Día 28- El encierro de tu corazón



Algunas religiosas y monjes viven en clausura, dentro de los límites de un recinto. Nadie puede entrar sin una buena razón, a menos que pertenezca a esa comunidad de fe. 

Otros solo pueden entrar con el permiso del superior. Puede ser que una religiosa esté gravemente enferma y necesite el Sacramento de la Unción de los Enfermos, o que un obrero deba entrar para realizar una reparación necesaria. 

La imagen del recinto es análoga a nuestra alma. Debemos entregarle la llave a Jesús y permitirle que la custodie. Él solo permitirá la entrada a quienes pertenecen a ella (véase Diario n.º 554).

554 -Sobre la clausura.
En los lugares delimitados de la clausura no podrá entrar nadie sin una autorización especial del ordinario y esto en casos excepcionales, es decir, la administración de los sacramentos a los enfermos, o la asistencia y la preparación para la muerte, o en ocasión de los ritos fúnebres.
Puede suceder también la absoluta necesidad de dejar entrar a la clausura a un obrero para hacer alguna reparación en el convento, pero antes debe haber un permiso especial. La puerta que conduce a la clausura debe estar siempre cerrada y de la llave dispondrá solamente la Superiora.
¿Qué permites que entre en tu alma? ¿Permites que el Señor te guarde y gobierne tus pensamientos y tu corazón? Con demasiada frecuencia, dejamos entrar muchas cosas mundanas. Abrimos de par en par la puerta a las tentaciones del pecado y la inmundicia. Entrega la llave de tu alma a nuestro Señor. Él te protegerá y te mantendrá a salvo. Recibirá con los brazos abiertos a todos aquellos con quienes desea que habites y abrirá la puerta a quienes vienen a sanar y restaurar. Pero Él protegerá diligentemente este espacio sagrado de tu alma de lo que no le pertenece, si se lo permites.

Señor, te entrego la única llave de mi alma. Te elijo como mi guardián hoy. Permíteme tener comunión libremente con aquellos a quienes has invitado a mi vida y puesto ante mí. Ayúdame a amarlos y a servirlos con todo mi corazón. Al entregarte esta llave, te agradezco que me protejas. Que pueda confiar en ti y jamás buscar lo que te desagrada y lo que no te agrada.
Jesús, confío en ti.