Día 3-La transustanciación: Pan y Vino convertidos en presencia real



Dios mío, Yo creo, espero, Te adoro y Te amo, Te pido perdón por los que no creen, ni esperan, ni te adoran, ni Te aman (Tres veces).

Señor Jesús, Tú que has vencido a la muerte, resucitando con tu propio poder, te pedimos que nos ampares en nuestros días, tan lleno de peligros, tan llenos de oscuridad.
Sé Tú el Lucero del amanecer, que despunte en nuestras almas, trayéndonos la esplendorosa luz de Dios Trino. Ven, ilumínanos, no nos desampares en este valle de lágrimas.


Eucaristía: ¿Realidad o sólo un signo? 
La eucaristía es sacramento porque es un signo sensible que nos une a la vida divina. A diferencia de los otros sacramentos, nos une a Dios de manera peculiar, pues en ella se nos da Dios mismo en el cuerpo y la sangre de Cristo bajo las especies de pan y vino. Las explicaciones de esta presencia no son claras, pues: Si en verdad está presente el cuerpo de Cristo en el sacramento ¿No debiéramos notar esta presencia con toda la naturaleza que un cuerpo humano implica? Es decir, ¿No debiera estar presente un cuerpo orgánico con verdadera sangre y verdadera carne? Se podría pensar que, si no hay tales manifestaciones de un cuerpo vivo, la eucaristía es sólo un signo, pero no la presencia real de Cristo. Contra esto, sabemos por fe que Jesucristo hace del pan, su carne y del vino su sangre. En este sacramento está el verdadero cuerpo de Cristo y su sangre, no lo pueden verificar los sentidos, sino la sola fe, que se funda en la autoridad divina. Cristo, con autoridad, instituyó este sacramento con palabras claras: “Esto es mi cuerpo”, “Este es el cáliz de mi sangre”. Entonces, creemos por la fe basada en la autoridad, que en la eucaristía está realmente presente Cristo. 

 El modo en que la Iglesia ha tradicionalmente explicitado la presencia de Cristo en el sacramento es la transubstanciación. Substancia es lo que es por sí mismo. O sea, lo que no necesita de otro para ser ni está en otra cosa. Ahora bien, transubstanciación significa cambiar de substancia, el cambio de una naturaleza determinada por otra.
 Cristo, al ser un hombre resucitado, está en algún lugar. Y para hacerse presente en sacramento no deja el lugar en donde está, pues no vemos que su cuerpo caiga del cielo o que entre por la puerta. Por tanto, el cambio de pan y vino a cuerpo y sangre de Cristo no ocurre como el cambio de lugar entre dos cosas, sino por cambio substancial. Es decir, el pan deja de ser propiamente pan y se convierte en carne. El vino deja de ser propiamente vino y se convierte en sangre.
Es obvio que en la Eucaristía no comemos propiamente carne ni bebemos sangre, pero es verdad que las consumimos, sólo que bajo las especies y accidentes del pan y del vino. El poder que acciona el cambio de pan a carne y de vino a sangre no es otro sino el de Dios. Cristo, siendo Dios, instituyó el sacramento y lo encomendó a los discípulos. Sin embargo, no son las fuerzas del sacerdote las que convierten los dones eucarísticos en el cuerpo y la sangre de Cristo, sino el poder mismo de Dios, presente por las palabras de consagración que se hace in persona Christi, a nombre de Cristo


San Tarsicio, también conocido como «Mártir de la Eucaristía», o Tarcisio (forma con metátesis de Tarsicio) fue un joven que murió martirizado, apedreado defendiendo un sagrario en su pecho, en la Vía Apia de Roma en torno al año 267 o 268 d. C., durante el gobierno del emperador Valeriano.

Se conoce que tuvo una vida santa. El primer testimonio escrito que relata su historia es la inscripción esculpida en su tumba por mandato del papa Dámaso I, obispo de Roma entre 366 y 384. Tarsicio, es venerado como patrono de los acólitos y monaguillos. El Martirologio romano lo celebraba el 15 de agosto.

El nombre «Tarsicio» proviene del latín (tarsus, valor) y significa «valeroso». Considerando la perspectiva geográfica, el nombre significa «el que nació en Tarso», ciudad que luego de la conquista romana fuera capital de la provincia de Cilicia.

San Tarsicio fue un joven convertido al cristianismo a mediados del siglo III, que colaboraba como acólito de la Iglesia de Roma en las catacumbas durante la persecución a los cristianos por parte de la administración del emperador Valeriano.

Después de participar en una Misa en las catacumbas de San Calixto fue comisionado por el obispo de Roma, Sixto II (257-258) para llevar la eucaristía a los cristianos que estaban en la cárcel, prisioneros por proclamar su fe en Cristo. Por la calle se encontró con un grupo de jóvenes paganos que le preguntaron qué guardaba bajo su manto. Tarsicio se negó a decir, y los otros lo atacaron con piedras y palos, posiblemente para robar lo que llevaba. El joven prefirió morir antes que entregar lo que él consideraba un tesoro sagrado. Otros detalles más legendarios indican que, cuando estaba siendo apedreado, habría llegado un soldado llamado Cuadrato, catecúmeno cristiano, quien reconoció a Tarsicio y alejó a los atacantes. Tarsicio le habría encomendado antes de morir que llevara la comunión a los encarcelados en lugar suyo.

Poco después, según el Martirologio romano, el papa Sixto II también fue detenido durante la celebración de la Misa en el cementerio de Pretextato, y fue martirizado decapitado junto con los diáconos Januarius, Vincentius, Magnus y Stephanus, que lo acompañaban en la celebración eucarística. Al mismo tiempo sufrieron el martirio los diáconos san Felicísimo y Agapito, y poco tiempo después el diácono san Lorenzo.


Padre Celestial, te damos gracias por el don de tu Hijo, nuestro Señor Jesucristo, que prometió estar con nosotros siempre, hasta el final de los tiempos.
Te pedimos que vuelvas a despertar en nosotros el sentimiento de asombro ante Su presencia en la Santísima Eucaristía. Que nuestros corazones ardan cuando nos da a conocer las Escrituras y comparte el pan con nosotros.l
Concédenos que con los ojos de nuestra fe reconozcamos Su presencia en nuestros hermanos y hermanas, especialmente en los pobres y en los que sufren.
Alimentados por la Eucaristía, envíanos para que caminemos fielmente como discípulos misioneros, proclamando el Evangelio a todos los corazones y extendiendo Tu reino a todas las naciones.
Te lo pedimos por Jesucristo nuestro Señor.
Amén.



Día 3: Ofrecer una comunión espiritual por la conversión de los pecadores.