio de la Misa, con el fin de buscar las cosas de arriba. Ahora nuestra esperanza es muy grande, pues el mismo Cristo ha ido a prepararnos una morada12.

El Señor se encuentra en el Cielo con su Cuerpo glorificado, con la señal de su Sacrificio redentor13, con las huellas de la Pasión que pudo contemplar Tomás, que claman por la salvación de todos nosotros. La Humanidad Santísima del Señor tiene ya en el Cielo su lugar natural, pero Él, que dio su vida por cada uno, nos espera allí. «Cristo nos espera. Vivimos ya como ciudadanos del cielo (Flp 3, 20), siendo plenamente ciudadanos de la tierra, en medio de dificultades, de injusticias, de incomprensiones, pero también en medio de la alegría y de la serenidad que da el saberse hijo amado de Dios (…).

»Si, a pesar de todo, la subida de Jesús a los cielos nos deja en el alma un amargo regusto de tristeza, acudamos a su Madre, como hicieron los apóstoles: entonces tornaron a Jerusalén… y oraban unánimemente… con María, la Madre de Jesús (Hech 1, 12-14)»14.

La esperanza del Cielo llenará de alegría nuestro diario caminar. Imitaremos a los Apóstoles, que «se aprovecharon tanto de la Ascensión del Señor que todo cuanto antes les causaba miedo, después se convirtió en gozo. Desde aquel momento elevaron toda la contemplación de su alma a la divinidad sentada a la diestra del Padre; la misma visión de su cuerpo no era obstáculo para que la inteligencia, iluminada por la fe, creyera que Cristo, ni descendiendo se había apartado del Padre, ni con su Ascensión se había separado de sus discípulos»15.

III. Cuando estaban mirando atentamente al cielo mientras Él se iba, se presentaron junto a ellos dos hombres con vestiduras blancas que dijeron: Hombres de Galilea, ¿qué hacéis ahí mirando al cielo? El mismo Jesús que os ha dejado para subir al cielo, vendrá de igual manera que le habéis visto subir16. «También como los Apóstoles, permanecemos entre admirados y tristes al ver que nos deja. No es fácil, en realidad, acostumbrarse a la ausencia física de Jesús. Me conmueve recordar que, en un alarde de amor, se ha ido y se ha quedado; se ha ido al Cielo y se nos entrega como alimento en la Hostia Santa. Echamos de menos, sin embargo, su palabra humana, su forma de actuar, de mirar, de sonreír, de hacer el bien. Querríamos volver a mirarle de cerca, cuando se sienta al lado del pozo cansado por el duro camino (Cfr. Jn 4, 6), cuando llora por Lázaro (Cfr. Jn 11, 35), cuando ora largamente (Cfr. Lc 6,12), cuando se compadece de la muchedumbre (Cfr. Mt 15, 32, Mc 8, 2).

»Siempre me ha parecido lógico y me ha llenado de alegría que la Santísima Humanidad de Jesucristo suba a la gloria del Padre, pero pienso también que esta tristeza, peculiar del día de la Ascensión, es una muestra del amor que sentimos por Jesús, Señor Nuestro. Él, siendo perfecto Dios, se hizo hombre, perfecto hombre, carne de nuestra carne y sangre de nuestra sangre. Y se separa de nosotros, para ir al cielo. ¿Cómo no echarlo en falta?»17.

Los ángeles dicen a los Apóstoles que es hora de comenzar la inmensa tarea que les espera, que no se debe perder un instante. Con la Ascensión termina la misión terrena de Cristo y comienza la de sus discípulos, la nuestra. Y hoy, en nuestra oración, es bueno que oigamos aquellas palabras con las que el Señor intercede ante Dios Padre por nosotros mismos: no pido que los saques del mundo, de nuestro ambiente, del propio trabajo, de la propia familia…, sino que los preserves del mal18. Porque quiere el Señor que cada uno en su lugar continúe la tarea de santificar el mundo, para mejorarlo y ponerlo a sus pies: las almas, las instituciones, las familias, la vida pública… Porque solo así el mundo será un lugar donde se valore y respete la dignidad humana, donde se pueda convivir en paz, con la verdadera paz, que tan ligada está a la unión con Dios. «Nos recuerda la fiesta de hoy que el celo por las almas es un mandato del Señor, que, al subir a su gloria, nos envía como testigos suyos por el orbe entero. Grande es nuestra responsabilidad: porque ser testigo de Cristo supone, antes que nada, procurar comportarnos según su doctrina, luchar para que nuestra conducta recuerde a Jesús, evoque su figura amabilísima»19.

Quienes conviven o se relacionan con nosotros nos han de ver leales, sinceros, alegres, trabajadores; nos hemos de comportar como personas que cumplen con rectitud sus deberes y saben actuar como hijos de Dios en las incidencias que acarrea cada día. Las mismas normas corrientes de la convivencia –que para muchos quedan en algo externo, necesario para el trato social– han de ser fruto de la caridad, manifestaciones de una actitud interior de interés por los demás: el saludo, la cordialidad, el espíritu de servicio…

Jesús se va, pero se queda muy cerca de cada uno. De un modo particular lo encontramos en el Sagrario más próximo, quizá a menos de un centenar de metros de donde vivimos o trabajamos. No dejemos de ir muchas veces, aunque solo podamos con el corazón en la mayoría de las ocasiones, a decirle que nos ayude en la tarea apostólica, que cuente con nosotros para extender por todos los ambientes su doctrina.

Los Apóstoles marcharon a Jerusalén en compañía de Santa María. Junto a Ella esperan la llegada del Espíritu Santo. Dispongámonos nosotros también en estos días a preparar la próxima fiesta de Pentecostés muy cerca de nuestra Señora.

[1]  Lc 24, 51. [2]   Cfr. Mt 28, 17. [3]   Cfr. Mt 16, 18. [4]   Mt 28, 18. [5]   Primera lectura. Hech 1, 7 ss. [ 6] Cfr. Ex 13, 22; Lc 9, 34 ss.[7]   San Juan Crisóstomo, Homilías sobre los Hechos, 2. [ 8]  Jn 20, 17. [9]   Jn 17, 11. [10]   San Josemaría Escrivá, Santo Rosario, Rialp, 24ª ed., Madrid 1979, Segundo misterio glorioso. [11]   San León Magno, Homilía I sobre la Ascensión. [12]   Cfr. Jn 14, 2. [13]   Cfr. Apoc. 5, 6. [14]   San Josemaría Escrivá, Es Cristo que pasa, 126. [15]   San León Magno, Sermón 74, 3. [16]   Hech 1, 11.[17]   San Josemaría Escrivá, Es Cristo que pasa, 117. [18]   Jn 17, 15. [19]   San Josemaría Escrivá, Es Cristo que pasa, 122.


Oh Dios, que por la resurrección de tu Hijo, nuestro Señor Jesucristo, te has dignado dar la alegría al mundo, concédenos que por su Madre, la Virgen María, alcancemos el gozo de la vida eterna. Por el mismo Cristo nuestro Señor. Amén."

Acción:
Generosidad: Dar limosna o compartir comida/tiempo con quien lo necesite.