Jesús mío, acepta todas aquellas buenas obras
que durante este mes me inspires;
en reparación por tantos desprecios,
ingratitudes y blasfemias cometidas por los hombres,
y para que la acción del maligno enemigo
no destruya el deseo y conocimiento de tu Amor
por parte de tus hijos.
Que la Devoción a la Divina Sangre
acerque las almas a tu Sagrado Corazón. Amén.
El apóstol San Pedro aconseja a los cristianos no descuidar la propia dignidad, pues, tras la redención, como consecuencia de la gracia santificante y de la comunión del cuerpo y la sangre del Señor, el hombre se ha convertido en partícipe de la misma naturaleza divina realizada en nosotros por la inmensa bondad de Dios. Misterio insondable por el cual somos incorporados a Cristo por su sangre y en su sangre. Podemos decir que, por la gracia, participamos del ser de Dios, es decir, somos hermanos en Cristo. Santa Catalina de Siena nos dice: “Por amor nuestro Dios se hizo hombre y el hombre fue hecho Dios”.
Ser "consanguíneos de Cristo" mediante la gracia alude a la unión mística con Él a través de los sacramentos, principalmente la Eucaristía. Al participar de su Cuerpo y Sangre, los creyentes comparten la misma vida divina, haciéndose coherederos y miembros de una misma familia espiritual por el amor.
Esta transformación espiritual tiene fundamentos teológicos profundos y una estrecha relación con la vida de los creyentes:
Transformación y Comunión: Según la tradición cristiana (con ecos en autores como San Agustín), el alimento espiritual de la Eucaristía no es absorbido como la comida física, sino que es el creyente quien se transforma espiritualmente en Cristo al recibir su vida.
Vínculo más allá de lo terrenal: Esta consanguinidad significa que los vínculos entre los fieles ya no son solo de naturaleza humana, sino que están unidos por la Vida misma de Dios que circula en los creyentes.
Herencia divina: Al ser adoptados como hijos de Dios por la gracia, los cristianos son considerados coherederos con Cristo, compartiendo el legado completo que Él recibe como Hijo legítimo
EJEMPLO
Resulta conmovedor un episodio acaecido durante la primera guerra mundial que tuvo lugar en el campo de batalla entre dos soldados, uno francés y el otro alemán, que se encontraban moribundos tendidos en el suelo. Estando en esta situación tan crítica, el soldado francés, haciendo un gran esfuerzo, logró sacar un crucifijo empapado en sangre de su chaqueta. Sosteniéndolo entre sus manos se lo llevó a los labios y, con voz débil, comenzó a recitar el Ave María. Ante esta invocación, el soldado alemán que yacía casi sin vida a su lado, se sacudió y, lentamente, como le permitían sus últimas fuerzas, extendió su mano poniéndola junto a las del francés con las que se aferraba al crucifijo y, con voz débil, se unió a la oración. Estas dos almas se reconocieron como hermanos en Cristo. Sólo el amor de Jesús nos une al pie de su cruz, donde su sangre es derramada por nosotros.
En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.
Oración de San Gáspar de Búfalo
Oh, preciosa sangre de mi Señor,
que yo te ame y te alabe para siempre.
¡Oh, amor de mi Señor convertido en una llaga!
Cuán lejos estamos de la conformidad con tu vida.
Oh Sangre de Jesucristo, bálsamo de nuestras almas,
fuente de misericordia, deja que mi lengua,
impregnada por tu sangre
en la celebración diaria de la misa,
te bendiga ahora y siempre.
Oh, Señor, ¿quién no te amará?
¿Quién no arderá de agradecido afecto por ti?
Tus heridas, tu sangre, tus espinas, la cruz,
la sangre divina en particular,
derramada hasta la última gota,
¡con qué elocuente voz grita a mi pobre corazón!
Ya que agonizaste y moriste por mí para salvarme,
yo daré también mi vida, si será necesario,
para poder llegar a la bendita posesión del cielo.
Oh Jesús, que te has hecho redención para nosotros,
de tu costado abierto, arca de la salvación,
horno de la caridad,
salió sangre y agua, signo de los sacramentos
y de la ternura de tu amor,
¡Seas adorado y bendecido por siempre, oh Cristo,
que nos has amado y lavado en tu preciosísima sangre!
Amén.
V/. Alabada sea la Preciosísima Sangre de Jesús.
R/. Sea por siempre bendita y alabada..
INTENCIÓN: Meditar estas palabras de San Agustín acerca de la eucaristía: “Este signo sagrado fue instituido por Jesucristo quien dio a sus discípulos la cena consagrada por sus manos. Nosotros no estuvimos sentados a la mesa en aquel convite. Sin embargo, por medio de la fe, participamos a diario de la misma cena. Y no crean que es algo importante haber asistido, sin fe, a la cena ofrecida por las manos del Señor, ya que es mejor la fe posterior que la incredulidad de entonces. No estuvo allí Pablo, que luego creyó; sin embargo, estuvo Judas, que lo entregó” (San Agustín y la Eucaristía. Punto 9).
JACULATORIA: Te pedimos, Señor, que ayudes a tus hijos, a quienes has redimido con tu preciosa sangre.
JACULATORIA: Te pedimos, Señor, que ayudes a tus hijos, a quienes has redimido con tu preciosa sangre.



