Día 5- Cuarta rosa: -El Rosario y el Beato Alano

«Oh, Padre misericordioso y Virgen María, madre del amor y de los dolores, pongo en sus manos este momento de reflexión.
Te pido que aquietes mis pensamientos y abras mi corazón. Que las palabras que lea, sirvan para edificación de mi espíritu.
Concede la gracia de entender para encontrar paz en medio del ruido del mundo y llevar tu amor a quienes más lo necesitan. Amén.»
Este mes meditaremos sobre "El secreto admiarable del Santísimo rosario" de San Luis Maria Grignon de Montfort.

CUARTA ROSA-El Rosario y el Beato Alano.

Todas las cosas, inclusive las más santas –en cuanto pueden depender de la voluntad humana– están sujetas a cambio. No hay, pues, por qué extrañarte de que la cofradía del Santo Rosario no haya subsistido en su primitivo fervor sino unos cien años después de su fundación. Después estuvo casi sumida en el olvido. Además, la malicia y envidia del demonio, han contribuido seguramente mucho para que se descuidara el Santo Rosario, con el fin de detener los torrentes de gracia divina que esta devoción atrae al mundo.

Efectivamente, en el año 1349, la justicia divina afligió todos los reinos europeos con la peste más temible que se haya visto jamás. Esta se extendió desde Oriente por Italia, Alemania, Francia, Polonia, Hungría, devastando casi todos estos territorios, ya que de cada cien hombres sólo quedaba uno vivo. Las ciudades, los pueblos, las aldeas y monasterios quedaron casi desiertos durante los tres años que duró la epidemia. A éste azote de Dios le siguieron otros dos: la herejía de los flagelantes y un malhadado cisma en el año 1376.

Después de que, por la misericordia divina, cesaron estas calamidades, la Santísima Virgen ordenó al Beato Alano de la Rupe –célebre doctor y famoso predicador de la Orden de Santo Domingo del convento de Dinán en Bretaña– renovar la antigua cofradía del Santo Rosario, a fin de que –ya que la susodicha cofradía había nacido en esa provincia– un religioso del mismo lugar tuviera el honor de restaurarla. Este bienaventurado Padre comenzó a trabajar en tan noble empresa en el año 1460, sobre todo, después de que el Señor –como lo cuenta él mismo– le dijo cierto día desde la Sagrada Hostia, mientras celebraba la santa Misa, a fin de impulsarlo a predicar el Santo Rosario: «¿Porqué me crucificas de nuevo?».

¿Cómo, Señor? respondió sorprendido el Beato Alano.
Tus pecados me crucifican -respondió Jesucristo-. Aunque preferiría ser crucificado de nuevo a ver a mi Padre ofendido por los pecados que has cometido. Tú me sigues crucificando, porque tienes la ciencia y cuanto es necesario para predicar el Rosario de mi Madre e instruir y alejar del pecado a muchas almas... Podrías salvarlas y evitar grandes males. Pero, al no hacerlo, eres culpable de sus pecados.

Tan terribles reproches hicieron que el Beato Alano se decidiera a predicar intensamente el Rosario.
La Santísima Virgen le dijo también cierto día, para animarlo más todavía a predicar el Santo Rosario: «Fuiste un gran pecador en tu juventud. Pero yo te alcancé de mi Hijo la conversión. He pedido por ti y deseado -si fuera posible- padecer toda clase de trabajos por salvarte -ya que los pecadores convertidos constituyen mi gloria- y hacerte digno de predicar por todas partes mi Rosario».

Santo Domingo, describiéndole los grandes frutos que había conseguido entre las gentes por esta hermosa devoción que él predicaba continuamente, le decía: “Mira los frutos que he alcanzado con la predicación del santo Rosario. Que hagan lo mismo tú y cuantos aman a la Santísima Virgen, para atraer mediante el Santo ejercicio del Rosario a todos los pueblos a la ciencia verdadera de la virtud”.

«Oh Dios, que en tu infinita misericordia, me has permitido adentrarme en el mar de tu amor por medio de ésta reflexión, te doy gracias por ello y te alabo.
Amén.»

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